Rutinas (y X)

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Ya no escuchaba los tambores. Quizá fuera un castigo. Sólo escuchaba los latidos de su corazón. Se arrodilló ante su mesita de noche y aquel viejo libro de vagos recuerdos macabros. Abrió aquella pasta, todavía virgen, de cuero marrón y leyó la angosta letra de su Aya. En una página casi completamente en blanco había escrito:



“Deja que tu corazón te guíe, es quien marca nuestras vidas. Sus latidos te llevarán a saber que el destino no existe. Que somos nosotros quienes, cada día, escribimos sus páginas… DIARIO: “
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Showing 4 comments
  • Nube

    Cuanta razón Juan Carlos… y qué bonito… solo es que a veces parece que la pluma se nos haya estropeado y cuesta tanto seguir escribiendo verdad? aunque supongo que es en esos momentos en los que debemos ser fuertes, pasar a la siguiente página y continuar escribiendo, porque aunque el trazo sea más débil e inseguro, y la mano nos tiemble hasta el punto de tener que parar para recobrar el aliento en algún momento, seguro que poco a poco va adquiriendo seguridad y a medida que practicamos recuperamos parte de nuestra caligrafía y añadimos nuevos signos que hemos aprendido… Felicidades por tu final

  • Juan Carlos

    Muchas gracias.

    Espero que pronto mi letra sea de nuevo firme y pueda seguir escribiendo en ese diario que hoy se orea al sol. Del que ya escribí en una entrada anterior. Poco a poco voy dejando anotaciones al pie de página, pero sin la firmeza suficiente para que consten como relatos de una nueva vida. Saldrán nuevas páginas, no te preocupes.

  • Nube

    Sí, seguro que salen nuevas páginas. Yo desde hace algún tiempo sólo me atrevo a escribir con lápiz, pero espero recuperar la ilusión y volver a escribir con tinta dorada, de la que brilla tanto si sale el sol, como si llueve a cántaros, de esa que permanece intacta durante mucho mucho tiempo…

  • Juan Carlos

    Te aseguro que saldrán. Y que tú volverás a escribir en letras grandes y doradas.

    Me alegra tenerte siempre por aquí, tan atenta. Es la primera vez que me alegro de que las nubes se empeñen en ocultarme el sol. Me estaba dañando la vista y no lo sabía.

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