La coleccionista de versos XIV

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Poco a poco fue oscureciendo. Cruzaron rápido la rúa Augusta en ese momento preciso en que sus gentes empiezan a transformarse, en que las cabezas de admiración que pasean álgidas observando un balcón neoclásico, o un escaparate de lujo se van transformando en miradas vacías que buscan una colilla a medias, una papelera en la que encontrar quien sabe qué resto de comida o, por qué no, un rincon donde caer muerto y desaparecer sin que nadie le eche en falta.


Llegaron a la Rua Augusto Sousa, justo para cruzarse con el 28 y dejarlo pasar para seguir andando, mientras un violinista dedicaba una desafinada sinfonía a los últimos turistas que bajaban del castillo de San Jorge, revisando sin prisas las postales de una pequeña tienda, riéndose de una tarjeta completamente negra en la que ponía “Lisboa a noite”.


Subieron por la rua da Saudade y giraron en el limoeiro. Ahí aceleraron el paso. Aunque tranquila por la serenidad que dispensa la Alfama y el hecho de sentirse, por primera vez en mucho tiempo acompañada, la estrechez de sus calles seguía estremeciendo a Mar, que aligeró sus pasos hasta considerarse a salvo bajo el quicio de aquella puerta raída que guardaba el que era su hogar desde que llegó a Lisboa y que ahora compartiría con aquel extraño que, si saberlo, tantos recuerdos le había traído.

Apenas se dijeron un “boas noites”, cada uno se encerró en su habitación, deseosos de contarse a si mismos lo que había pasado aquella tarde.

Mar lloró. Deseó ir hasta la Torre de Belem y dejar como siempre que aquellas lágrimas las arrastrara el mar, depósito de tantas penas, ensenada de tantos recuerdos derramados en forma de llanto. No sabia por qué lo hacía, pero aquella tarde había abierto viejas heridas que creía cicatrizadas. ¿empezaba a sentir o es que no había olvidado? Prefirió creer esto último y cerrar las puertas al optimismo. Era más fácil.
Hector se mostró desolado. Se sentó en aquella cama de la que ridículamente colgaban sus pies y se sintió maleable, frágil. Había ido buscando un escape, una estación para marchar a otro lugar, un punto de inflexión en su vida, y había encontrado dolor. No sabía por qué le dolía, si por momentos se sentía el hombre más feliz del mundo, pero tres nudos, uno en el estómago, otro en la garganta y otro en el corazón apretaban sus entrañas. ¿Se había enamorado? No lo sabía. No recordaba qué era eso. Un día prometió no volver a enamorarse y hasta aquel momento había cumplido con su compromiso personal. Pero allí, en aquella lúgubre habitación lisboeta dudó, se estaba traicionando, y empezó a escribir:


“…Tengo guardados en mis labios tantos versos que decirte como besos que entregarte. Quisiera hacerlo poco a poco, pero tanto unos como otros se desbordan cuando te ofrezco el primero. Con cada recuerdo tuyo me inspiras una poesía, con cada palabra, un beso se atropella en mis labios esperando encontrar los tuyos…

…Ayer le conté mis planes a la noche. Hoy iriamos a verla juntos. Contariamos sin prisas sus lunares, y sería la primera invitada a nuestro encuentro.


La mentí. Me preguntará por tí, y te dibujaré a mi lado. Despacio, recorriendo con tanta exactitud cada rincón de tu cuerpo que creo que podré engañarla. Pero solo hoy. Mañana, como yo, echará de menos tu sonrisa y el suave eco de tu voz…”


Tembloroso, pero decidido, salió de su habitación e introdujo el papel por debajo de su puerta. Luego, como un niño, salió corriendo y se encerró en su habitación llorando.
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Comments
  • Anónimo

    me encanta como narras, al principio, el contraste entre una y otra zona de ese lugar que aún no conozco.

    el secreto de la vainilla

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