La coleccionista de versos XVI

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Se despertó. Apenas había dormido 3 horas. Miró bajo su puerta esperando una posible respuesta, pero el suelo de frias plaquetas jaspeadas aparecía limpio, más si acaso que la noche anterior. Volvió a acostarse con la vista puesta en la pequeña línea de luz blanca que se colaba bajo la puerta. Así pasó varias horas, sin pestañear siquiera. Esperando una contestación. Confiado incluso en que sonara la puerta y ella entrase en su habitación desnuda, sin decir una palabra, para apacigar los besos que se morían en su boca. Pero no lo hizo.


No sabía qué hora era. Tampoco le importaba. El ruido de la calle le anunciaba que Lisboa empezaba a despertar, mientras, él se sumía en un profundo sueño, con los ojos abiertos, en el que ella abría una y otra vez la puerta y se evaporaba nada más cruzarla, una vez más, desvanecida, una vez más, apagada, una vez más extinguida…
Un leve olor a café cruzó la estancia. Ya estaría despierta. Se aseó, intentó corregir como pudo sus enrojecidos párpados para camuflar su llanto, y abrió la puerta. Al fondo, desde el comedor, como si nada hubiese pasado ella le invitaba a desayunar con una sonrisa.
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