La coleccionista de versos XVIII

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Hector saludó tímidamente. Aquella sonrisa tan pronto parecía invitarle a posar sus labios en su cuna como dibujaba el abismo que les separaba. Sus miradas se cruzaron. Esta vez los ojos de Mar se clavaron en los suyos. De repente descargaron todo el mar que contenían en el baldío de unos cuencos que necesitaban de su agua para florecer. Esta vez no intentaron traspasarle y clavarse en su espalda como una daga hiriente. Le miraba fijamente. Era el más bello arcoiris que jamás había visto. Era la mirada más tierna en la que nunca se había perdido. Era el universo más dulce en el que jamás había naufragado.


Sus labios se fueron acercando. Un suave olor a orquídeas le envolvió embriagándole, inhibiendo sus sentidos. Pero de repente la mano de Mar se cruzó en el camino. Con suavidad. Con la dulzura del viento al soplar sobre los dientes de león susurró, “aquí no”. Bajó su mano. Cogió la de Hector y salieron a la calle, en silencio.


Bajaron por el Chao da Feira, bajo la atenta mirada de San Jorge, majestuoso. Corrieron por la rúa dos Loios, casi chocándose en las paredes que limitan su estrecha calzada. Volaron por la Saudade y o Barao, donde empieza a percibirse el olor al Tajo. Rodearon la Sé, de locas pinceladas artísticas, y bajo un arco del Campo das Cebolas Mar empujó a Hector y empezó a besarle lentamente, en pequeños mordiscos a los que Hector respondía con ansiedad, con la necesidad del sediento que encuentra una gota de rocío en una flor y no quiere deshojarla, con el ardor del preso que encuentra el amor tras años de reclusión, con la pasión del adolescente que acaricia sus primeros labios.


Mar le detuvo. Miró a sus ojos, de nuevo fíjamente, con un suave “tranquilo” fue enseñándole a besar, fue enseñándole a vivir. Sus labios recorrían los de Hector con la suavidad de un pétalo que cae sobre la árida arena del desierto. Su respiración pausada marcaba el ritmo de una partitura para dos, hasta acompasarse en una perfecta armonía de un solo tiempo. Sus dedos surcaban unas mejillas ardientes, casi enfebrecidas que querian estallar.

Hector se dejó llevar. Quería abrazarla hasta fundirse en un cuerpo. Quería besarla hasta que hubiese una sola boca. Quería compartir su mirada hasta un sólo iris. Quería respirar su aire hasta un solo pulmón. Quería perderse en sus cabellos hasta desaparecer. Pero se dejó llevar. Sus labios recibían caricias de sabor a cacao. Y era lo que había buscado toda su vida
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