La coleccionista de versos XX

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Las cartas y los encuentros se fueron sucediendo, las primeras día tras día, los segundos con menor cadencia. De forma sistemática y prácticamente a la misma hora, cada mañana un nuevo papel cruzaba bajo aquella puerta, para ser depositado minutos después, una vez leído, con sumo cuidado, en el fondo de la caja verde que dormía en aquel cofre junto a su hermana marrón.


Algunas tardes otro papel se arrastraba hasta los pies de Hector, que esperaba ansioso, sentado, en su cama, citándole para un nuevo encuentro en el Campo das Cebolas. Movidos por una irrefrenable pasión se entregaban al amor bajo aquellos arcos. Un amor secreto que sólo tenía cabida en aquel lugar, que solo tenía lugar para ellos dos, dibujado en el paisaje, en el lienzo imaginario de aquel entorno. Que no pertenecía a la historia, pues nunca sería contado. Que no pertenecía al tiempo, pues solo existía allí y en el mutismo que les envolvía cuando abandonaban aquel escenario gris, de ropas tendidas y flores, quizás orquídeas, recién regadas.

En la casa, o en los pocos lugares que visitaban juntos, se transformaba en amistad, en una complicidad sospechosa, en un guiño inoportuno o una caricia perdida de un dedo insolente que buscaba el calor de una piel tersa que rehuía el contacto.

Al día siguiente otra carta y cada noche, un llanto.
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