La coleccionista de versos XXI

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No quería comprometerse. No identificaba en aquellas noches de pasión, en aquellos encuentros contados o en aquella sólida amistad ni un reflejo de lo que ella había pensado siempre que era el amor. No había abejas revoloteando en su estomago, ni mariposas que la hicieran elevarse por encima del nivel del mar. Tampoco quería dañarle, pero cada vez en más contadas ocasiones se entregaba irreflexivamente al ardor de unos besos que quemaban en su boca, al desenfreno del sexo con sentimiento de culpa, y a unos abrazos sinceros que buscaban redención.


Ella sabía lo qué el sentía, pero era incapaz de identificar sus propias emociones. No era amor, se convencia a sí misma. No tenía nada que ver con aquel nudo entre el estómago y el corazón que había sentido en otras ocasiones, con la necesidad imperiosa de ver a la persona amada, con la adicción a los besos, a las caricias, a los abrazos y las miradas del amor adolescente. Sabía que le vería cada día, y cuando no, no sentía la urgente necesidad de hacerlo. No era amor, se convencía, y así se lo hizo saber en múltiples ocasiones.


Mientras él esperaba. Confiado en que aquella situación cambiase. En que aquellos cada vez más esporádicos encuentros, que aquella sólida relación de amistad y confianza derivase en una mirada, naufragase en un beso eterno que sellase la eternidad, juntos.
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