El sapo que aprendió a leer (IV)

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Robin fue empeorando. Su color se fue deteriorando hasta tomar unas tonalidades marrones que acentuaban la rugosidad de sus verrugosidades, que se volvieron feas y desagradables. Eran estas las que le habían dado nombre. La niña, tras salir un día de clase de inglés, dijo que era un “rough Being”, ser rugoso, y uniéndo ambas palabras empezó a llamarle Robin.

La pequeña cada vez estaba más preocupada por su estado. Cada día pasaba más horas leyendole cuentos sin saber siquiera si los escuchaba. Ponía su mano izquierda sobre su lomo mientras con la derecha iba pasando hojas sin cesar, cayendo incluso ella misma agotada y casi enferma por las continuas atenciones.

Los ojos de Robin se fueron cerrando, hasta que un día, mientras el lobo soplaba con insistencia la casa de ladrillo de los tres cerditos, cayó exánime, como muerto. La niña se sobresaltó y una lágrima surcó su rosada mejilla. Temiéndose lo peor acercó sus labios al animal y depositó sobre su costroso lomo un beso, lleno de cariño y sentimiento, que se mezcló con el salado sabor de sus lágrimas. En un último respiro Robin abrió sus ojos. Había conseguido aquel beso. Los cerró voluntariamente y con fuerza esperando la metamorfosis. Pero no se hizo. Pensó que sería un proceso lento, que tardaría horas, quizás días, y que pronto empezaría a sentir los cambios.

Se propuso no morir. Sacaba fuerzas de flaqueza para intentar sobrevivir a aquella mutación que se avecinaba. Saltó levemente a su palangana de agua y durmió esperando.

La niña se alegró de ver la leve mejoría. No había cambiado su color, pero su respiración volvía a ser fuerte y acompasada. Le dejó dormir.

Robin soñó que era un príncipe. Que se casaba con su princesa y eran felices. Que celebraban la boda en la charca donde, beso a beso, todos sus congeneres se habían convertido en apuestos galanes. Cuando despertó se miró en el agua, esperando ver el bello rostro con que había soñado, pero no, se encontró con sus cobrizos ojos saltones, reflejados en las ondas que sus lagrimas producían al caer.

Desesperado quiso huir. Quizás morir. Sin saber de donde sacó fuerzas para saltar sobre la ventana. Y en el alfoz se dejó caer al vacío. Buscando la muerte. Fue cayendo despacio. Un piso, dos pisos, tres pisos, la puerta de la cochera, una alcantarilla….

Todo se volvió oscuro. Despertó atolondrado y pensó que aquello era la muerte, que aquel túnel que le dirigía a una luz era el que tantas veces había leído en los libros que su princesa ni siquiera abría. Era un túnel largo obre el que flotaba a una velocidad vertiginosa. La luz estaba cada vez más cerca, y de repente se sumergió en una extraña sustancia que le recordó a su infancia. ¿Sería una regresión?¿Existiría la reencarnación y estaba entrando en un nuevo huevo para volver a nacer?

De pronto despertó. Estaba sobre su vieja hoja de nenufar y le rodeaban todos sus amigos de la charca que le preguntaban insistentemente qué había más allá. Las hembras mostraban un especial interés, y una de ellas, de la que había estado profundamente enamorado años atrás le miraba con los ojos más abiertos que nunca.

“Nada” dijo Robin, “Más allá no hay nada, sólo la prueba de que los sapos, sólo somos sapos”

Nunca más volvió a hablar de su aventura. Nunca más volvió a preguntar por aquella charca madre de la que nacían el resto de mundos. Se echó a un lado en su hoja de nenufar y abrió un hueco para aquella hembra, que nunca más volvió a preguntar.

Ah! y nunca dijo a nadie que sabía leer, aunque todos los habitantes de la charca se reunían cada día para escuchar los bellos cuentos que se inventaba sobre principes y princesas. En los que nunca se habló de un sapo encantado. Ese, lo guardó para sí.
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Showing 3 comments
  • Noelia Fuentes de la Calle

    Que chuli el sapito, dale un beso de mi parte

  • Anónimo

    Yo….solo plagiaré una sola frase, que bien dijo el Lichis en una canción de Ismael Serrano:< Ya no subo a tú ventana, este príncipe se vuelve a convertir en rana...>

    CuKy

  • Anónimo

    Bueno, el final no es como me lo imaginaba (menos mal), me gusta más este.
    Te veo el domingo.
    Un besazo.

    La hermanita pequeña

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