El sapo que aprendió a leer (III)

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Día tras día la niña fue entrando en aquella estancia, sacando un nuevo libro de los estantes y leyéndoselo a Robin, que poco a poco fue aprendiendo a interpretar aquella extraña escritura.

Como si supiese de su interés por aprender, la niña dejaba cada noche el libro abierto por la última página para que Robin disfrutara una y otra vez de aquellos felices finales. No hacía falta. Robin había aprendido a sacar los libros de los estantes gracias a sus diminutas patas prensiles, y cada día esperaba a su rapsoda descubriendo nuevos mundos, otras historias, en los cientos de ejemplares que poblaban aquella biblioteca.

Con cierta dificultad al principio, pero con fluidez después, Robin se paseó por las historias de las mil y una noche y desgrano uno a uno los cuentos de los hermanos Grimm y Hans Christian Ardensen.

Su cuento preferido era el príncipe encantando, de los hermanos Grimm. Cada mañana se despertaba y leía aquel libro, soñando que un día, su princesita le besaría y se convertiría en un hermoso y apuesto príncipe. Cuando llegaba se erguía, dirigiendo su cuerpo hacia los labios de la niña, buscando ese ósculo salvador, pero ella sólo reía por las curiosas posturas que adoptaba Robín en su intento.

Así fueron pasando los días, y Robin fue cayendo enfermo. Enfermo de tristeza, de pena, de ausencia. De la falta de ese beso transformador. Apenas prestaba atención a los cuentos que ya había leído y que la niña con cariño seguía dedicándole, preocupada por su apatía y sus colores cada día más atenuados, ignorante de su causa.
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