El candidato II

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Eran otros tiempos, pensó. Tiempos de cambio y esperanza. Recordó la ilusión de los primeros días, los nervios del primer mitin y todas y cada una de aquellas caras expectantes que acudieron aquel día. Estaba convencido de que si hoy volviese a ver uno a uno a los asistentes de aquel acto los reconocería sin dificultad.

Recordó su incursión en la política. Había promovido una huelga en el instituto por la falta de calefacción. Le llamaron de dirección y se temía lo peor. Por el camino iba buscando una excusa para dar a sus padres en caso de expulsión. Siempre le dijeron que se mantuviese al margen de estas provocaciones, que solo le traerían problemas. Pero era incapaz de permitir cualquier injusticia por pequeña que fuera, y siempre se veía inmerso en todas las huelgas y manifestaciones que se organizaban.

La puerta del director le esperaba abierta. Como era habitual el negro sillón giratorio miraba hacia la pared. De detrás de su amplio respaldo, junto a una bocanada de humo, salió un “cierra” tajante que le heló el alma y le hizo temerse lo peor. Hasta allí había llegado su carrera educativa.

El sillón giró poco a poco para descubrir el gesto adusto del director del centro. Un hombre de mediana edad, barba poblada y gafas de pasta que se ocultaba casi permanentemente tras una enorme pipa de fumar.

Le preguntó si se sentía orgulloso de haber movilizado a medio instituto, haciéndoles perder 3 irreemplazables horas de estudio. Él contestó que sí, y que volvería a hacerlo si no se cumpliesen las necesidades mínimas para su bienestar. No sabía de dónde le había salido ese ímpetu. Quizás de la seguridad de saberse ya expulsado.

El director le miró absorto. Se levantó de su sillón giratorio y sacó del archivador una ficha de afiliación a un partido ilegalizado. “¡Firma!”, le invitó. Echó un vistazo a los estatutos y el reglamento de régimen interno que le acompañaban y plasmó su firma en aquel documento, comprometiéndose a defender y luchar por los valores democráticos que contenía, y en los que siempre había creído.

Eso no le libro de una sanción, y durante 10 días pudo preparar en casa, sin tener que ir a clases, su primera intervención pública. Una arenga en unos almacenes invitando a sus empleados a movilizarse en contra de la explotación salarial.
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