El candidato IV

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Cuando llegó al pueblo las calles parecían vacías. Aparcó su viejo coche en una plaza desierta, en la que no había ningún otro vehículo. Una persiana cerrada oportunamente a sus espaldas le recordó aquel pasaje del Mio Cid en el que los burgaleses cierran sus puertas al héroe. No se sentía un héroe. Y mucho menos en aquel momento, pero aquel vacío irremisiblemente le llevó a la misma sensación de desamparo que debía haber padecido el guerrero castellano.

Durante varios minutos deambuló por el pueblo, errático, buscando el bar dónde debería celebrarse el acto. No había a quien preguntar. La soledad de aquellas calles junto al calor húmedo, impropio de aquellos días, que emanaba de su asfalto, hacían volar su imaginación. ¿Sería el único superviviente de algún tipo de catástrofe? Se divertía pensando en cómo serían las cosas en caso de que esto sucediera. Inmediatamente se entristecía compadeciéndose de si mismo. No estaría más solo que ahora mismo, se martirizaba.

Recordó las personas que habían pasado por su vida. Familia, amigos y varias mujeres. De estas apenas recordaba sus nombres. Una a una habían ido desapareciendo tras ofrecerle siempre la misma alternativa. O la política o yo.

Sólo una le había hecho dudar. Una periodista 10 años menor que él. Apareció en su vida tan repentinamente como luego desapareció. No hubo posibilidad de elegir. Sin duda habría optado por ella. Hubiese abandonado todo por aquella mujer. Pero fue la única que no le dio la opción de decidir. Surgió en el ecuador de su carrera y la desestabilizó por completo. Absorbió toda su atención, descuidando por completo sus obligaciones. Se convirtió en una obsesión de la que le costó varios años salir. Quizás fue ahí cuando comenzó el declive de su andadura política.

Siguió vagando por las angostas calles de aquel pueblo. Por fin encontró el bar. Lo reconoció por los dos tristes carteles con su nombre que colgaban a la puerta. Una cancela entreabierta y una luz fluorescente le invitaban a entrar. Dentro le esperaba el propietario del bar y candidato en las últimas elecciones, que compartiría acto con él, y un joven que huyó sin apenas saludar según entró en el salón.

Menos de una veintena de sillas vacías auguraban el escaso éxito de la convocatoria y la falta de expectativas de los organizadores.

Se saludaron cariñosamente, intentándose quizás insuflar ánimos recíprocos ante la falta de esperanza que dispensaba aquel desolador local vacío. Poco a poco fueron compartiendo sus sensaciones de desánimo y alentadores agasajos mutuos que intentaban levantar la moral de su compañero.

“Compañero” ¿Cómo había perdido sentido aquella palabra? Recordaba cómo se le llenaba la boca cada vez que la usaba al principio de su carrera. Era un acto de reconocimiento a la persona. Encerraba, a la vez que cariño y devoción, un sentimiento de complicidad, de fraternidad y lucha conjunta. Luego se fue desvirtuando. Se normalizó y cayó en un uso casi instintivo, manido y carente de significado.


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