Cuentos de África – La bella Fatiha IV

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El miedo, la desconfianza, los nervios, la duda, la curiosidad… Todos estos sentimientos se fueron apoderando de nosotros según desembarcamos y empezamos a perder nuestros nombres para ser identificados como números, según empezamos a perder nuestro pasado y a desorientar nuestro futuro, para ser parte tan solo de un presente que desconocíamos, y se mostraba incierto ante nuestros ojos, indagadores los de la mayoría, llorosos, como los de un niño el primer día de clase, los de unos cuantos.

Un papel en mi mano decía que debía dirigirme a Regulares, al acuartelamiento González Tablas. Hacia allí nos llevaron en varios camiones mientras el temor iba venciendo al resto de emociones que nos habían invadido hasta el momento.



Todo sucedió muy deprisa. Apenas recuerdo cómo llegamos, cómo se nos repartió la ropa de cama, el uniforme y el resto de enseres que serían nuestra única propiedad a partir de entonces, y que debíamos defender como lo más preciado. Una taza de latón, un petate, dos uniformes completos, unos guantes, una gorra y unos listones verdes en los que escribir nuestro primer apellido. Aquel sería nuestro único identificativo desde ese momento. Atrás quedaban los estudios, los apellidos rimbonbantes, la experiencia, la edad o las clases sociales. Torpemente aprendimos a formar y empezamos a escuchar discursos manidos y desgastados, completamente anacrónicos, escapados de una película de Kubrick.

Comenzaba una carrera sin destino pero sin descanso, dos meses de un estúpido guión repetido miles de veces, que terminariamos creyéndonos e interpretando como malos actores de culebrón a los que se facilita un nuevo párrafo cada día.

Lo único cierto era la amistad que se iba forjando entre algunos de nosotros. Otro más de los tópicos, el único cierto, que rodeaba a aquella pantomima.





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