Cuentos de África – La bella Fatiha X

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Cuando volví del permiso de la jura de bandera me incorporé a la Unidad de Inteligencia. Compartía cuarto con otros 3 reclutas, uno de mi remplazo y dos de alistamientos anteriores. De las promesas que me habían realizado para la captación sólo fallaron en una, no pude elegir chófer. Directamente me asignaron a Juan Miguel Soltero, el compañero de habitación que pertenecía a mi remplazo y venía recomendado por un subteniente de la compañía. Hoy me alegro de que así fuera pues esto me ayudó a encontrar a un excelente amigo con quien compartí parte de esta aventura.


La residencia era perfecta. Baños individuales, camas confortables y espaciosos armarios empotrados en lugar de las engorrosas taquillas metálicas que tantos dolores de cabeza nos habían dado durante la instrucción para salvaguardar nuestra intimidad y nuestras pertenencias.

Estabamos exentos de la mayoría de los servicios del cuartel, como limpieza o cocina, y las guardias se podían contar con los dedos de las manos. Mi uniforme se pasaba semanas enteras descansando en el armario y apenas me afeitaba y pelaba más allá de lo que la propia estética me dictaba. A veces, por pura rebeldía, incluso me saltaba las normas del buen gusto mostrando un aspecto desaliñado que pronto se convirtió en una de las comidillas del cuartel.

Mi misión, como habían dicho, era escribir dos artículos semanales, uno para cada uno de los periódicos de la ciudad, el Pueblo y el Faro de Ceuta, con entrevistas a soldados que destacaran por algún motivo especial o cubriendo información sobre los eventos militares que se celebrasen.


Apenas trabajaba uno o dos dias al mes, tiempo suficiente para dejar escritas y maquetadas las páginas de cuatro semanas y olvidarme de mi trabajo durante 30 días. El resto del tiempo lo dedicaba a deambular por la ciudad o participar en interesantes tertulias con los periodistas de la zona.

Así conocí a Tomás Partida, del diario el Mundo, Miriam Pedrero, de informativos telecinco, y otra serie de profesionales que me contagiaron su pasión por el periodismo. Juntos vivimos varias experiencias que contaré en futuros cuentos de África y que me sirvieron para formarme como persona y como profesional, aunque sin título.


Mi vida transcurría entre la redacción de los periódicos, la frontera marroquí o Tarajal, dónde día a día nos apostábamos a observar y estudiar el contínuo trasiego de personas, la gran vía de Ceuta, centro neurálgico de la ciudad, y el café Real, refugio de cientos de tertulias apartadas de la continua vigilancia de los recelosos mandos, que intentaban evitar a toda costa una relación fluida con los medios civiles de la plaza.
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