Cuentos de África – La bella Fatiha XI

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Llamaron a la puerta y les abrió un marroquí con cara de pocos amigos. Se presentó como Mohamed Ben Afu y gestualmente les invitó a entrar en el almacén donde descansaban hacinados sus compañeros de viaje y aproximadamente otra decena de viajeros a los que no conocían. Previamente les cobró sus servicios. Por adelantado como todos, 50.000 francos por cabeza, que de nuevo pagó Fatiha.


Se sentaron junto al joven de la manta roja, al que por primera vez en mucho tiempo veían despierto, y le agradecieron sus gestos a lo largo del viaje. El joven sonrió y asintió con la cabeza. Dijo llamarse Emmanuel y señaló que procedía de la zona de Kayes, cerca de Senegal.

Era médico y disfrutaba de una situación acomodada en su país, pese a proceder de la pobre tribu de los armas, quizás por eso un envidioso jefe bambara le había denunciado falsamente por practicar de forma ilegal el aborto en el hospital en el que trabajaba. Amenazado de muerte tuvo que huir del país y ahora ocultaba su nombre bajo el seudónimo de Ben Ali Toure, un nombre que aún siendo de procedencia arma le permitía viajar sin ser identificado.

Apenas había terminado su historia cuando la puerta del almacén se abrió de golpe. Empezaba a anochecer y había que actuar con celeridad. Se subieron rápidamente al camión, les cubrieron con una lona y reanudaron su travesía sin apenas ver por dónde circulaba aquel vehículo.


El viaje duró tres días. Estaba diseñado para viajar de noche y ocultarse de día. Pararon en Abadla, donde durmieron en una gran tienda de campaña, y en Oujda, donde finalizaba el trayecto. Allí les hicieron bajar junto a la frontera y sin siquiera un saludo de despedida el camión partió de regreso a Tindouf, dejándoles una vez más con tan solo sus maltrechos pies como único medio de locomoción.

Se hicieron dos grupos. Uno intentaría la entrada en España por Melilla, mucho más cercano pero casi inaccesible, y el otro por Ceuta, que requería un ímprobo esfuerzo para moverse por tierras marroquies pero garantizaba un acceso más asequible al país.

Fatiha, Mirenne y Emmanuel optaron por este último. La presencia del joven doctor alentaba a las mujeres para afrontar la nueva aventura que se les presentaba. Junto a ellos caminarían otros 7 jóvenes de distintas nacionalidades centroafricanas, algunos compañeros de viaje desde el inicio otros incorporados en Tindouf. Los que optaron por Melilla tomaron dirección a Nador y los que viajarían hasta Ceuta se separaron del grupo buscando cobijo el El Aiun, para desde allí dirigirse a Alucemas y continuar hasta la ciudad española cruzando Tetuán.
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