Cuentos de África – La bella Fatiha XII

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En tan solo dos meses pude conocer de primera mano la realidad de la inmigración, que tan tergiversada llega en ocasiones a nuestros oídos, alterada sobre todo por la promiscuidad sensacionalista de muchos de los que se encargaban de informar desde allí.

Fueron varias las discusiones con Miriam al respecto y muchas las aventuras con Tomás para ir descubriendo el negocio montado entorno a la propia inmigración por las mafias de la droga y la penosa realidad de los realmente pobres, cuya mayor desgracia era no poder convertirse siquiera en inmigrantes, y se dedicaban a cruzar diariamente la frontera en busca de alguna ayuda, ya fuera altruista o hurtada.

Cada día comparábamos la diferencia entre los pobres inmigrantes de Calamocarro, el campamento de refugiados donde se concentraban los inmigrantes subsaharianos llegados a la ciudad, y los pobres inmigrantes magrebís que malvivían de la caridad y el robo, volviendo cada noche a su país a llevar a sus familias su exiguo botín.


Los primeros cogían cada mañana el Ferrys dirección a Algeciras, portando varias bellotas de droga en su interior, para así pagar los emolumentos de su viaje hasta allí, mientras los segundos la consumían apostados en la muralla del paseo marítimo, viendo partir los barcos que nunca podrían coger.

Algunas noches me vestía mi uniforme y salía de maniobras con mi unidad para observar desde el monte Hacho el tránsito de pateras por el estrecho con el radar Arine, que nos permitía hasta escuchar las conversaciones de los barcos a kilómetros de distancia. Con todo esto pude hacerme una imagen empírica de lo que allí sucedía, pero me faltaba algo y estaba por llegar.


Justo antes de las navidades nos dieron la noticia. Pasariamos la noche de reyes, y las dos siguientes en la frontera, haciendo guardia frente a la valla que separa España de Marruecos. Las guardias en frontera estaban destinadas principalmente a la Guardia Civil, pero la falta de efectivos obligaba a reforzarla con militares profesionales y en ocasiones puntuales, como aquel invierno del 99, con soldados de remplazo.

Juanmi y yo no nos lo pensamos. Y el día 5 de enero allí estábamos montados en el todoterreno militar dispuestos a vivir una nueva experiencia.
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