La danza de la mariposa muerta (Capítulo I)

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(leer el prólogo en la entrada anterior,
si no lo has leído ya, claro, que si no te verías envuelto en una lectura cíclica de la que no podrías salir)

Capítulo 1
Barcelona

Llevaba todo el día paseando por la Rambla.

Se apeó del metro en Liceu y a medida que subía las escaleras fue descubriendo la amalgama de olores, colores y sonidos que se concentran en este populoso paseo barcelonés.

Como es habitual, cada vez que visita esta ciudad, fue bajando con dirección a Colón, con paso lento, deteniéndose en cada puesto, a los pies de cada estatua humana y en todos y cada uno de los kioskos de prensa que se multiplican por doquier en esta vía.

Acostumbrado a la escasa oferta editorial existente en su localidad natal aprovecha estos esporádicos viajes, ya sean a Barcelona, como en esta ocasión, o a cualquier otra gran urbe, para inspeccionar minuciosamente las distintas colecciones de libros y dvds que ofertan las distintas editoriales, buscando siempre algún ejemplar de primera edición digno de engrosar su biblioteca por un exiguo coste.

Entre un gran número de coleccionables encontró la reedición de la bibliografía de Isabel Allende, que volvía a caer en el error de comenzar por el infumable muermo de “Inés del alma mía”, lo que le hizo descartarla nada más ver su portada.

Encontró también una colección sobre Alfred Hitchcock, con una estupenda biografía que a punto estuvo de adquirir, y otra recopilación conmemorativa del 40 aniversario de Anagrama, que por algo menos de 4 euros incluía “El palacio de la luna” de Paul Auster.

Siguió bajando hasta el museo de Cera y, como también es costumbre en sus visitas a la ciudad condal, entró a tomar café en “El bosque de las Hadas”, desde donde mandó un mensaje a la persona, que pese a estar a más de 800 kms., le había acompañado virtualmente en aquel paseo, ya fuera por darle envidia, o por compartir aquel momento tan especial en previsión de poder repetirlo juntos algún día.

Siguió su marcha hasta Colón y tras una visita fugaz a las tiendas del Maremagnum regresó, rambla arriba, disfrutando del agradable sol de invierno y del mosaico de culturas que poco a poco habían ido poblando la calle a lo largo de la mañana.

Se detuvo en los puestos de animales, pensando si alguno de aquellos quelonios soportaría el largo viaje de vuelta, o si le permitirían montar un hurón en el autobús. Continuó su marcha hasta plaza Cataluña y, viendo que aún le quedaba tiempo hasta la comida se sumergió en la nube de libros del Fnac de “El triángulo”.

Sabía que no podía comprar ningún libro. Apenas llevaba dinero para el billete de vuelta del metro y el menú del día en alguno de los restaurantes la puerta del Ángel, pero no podía evitar pasearse por aquellos pasillos repletos de libros y respirar su olor a nuevos, a historias por descubrir, mientras ojeaba con avidez sus lomos, memorizando títulos que algún día poblarían las estanterías de su casa.

Se sorprendió por la alternancia de títulos recientes a la par, en castellano y catalán y, una vez más, se resignó a ver casi vacío el estante de libros dedicados a poesía, esperando, infructuosamente, encontrar algún ejemplar de las obras de su amigo Jose Manuel Díez.

Siguió dando vueltas, primero entre las obras contemporáneas, luego centrándose en la organización por autor por orden inverso, Dante, Bukowski, Auster… Encontró “El palacio de la luna” a 10 euros, en edición de bolsillo, por lo que decidió comprarlo en el kiosko de abajo.

Cuando iba a salir, y entre los libros de cocina, que se amontonaban en la puerta como dispuestos en un mercadillo listos para el “rebusque”, le llamó la atención un pequeño libro con la portada de colores. Le recordó a la colección “antologías” de la editorial “Renacimiento” pero las bandas eran ligeramente más gruesas y predominaba el amarillo en lugar del rojo o el verde. En el centro, sobre un cuadro celeste figuraba, en letras blancas, el título “La danza de la mariposa muerta” y, en pequeño el nombre de su autora, Natalia López.

No figuraba ningún precio, ni había una sinopsis en la contrapasta que explicase su argumento, tan solo un código de barras y un número de ISBN. Era un libro pequeño, igual que los antes citados de “Renacimiento”, y apenas si llegaría a las 200 páginas.

Sin saber por qué se sintió irremisiblemente atraído por aquel libro. No quiso abrirlo, prefería dejarlo para un momento en que pudiera devorarlo entero sin pausas, quizás durante el largo viaje de 12 horas para la vuelta.

No sabía qué misteriosa atracción ejercía aquel ejemplar sobre su voluntad. Quizás su título, la antonimia entre danza y muerte, o descubrir ese revolotear de mariposas que desde hacía meses creía muertas y que de repente hacía unas semanas habían vuelto a danzar en su estómago, y sentirse identificado.

No era capaz de comprenderlo, pero cogió el libro y se dirigió a la caja dispuesto a sacrificar su menú del día por aquella obra desconocida de aquella escritora anónima.

El cajero pasó el libro por el lector de código de barras sin recibir respuesta de su TPV (terminal de punto de venta). Volvió a repetir la operación con idéntico resultado. Visiblemente molesto escribió el código de barras en el teclado sin obtener contestación alguna. Se fue al ordenador de almacén y tecleó el nombre del libro sin que apareciera en el catálogo, tampoco su autora.

– Lo siento señor, este libro no pertenece a este centro. – Le señaló el dependiente amablemente

– ¿Cómo? – Preguntó

– Que no pertenece a este centro, que alguien lo habrá dejado olvidado

– ¿Entonces? – Volvió a preguntar extrañado

– Entonces nada – Dijo el cajero, visiblemente malhumorado – tiene dos opciones, si se lo quiere llevar haré como que no ha pasado por aquí, y si no lo deja en caja central como objeto perdido.

No se lo pensó. Metió el pequeño libro en uno de sus bolsillos y salió del centro comercial como si alguien le persiguiese. Se dirigió al kiosko de enfrente y compró el coleccionable de Anagrama con “el palacio de la luna” de Auster por 3,95 €.

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Comments
  • Nerina Thomas

    Qué buena elección la tuya!!

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