La danza de la mariposa muerta (Capítulo II)

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Capítulo 2
Café Zurich

“Si este libro ha llegado a tus manos es el destino quien lo ha puesto ahí. Si crees en él, sigue leyendo, si no dejalo dónde estés para que llegue a su destinatario final.
Natalia López”

Era la prímera página del libro. En pequeño, en cursiva y en un minúsculo cuadradito, justificado a la derecha, en el centro de la página incial, rezaba esa dedicatoria. Se había sentado en la terraza del café Zurich a esperar la hora de la comida, impaciente por comenzar la lectura del libro que tan misteriosamente acababa de llegar a sus manos.

Lo cerró de golpe. Nunca había creído en el destino. Era incapaz de aceptar que cada uno de nuestros actos estuviesen preconcebidos y que nuestro futuro estuviese dictado sin posibilidad de cambio. Presumía de haberle hecho suficientes quiebros a Hades como para que su futuro no hubiese metamorfoseado en innumerables ocasiones.

Decidió dejar allí el libro una vez que abandonase la mesa y enfrascarse en la lectura del “palacio de la luna”, que afortunadamente no llevaba ninguna imposición, excepto la de tener la mente suficientemente despejada como para comprender otra de las paranoias de Auster. Lo que no le supondría ningún problema tras haber sobrevivido a “Brooklyn Follies”, “Un hombre en la oscuridad”, “Leviatán” y sobre todo, a la “Trilogía de Nueva York”.

Durante cerca de dos horas amortizó el 1,80 € pagado por un café devorando una a una las primeras cien páginas del libro, que le resultó demasiado parecido a otros del autor, ligeramente decepcionante.

Cerró el libro de Auster, dejó sobre la mesa los 20 céntimos que sobraban de los dos euros pagados por el café, en calidad de arrendamiento de la mesa durante tanto tiempo, y se levantó dejando intencionadamente sobre la silla el libro que tan fugazmente había pasado por sus manos, pero que entendía que no le pertenecía.

Sin mirar atrás se fue alejando del Café Zurich. Cruzó la plaza de Cataluña y comenzó a bajar por la avenida del Portal del Ángel, en busca del restaurante que le habían recomendado. De repente una mano sobre su hombro y un jadeo a sus espaldas, no es capaz de precisar qué identificó antes, le sobresaltaron. Giró bruscamente, en posición de defensa, y se encontró con un agotado camarero que llevaba en su mano el libro que acababa de abandonar en la cafetería.

– Disculpe señor – Le espetó, aún jadeante – Se ha dejado este libro sobre la silla.

– Muchas gracias – masculló dubitativo. Metió la mano en el bolsillo, sacó el euro destinado al metro y se lo entregó.

– Tome… para un café… – dijo arrepintiéndose en el momento, avergonzado por lo ridícula que sonaba aquella invitación a un camarero.

A punto estuvo de decirle que se quedara con el libro, que ya lo había leído y que prefería que se lo quedara él, pero justo en ese momento, miró la solapa de la blanca chaqueta del camarero y observó estupefacto que se llamaba como él. En una dorada chapa rectangular figuraba su mismo nombre y sus dos apellidos.

Convencido de que aquello sólo podía ser un guiño del destino tomó el libro y siguió andando, deshaciéndose en agradecimientos mientras se alejaba de su homónimo camarero.



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Comments
  • Nerina Thomas

    A……..aaaaaa, mira!!!!!!!

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