La danza de la mariposa muerta (Capítulo VI)

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Capítulo VI
El regreso

Llegó a casa de sus amigos cabizbajo, procurando que no se notara su estado de ánimo, pero sin poderlo ocultar completamente. Isa le preguntó si le pasaba algo y él lo excusó en el cansancio acumulado, el viaje, todo el día paseando por Barcelona, no haber dormido bien… Pareció convencerles.

Fueron hasta Cornellá, donde pese a la brillantez del encuentro y la victoria de su equipo apenas pudo abstraerse de sus pensamientos, centrados en el libro que aguardaba ser abierto de nuevo en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Su locución fue anodina, carente de cualquier tipo de emoción, embargada por el sentimiento de culpa que le corroía. ¿y si aún podía hacer algo?

Recogió todo el equipo de retransmisión con la máxima celeridad posible, sin preocuparse en colocar cables, ni apagar aparatos. Se despidió de sus amigos con un abrazo ausente y subió al autobús para retomar la lectura.

La euforia del equipo, que había encadenado con esta cinco victorias consecutivas y se colocaba en lo más alto de la tabla, apenas le contagió.

Su único interés en ese momento era continuar leyendo y procurar mantenerse despierto durante el viaje. Calculaba que antes de pasar Madrid habría concluido su lectura.

Abrió el libro por dónde había interrumpido su repaso anterior, marcado por un ticket de compra que actuaba como improvisado marcapáginas, y siguió leyendo.

En un recuadro mínimo, en letra cursiva, alineado a la derecha, al igual que la dedicatoria inicial, rezaba una especie de cita, que no pudo identificar.


“Quise entrar en el club de los 33, junto a Cristo o Kurt Corbain.
Él no me dejó”

¿Quién no le había dejado entrar en ese club, Cristo, Corbain o una tercera persona?¿Qué era ese club de los 33? – pensó – “Ambos fallecieron a esa edad, si no me equivoco” – ¿Sería que lo tenía planeado previamente para un año antes y algo lo había impedido?¿Qué razón podría tener para postergar una decisión así?¿Por qué no se había aferrado a aquella razón y ahora sí decidía seguirla? Demasiadas preguntas sin contestación, era mejor seguir leyendo antes de continuar especulando.

Era la única impresión en toda la página, pasó a la siguiente.


“Valencia

A decir verdad poco o nada puedo escribir de mis años en Valencia.

Inconscientemente olvidé tomar nota de mis dos primeros años de vida, ignorante entonces de que un día intentaría recrearlos en una biografía.

De aquellos años sólo queda la imaginaria popular y los recuerdos heredados de aquellos que me cuentan historias, que no sé si creer, y que a veces pienso que yo mismo he inventado.

Una de ellas explica el origen de mi nombre, vinculado siempre a la Navidad pese a mi posterior ateísmo.

Nací días antes de esta festividad y la elección de mi nombre, según cuenta la leyenda, no sé si real, inventada por alguien, o producto de mi imaginación, me lo puso alguien en un bar, no podía ser otro lugar, el bar, alfa y omega de mi vida, la barra de una tasca.

Según dicen, o luego inventé yo, mi padre y mi madre habían discutido sobre qué nombre ponerme.

No sé cual defendería mi padre, pero sí sé que mi madre estaría dudando entre Carmela y Luz. Me hubiera gustado darle una nieta con ese apelativo, Luz Carmela. Hoy ya es tarde.

En la refriega nominal mi padre decidió retirarse a tiempo para tomar fuerzas en un bar cercano, recurso que luego yo heredaría, dónde, supuestamente explicó el motivo de la disputa a los presentes.

Ante tan complicado sofisma uno de los clientes arguyó una salomónica decisión. Ni para uno ni para otro, la niña, y dada la proximidad de las fechas, se puede llamar Natalia. Como la periodista Natalia Figueroa, nieta del Conde de Romanones y que hacía unos meses había contraído matrimonio con el cantante Raphael, nuevas referencias históricas que nunca perdonaré.

A mi padre le gustó el nombre y atropelladamente subió a casa a contárselo a mi madre a quien, por lo que hoy reza en mi carnet, no pareció disgustarle.”

Estaba claro. Buscaba una alcohólica, de 34 años, con cierto estatus social, llamada Natalia y que había nacido en Valencia. Eso reducía la búsqueda a “¿diez mil personas?” pensó creyendo que exageraba. Encendió el ordenador portátil que siempre lleva a los viajes, buscó “Natalia, Valencia, 1974” en google y le salieron 119.000 referencias. Incluyó la palabra “suicidio” en la búsqueda, esperando encontrar una noticia sobre un acto luctuoso reciente, pero ninguna de las 14.600 referencias encontradas parecían dirigirse a un hecho de estas características.

¿Cuánta gente se suicidará al día en España? – Pensó – ¿Ocuparán cada uno de ellos un lugar en alguna noticia, aunque sea en un medio local?

Nunca antes le había dado por plantearse estas dudas.

Lo buscó también en Internet, antes de apagar el ordenador y seguir leyendo. Sólo como dato estadístico.

Un escalofrío sacudió su cuerpo al comprobar que el número de muertes por suicidio en España supera al de los fallecidos por accidente de tráfico, alcanzando los 10,7 por cada 100.000 habitantes.

A todo eso había que sumarle las tentativas frustradas. Desolado pensó en qué motivos podían llevar a tantísimas personas a tomar una decisión como esa.

Apagó el ordenador y siguió leyendo.
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Showing 2 comments
  • Anónimo

    Ya estamos con las estadísiticas…?
    Tienes un problema, mejor dicho, dos; Natalia Figueroa y Las estadísticas.

    CuKy

  • Nerina Thomas

    Brillante . un abrazo amoroso

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