El vuelo de Ícaro

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Yo mismo construí mis alas. Encerrado en mi viejo torreón miraba cada día el sol deseando tocarlo. Fui ungiendo en cera cada pluma, que previamente arrancaba a las palomas, cigüeñas y otras aves que osaban posarse entre mis jambas. Era un sacrificio necesario. En principio sufría con su muerte, pero poco a poco fui encontrando placer a aquel segundo de tortura. Retorcía su pescuezo con un movimiento seco, frío, y el leve sonido de su vida esfumándose me originaba un orgásmico deleite. Era necesario, tenía que tocar el sol. No me importaba destruir tanta belleza a cambio de poder tocar con mis dedos el mismo paraíso.

Medí milimétricamente cada ala. Calculé con aritmétrica precisión su envergadura, en proporción a mi cuerpo, para que pudiera sostenerlo y elevarse entre las nubes hasta llegar al sol.

Por fin llegó el día. Así las alas a mi espalda con la fuerte soga del campanario. Con dos pequeños cordones las até a mis manos para poder imitar el vuelo de los pájaros. Eché a correr y agité nerviosamente mis brazos. Comencé a caer. Mis movimientos arrítmicos y descompasados me impedían volar. Intenté tranquilizarme. Cerré los ojos y visioné el sueve movimiento de un ave del paraiso. Desplegué mis alas y remonté el vuelo.

Pasé por encima del torreón que acababa de abandonar. Con presunción y jactancia sobrevolé las plazas del pueblo, mostrando a todos mi bella envergadura alada. Miré fijamente al sol, aquel que desde niño había ansiado tocar, y dirigí mi vuelo hacia él.

Poco a poco sentí el calor de la cera derritiéndose por mi dorso. Iba ulcerando mi espalda con fuertes quemaduras que soporté convencido de que el objetivo compensaría con creces aquel dolor. Con los ojos clavados en el sol mi ceguera impidió que viera las plumas cayendo bajo mi sombra. Continué ascendiendo unos minutos y empecé a caer.

Mis ojos solo ven el suelo mientras caigo. Me quedan segundos de vida. Nunca debí ansiar el sol. Los hombres no sabemos volar.
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