Momentos 12

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Durante horas dibujó un itinerario sin sentido por las calles de la ciudad, un errático recorrido en el que se sintió empequeñecer a medida que se iba confundiendo con una multitud encolerizada por las prisas. Poco a poco su autoestima fue menguando a jirones, entre los codazos y empellones de los ríos incontrolados de personas que circulaban, en armónico desorden, como miembros de una imaginaria hilera de hormigas.

Todos menos él tenían un rumbo, una razón para formar parte de aquella marabunta. Era la única pieza descolocada, se sentía, pensó, como debía sentirse aquel botón que un día sustituyó a una ficha perdida del parchís. Volvió a pensar en casa y en las partidas de los domingos de lluvia por la tarde. Le pareció ver como su integridad se desprendía de su cuerpo y se deslizaba por la rejilla de una alcantarilla. Pensó que se estaba volviendo loco y decidió buscar algo para comer.

Entro en una pequeña tienda a la que un raído letrero otorgaba el carácter de “ultramarinos”, y compró un bollo de pan y  doscientos gramos de mortadela con aceitunas. Una manera de comer dos platos, bromeó para si mismo.

Salió del comercio y se dirigió al parque más cercano, en el que se sentó en un frio banco a degustar su primer menú menesteroso.

Unos niños jugaban al fondo saltando sobre los charcos que el suelo no había drenado de las lluvias de la noche anterior. Se acordó de su hermano Miguel, y cómo disfrutaban saltando sobre los charcos los días de lluvia, y de su madre, y de sus broncas y azotes en el trasero, cuando llegaban a casa completamente empapados y con barro hasta en las cejas. Enfadado consigo mismo buscó un charco, y saltó sobre él hasta quedarlo vacío. Pronto se arrepintió, cuando el frío del agua en sus pantalones empezó a ser casi doloroso y recordó que no habría nadie para secárselo.

Afortunadamente, como predijo la dueña de la pensión, las temperaturas habían subido ligeramente y el cielo se mostraba claro, bajo una nube gris de contaminación que le robaba su azul.

Deberían ser aproximadamente las cuatro de la tarde y pensó que, aunque aún quedaran muchas horas hasta el ocaso, debía ir buscando algún lugar donde dormir.
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