Momentos 15

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La adolescente le miró sobrecogida. Posiblemente nunca había visto a un hombre llorar. No supo qué decir. Tan sólo puso una mano compasiva sobre su hombro y se agachó buscando sus ojos para tranquilizarlo con su mirada. Él apenas los levantó para descubrir, de nuevo, aquel inocente universo colmado de ternura, unos grandes ojos color olivo, salpicados de diminutas motas de matices pardos, como pequeñas constelaciones, que irradiaban tranquilidad. En un suspiro sorbió sus dudas, sus miedos, sus muestras de debilidad, y, con voz sibilante repitió varias veces la palabra “gracias”.

“No te preocupes”, dijo ella, “¿Qué te pasa?”, inquirió. 

Atropelladamente resumió, con voz aún temblorosa, las vivencias de los últimos días. El tren, la pensión, el gordo seboso que le había negado el trabajo prediciendo su muerte en alguna esquina, el bocadillo de mortadela, la noche en el parque, aquel frío hiriente que se había clavado en sus huesos,… No contó nada de su vida anterior. No explicó qué hacía en aquel tren, por qué se encontraba en Madrid con menos de quinientas pesetas, ella tampoco preguntó, gesto que él, en silencio, también agradeció.

Le preguntó su nombre. Dudó un momento, y cuándo se disponía a hacer una presentación mínimamente formal, decidió que su identidad  era parte de ese pasado que no quería desvelar y musitó, “llámame Huck”. Fue el primer nombre que se le ocurrió, por Huckleberry Finn, posiblemente uno de los responsables de que él estuviera ahora allí.

Ante su sorpresa ella pareció comprender la ironía y, con una sonrisa pícara, señaló “llámame Mary Jane”.
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