Momentos 16

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No sabía qué le había sorprendido más, si el hecho de que una joven, casi niña, conociera con tanto detalle la obra de Twain, o su rapidez a la hora de establecer aquel paralelismo. Él sólo había dicho Huck, podría ser cualquier Huck. De hecho le parecía casi imposible que nadie identificase automática e inmediatamente aquel apodo con el antihéroe de la literatura americana.

Se limitó a sonreir. Ella le  conminó a levantarse. “Ven, te invito a desayunar”, le indicó. Agradecido declinó la invitación. No podía permitir que una adolescente malgastara sus ahorros en un indigente como él. Ella insistió y prácticamente lo llevó arrastras hasta una cafetería. Pidió ella misma para evitar que, por cortesía, se quedase con hambre. Dos rosquillas glaseadas, un delicioso bollo de nata y un chocolate casi hirviente, que él engullió casi sin respirar. Se disculpó por su voracidad, excusándose en las más de 15 horas sin probar bocado. Ella asintió comprensiva, miró su reloj y, azorada, pidió disculpas a su vez. Había faltado ya a la primera hora de clase, explicó, y las monjas pronto harían saltar la voz de alarma si no aparecía.

Con un cálido beso en la mejilla se despidió, y salió corriendo de la cafetería tras pagar el copioso desayuno. Al llegar a la puerta echó un rápido vistazo a la mesa, dónde él aún apuraba las últimas migas y, con un, “nos volveremos a ver”, desapareció entre la muchedumbre que ya empezaba a poblar las calles. Las mismas hileras de hormigas que tanto le habían asustado el día anterior.

Acercó la taza al mostrador, recogió su pequeño hato, en el que guardaba las pocas prendas con que viajaba ,y fue entonces cuando se dio cuenta. Sobre sus hombros aún descansaba la suave chaqueta verde de la joven.
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