Momentos 17

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Salió corriendo a buscarla. Le pareció haber observado cómo se dirigía a la izquierda, y en un principio  siguió esa trayectoria sorteando gente entre la multitud. Cuando llevaba alrededor de 2 minutos sin poder encontrarla en el horizonte se paró a recuperar el resuello. 

En ese momento pensó; si el parque estaba en dirección contraria, y ella lo cruzaba de norte a sur cuando le encontró, era imposible que el colegio estuviese en aquel sentido. Así que giró sobre sus pasos y echó a correr en dirección al jardín donde se habían conocido. Una vez allí tomó de nuevo aliento. Se situó en el mismo punto en que se habían encontrado. Reconstruyó la situación. Y partió de nuevo siguiendo la trayectoría que ella llevaba en el momento de conocerse. 

Poco tiempo después paró. En el tiempo que había tardado en encontrar el camino correcto ella seguramente habría llegado ya al colegio, o habría tomado alguna de las más de diez calles que desembocaban en aquella avenida.

Decidido empezó a preguntar a los transeuntes por algún colegio de monjas cercano. Nadie supo decirle. La mayoría ignoró su presencia mirándole con indiferencia. Otros incluso lo tomaron por un depravado, y amenazaron con llamar a la policía. Intentó explicarse. Señaló que había encontrado aquella chaqueta verde y que quería devolverla a su legítima propietaria. No le creyeron.

Desolado se sentó en un portal a descansar. Las pocas fuerzas que había recuperado con el profuso desayuno se habían desvanecido en aquella infructuosa carrera. Pensó que era una locura.  Que estaba enfermo. Que la gente tenía razón y era un pervertido. Estaba corriendo detrás de una niña de no más de 15 años, y no sabía si era  por devolverle la chaqueta, o si lo que realmente pretendía era volver a verla. Volver a sentir el calor de su mano guiándole por la ciudad. Volver a sumergirse en aquellos ojos de un verde casi ceniza que tanta paz, tranquilidad y sosiego le habían contagiado. 

Asustado se dispuso a dejar la chaqueta en aquel portal y marcharse, cuando vio que sobre aquella enorme puerta de madera, ante la cual se había sentado, rezaba un enorme cartel: “Esclavas del sagrado corazón de Jesús”.
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Comments
  • Anónimo

    Me ha encantado, hacia mucho tiempo que no me pasaba por aqui, y la verdad echaba de menos tus letras, tu blog, la verdad echo de menos las conversaciones contigo. No sé, siempre has estado ahí, ultimamente no tengo tiempo para nada, y la ultima conversacion que tuvimos, siento que te disgustaste conmigo, te pedi disculpas, pero creo que no ha sido suficiente. Tu amistad, tu voz, tus palabras son muy importantes para mi, gran amigo. Te tengo mucho cariño y aprecio y eso no va a cambiar nunca.
    Besos y mordiscos de una desvanera salmantina que te quiere.

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