Siempre dije que no me sentía de ningún lado. Una vida errante, detrás de las oportunidades que mi padre encontraba en distintos lugares de la geografía española para mantener a su familia, infligió en mí ese carácter nómada que no me ataba a tierras, ni me delimitaba por fronteras. Pese a haber nacido a más de mil kilómetros de Extremadura, la tierra de mis padres,  cada vez que me preguntaban me identificaba como extremeño, primero quizás por no tener que dar tantas explicaciones, después porque el carácter de sus gentes me hipnotizó, y porque los paisajes de la región me permitían hacer un recorrido natural por zonas tan dispares que me hacían sentir en perfecta comunión con la naturaleza en toda su extensión.

Fue en esa búsqueda de la armonía con la naturaleza cuando descubrí Carcaboso. Su alcalde, Alberto Cañedo, y las personas de su entorno, me contagiaron su pasión por la ecología, su abnegada voluntad por convertir su pueblo en un lugar especial, regido por la filosofía del apoyo mutuo, del bien común, y respetuoso con su entorno, con el privilegiado espacio que la naturaleza le había otorgado a orillas del Jerte.

No lo dudé, recogí mis escasas pertenencias y me trasladé a esta localidad en las cercanías de Plasencia.

El pueblo acababa de ser declarado libre de transgénicos, una cuestión más de intención que de posibilidades reales, ya que enseguida una, hasta entonces desconocida, para mí al menos, asociación nacional de obtentores vegetales nos recordó que ellos eran libres de jugar a ser dioses donde quisieran, sin que nadie, ni los elegidos por el pueblo, pudieran prohibirlo. Eso no amedrentó a nadie, y el mensaje caló en el pueblo, concienciando a todos de la necesidad de usar variedades locales no modificadas.

Las iniciativas manaban con fluidez. Pronto se levantó, en las recuperadas viejas escuelas de Valderrosas, un poblado de colonización prácticamente abandonado, pedanía del pueblo, un centro demostrativo de agricultura ecológica, desde el que se impartieron conocimientos sobre estas técnicas agrícolas a un grupo de vecinas y vecinos, que encontraron en sus terrenos olvidados una oportunidad de autoabastecimiento.

Este fue el germen de proyectos posteriores, que convirtieron esa capacidad de autosuficiencia en una posibilidad de negocio. Surgió una cooperativa de agricultores que comenzaron a comercializar sus productos, el municipio comenzó a ceder pequeños terrenos para huertos particulares y así, esos vecinos, se incorporaron a proyectos como la red Terrae, que les abría las puertas de comercialización exterior, lo que les garantizaba, a través de la venta de cestas programadas, unos ingresos mínimos durante un periodo suficiente para ir cogiendo experiencia y abrir su propio mercado.

Mientras, unos gallineros municipales abastecían de huevos a las familias interesadas. Sólo tenían que ir una vez a la semana a dar de comer a las gallinas comunitarias y recoger su puesta diaria, suficiente para abastecer a cada familia durante la semana. El césped de los jardines fue dejando espacio a lechugas, tomates, berenjenas o coles, que los vecinos cuidaban y recogían. De las facturas municipales desaparecieron los gastos en herbicidas, plaguicidas o pesticidas, que fueron sustituidos por insumos naturales extraídos de los recursos propios.

Poco a poco el formato de huertos municipales hizo necesaria una solución para los excedentes, y surgió otra cooperativa de vecinos que comenzaron a transformarlos en conservas. Sacaron su propio registro sanitario y comenzaron la comercialización de deliciosas mermeladas. Todo amparado, en un principio, por el propio ayuntamiento, que facilitó, la formación, los medios y la infraestructura para hacerlo posible. Al tiempo alguno de los percusores de esta iniciativa se fueron emancipando, creando sus propias empresas de transformación en la localidad.

Los restaurantes del pueblo llegaron a un acuerdo con sus agricultores y empezaron a abastecerse de sus productos creando menús de kilómetro cero, con productos saludables, de procedencia ecológica, de temporada y que se cosechaban en el día.

Un grupo de empresarios cercano, que se había tropezado con mil dificultades para poner en marcha su industria cervecera en otras localidades, encontraron en Carcaboso el apoyo necesario para comenzar su actividad, al poco tiempo pudieron por fin independizarse y ya comercializan para toda España.

Otro curso posterior, de elaboración de lácteos, permitió que otro grupo de personas se interesaran por la producción artesanal de quesos y yogures. Se les facilitaron las instalaciones, las necesidades básicas y pronto saldrán al mercado con marca propia, generando una nueva oportunidad empresarial para un pueblo que, hasta hace 8 años, dormía a la sombra de la amenaza del desamparo, el desarraigo y el abandono. Un pueblo que pasaría desapercibido si no fuera porque por una vez, un político, pensó que desandar los erróneos caminos del pasado era la mejor manera de volver a encaminarse al futuro.

Hoy me siento de Carcaboso. Por fin, si me preguntan, he marcado los límites de mi frontera, y son aquellos dónde el progreso se escriba con solidaridad, la educación con concienciación, la salud con prevención, el trabajo con colaboración y el futuro con respeto.

Sin embargo no todos los políticos son así, y ese Macondo extremeño puede perecer ante las pretensiones de quienes no entienden que su objetivo ha de ser el bien común, pero eso… es otra historia.