Que le de el aire

No sé si me estoy volviendo loco, pero la idea me ha parecido buena y voy a adoptarla y adaptarla. Como ya habréis comprendido no es una idea propia, sino copiada de un libro de Bolaño. Tampoco es suya, en su libro «2666», el profesor chileno Amalfitano la copia de Duchamp, supongo que será Marcel, el pintor, que se la recomienda a unos amigos recién casados. (Por cierto, un libro altamente recomendable)

La idea consiste en colgar un libro en el tendedero. Duchamp recomienda que sea un tratado de geometría y Amalfitano le hace caso a «pies juntillas». Yo sin embargo lo voy a hacer con mi diario, esa es mi contribución a esta idea.

El objetivo de colgar el libro en el tendedero es que aprenda de la vida. Que el contacto con la naturaleza le ofrezca esas dosis de realidad que a veces le falta a algo tan complejo como la geometría, en este caso.Yo, sin embargo, creo que es a mi diario al que le falta esa dosis de realidad. No porque mienta en él, sino porque, en mi inconsciencia, me dejo llevar por ilusiones que me apartan del mundo real y me sumen en interpretaciones subjetivas que confunden mis sentimientos y me arrastran a un vacío personal sin identidad, sino en mi mundo particular.En su tendedero mi diario recibirá el rocío de la mañana, frío y húmedo, consciente de que no habrá nadie que lo seque y cobije, pero también el frescor de los vientos que soplen, en distintas direcciones, dejando arrastrar sus hojas con libertad y a su antojo.En su tendedero mi diario encallecerá sus tapas para resistir las embestidas de las inclemencias meteorológicas, pero también recogerá en sus hojas el aroma del cesped recién segado, de las flores recién nacidas y del aire libre que baja de la sierra.En su tendedero mi diario recibirá el castigo del árido sol de las siestas estivales, pero también la ténue luz de las estrellas en las tibias noches de primavera.En su tendedero mi diario permitirá que el viento arranque viejas páginas a la vez que deja impregnadas nuevas fragancias en las que resistan.Está decidido, que nadie se sorprenda si ve un libro colgando de mi ventana.

Contra la censura

Hago un alto en el camino de mi pequeña biografía, esperando que regrese mi estado de morriña de la semana pasada, para hacerme eco de una noticia preocupante, que me hace pensar que no somos tan libres como creíamos. O sí, mientras no se toquen ciertos temas…. (manda cojones)

Hace mucho tiempo que no paseo por sus páginas. En mi juventud, la primera (creo que voy por la cuarta), se convirtió en mi revista de cabecera. Por entonces los viernes no solo marcaban el inicio del fin de semana, sino también la visita obligada al quiosco para comprar el jueves, la revista con que crecí y aprendí a tratar la actualidad con una mirada cítrica (crítica y ácida). Fer, Ivá, y otros muchos dibujantes se convirtieron en parte de la familia, unos amigos que venían a comer cada viernes y se quedaban con sus chistes hasta altas horas de la madrugada.

Poco a poco los fui abandonando, les fui infiel con otras publicaciones, aburridos periódicos de tristes noticias en su mayoría, y ellos me lo fueron con otros jóvenes que iban descubriendo a Maki Navaja o a Clara de noche entre sus páginas.

Estaba ahí, aunque no la prestase atención, más que una rápida ojeada cuando llegaba a mis manos ocasionalmente. Apenas la veía si se cruzaba conmigo en las estanterías de mi tienda de prensa, y su recuerdo quedaba como un vago pasaje de mi juventud, la primera, igual que los momentos comentados en las anteriores entradas.
Sin embargo esta semana ha vuelto a recuperar protagonismo, y si bien ambos sintamos los viejos rencores de dos amores abandonados, no puedo menos que salir en su defensa y unir mis fuerzas, las pocas que tengo, para defender su causa, la que me enamoró y llevó hasta sus páginas, la que luego me animó para dedicarme a la información. la libertad de prensa, de expresión, poder usar el sentido del humor para guiñarle un ojo a la aburrida actualidad.

Cuando se atacan esas bases. Cuando se pone en peligro la estabilidad de nuestros principios constitucionales, utilizando para ello además la burda interpretación subjetiva de dos artículos de la misma carta magna. Cuando un juez es capaz de secuestrar una publicación por un simple chiste inocente. Cuando se pierde el sentido del humor y se mide con diferente rasero la crítica, dependiendo del color de la sangre del criticado… Es entonces cuando uno se plantea si ha merecido la pena la lucha, si ha terminado la transición, y si es así hacia donde hemos ido, y sobre todo ¿por qué seguimos sometidos a una monarquía?

Esta es la portada que motivó el secuestro. Su publicación, según el juez del olmo (en minúsculas pues no se merece mayores atenciones), puede significar hasta 4 años de cárcel. Copialá y ponla en tu web, que se llenen las cárceles de risas y de inocentes que defiendan el derecho a la libertad de expresión… como antaño.

O Enxebre

El primer sitio que visité el domingo a mi llegada a la Guardia fue el mesón «O Enxebre». Seguía practicamente como lo recordaba, sucio, desaliñado, con ese aspecto de vieja taberna que alguien se empeña en adornar sin éxito con unos manteles coloridos, que contrastan con el lúgubre aspecto del resto del local. Sus clientes creo que seguían siendo los mismos, si no fuese por algunas ausencias que rápidamente constaté, diría que el tiempo se había suspendido en aquel viejo bar en el que tan buenos ratos pasamos. El mismo olor a madera raída y a serrín espolvoreado por el suelo, a aguardiente añejo y a vino rancio, a marisco cociéndose y a orín vertiéndose en un servicio mal aseado.
Diría que aquellos clientes que el domingo hablaban en gallego de los últimos fichajes del Madrid, eran figurantes que habían sido contratados a propósito para recrear una estampa de antaño, para hacerme más fácil mi retorno a la infancia. Pero faltaban 2 niños, Roberto y Nando, y muchas historias que recordar con ellos en aquellas viejas mesas en las que, probablemente, no me fijé, aun estarían grabados nuestros nombres, con aquella pequeña navaja que un día «tomamos prestada» en una obra.
O Enxebre era, en aquellos tiempos en los que ver un niño en un bar no causaba alarma social, nuestro centro de operaciones. Propiedad de los padres de Roberto y Nando, allí pasábamos gran parte del día, tramando alguna fechoría, diseñando nuestro futuro o jugando a las primeras maquinitas electrónicas de la historia, que mi padre traía de Andorra o el padre de Roberto y Nando conseguía gracias a algún amigo marinero que había cruzado el atlántico.
Para mí «O Enxebre» tenía un doble sentido de felicidad. Por una parte estaban aquellas eternas tardes de ociosa amistad, degustando en su momento una ración de caracoles, que ya dije en una entrada anterior que oportunamente habíamos cogido nosotros mismos, y que cedíamos al restaurante a cambio de un diezmo de los gastrópodos capturados.
Por otra quedaban las suculentas meriendas que cada sábado degustabamos en familia, no por la copiosa vianda de sepias y vieiras que ingeriamos, sino porque era uno de los pocos actos rituales que hacíamos con mi padre, a quien por su trabajo en Portugal apenas teníamos tiempo de ver.
Por el «O Enxebre» no ha pasado el tiempo, ni quizás la mayoría de las personas, pero sí le faltan aquellos niños y aquellas cenas, que hoy se espacian pero que, de vez en cuando seguimos disfrutando, en un lugar distinto, pero con el mismo ánimo familiar, con el mismo sentido.

Compañeros de clicks

Llevo unos días hablando de rincones de esta maravillosa villa marítima sin centrarme en cómo llegamos a ella.
La Guardia fue la tercera escala en mi peregrinaje por España, en el seno de una familia viajera, que por motivos laborales de mi padre se veía obligada a hacer las maletas esporádicamente para asentarse en nuevas tierras, sin poder echar raíces en ninguna, pero quedándose siempre con ese sútil acento propio de cada una, que fue conformando el diccionario interior que hoy nos identifica.
Nacido en Gipuzkoa, y sin apenas tiempo de contagiarme de la particular idiosincrasia de sus gentes, a los tres años me vi rodeado de las nieves de la Bureba, en Briviesca, un pequeño pueblo burgalés del que también hablaré en su día. Allí vivimos 6 años, y aunque los recuerdos de esa primera etapa de la infancia son más difusos, intentaré traer en su momento algún retazo de aquellos días de batín de rayas azules y zurrón de pastorcillo. (A su hora lo entenderéis)
La llegada a la Guardia fue, no sé si alevosa, pero sí nocturna. Viajamos desde Burgos en un taxi que calculó mal los horarios, y llegó a su lugar de destino con varias horas de adelanto. Mi primer recuerdo del pueblo se reduce pues a un callejón angosto y oscuro, y unas cabezadas en un viejo taxi esperando que saliera el sol.

La casa de la Guardia era amplia, muy grande, incluso tuve la oportunidad, con tan solo 9 años, de disfrutar de mi propia habitación, algo que luego tardaría varios años en repetirse. Para un niño como yo, que siempre había compartido cuarto, aquello era toda un reto.

Por una parte me permitía quedarme leyendo durante horas las obras de la inmensa biblioteca de mi vecina del tercero, Maria José, una profesora de EGB un tanto trastornada, pero por otra me suponía noches aterradoras, escondido bajo las mantas, incluso llorando, recordando alguna película de terror en blanco y negro que había visto en la tele. Recuerdo como si fuera ayer mismo la angustia que me ocasionó una vieja versión del hombre lobo, y como tuve que recurrir a mi madre para que apaciguase aquella zozobra. Hoy todavía, bajo las mantas, y cuando otros miedos más adultos, como la soledad, me asolan, a veces busco el amparo de mi madre, que por vergüenza no reclamo.

En el piso de arriba, el segundo, vivía una familia amiga de la nuestra, los Vivo, cuyo progenitor coincidía con el mío en el trabajo, y en la fertilidad. Por aquel entonces nosotros eramos ya 3 hermanos, Iván nació a los pocos meses, y ellos eran 4, al tiempo nació Sandra. Unos y otros, pronto nos convertimos en amigos inseparables, con una recua de playmobil a nuestro cargo que centraban nuestras horas de juegos.
Recuerdo que pugnábamos en quién se hacía antes con el mayor número de ellos y sus mejores complementos, la patrullera, el fuerte, el camión de bomberos, o el barco pirata, que era como el tesoro de la colección.
De todos Juanito, por analogía cronológica, fue con quien más congenié, sin embargo después, cuando cada familia partió hacia un lugar antagónico en el mapa, los Vivo para Tarragona, los Herrero para Plasencia, el contacto se fue perdiendo en forma de cartas cada vez más espaciadas que no sé aún quién interrumpió.
Nuestras madres aún mantienen contacto. Por Navidades, el día de Nochebuena, como una obligada costumbre más de esas fiestas, hablan atropelladamente durante exiguos minutos para ponerse al tanto de lo sucedido durante el año, así hasta el siguiente, en un rito similar a las patatas escabechadas en Semana Santa, que a todos gustan pero, si saber por qué, sólo se hacen una vez al año.
Por ellas sabemos unos de otros, pero nunca nos hemos molestado en hablar, conscientes de las pocas cosas que tendríamos ya que contarnos. Alguna vez, pasando por el Vendrell, he estado tentado de acercarme a visitarles, darles una sorpresa, pero… aunque hoy recupere parte de mi infancia en un fugaz viaje ¿qué queda de aquellos niños que jugaban a los clicks?

Las clases de inglés

Creo que la culpa fue de Don Santiago. Con Don de maestro de los de antes. Mi profesor de tercero de EGB, que le dijo a mi madre que tenía una facilidad pasmosa para los idiomas. Acabábamos de llegar a Galicia, yo estudiaba tercer curso y me encontré de frente con una asignatura que me cautivó, el gallego. En pocos meses, y gracias a la dedicación de aquel entrañable profesor, «falaba galego tan bem como os meus compañeiros e gañei un concurso de poesía en galego do que xa faleí» ante la sorpresa de un tutor que se emocionó con mi evolución y recomendó a mi madre mi pronta incorporación al mundo del multilingüismo.

Mientras otros niños iban a clase de karate, a fútbol o a tocar la gaita, o simplemente se tocaban la suya por las calles, yo cada tarde tenía que ir a un viejo pìso a clases de inglés, algo extraño en aquellos años para un niño de esa edad. (Hoy es algo habitual)
Odiaba a aquella profesora, de la que mi memoria selectiva ha olvidado el nombre, y a su desproporcionado perro, un collie llamado Lassie, que original… Es curioso que recuerde el nombre del can, y hasta el edificio dónde iba a clases, y haya olvidado completamente el nombre de aquella señora de pronunciación abusivamente acentuada.
En estas clases, aparte de mis primeras palabras en inglés, aprendí a mentir. A buscar excusas para faltar, el dificil arte del escaqueo. Muchas tardes, por no ver a aquella señora, me dedicaba a dar vueltas por el pueblo, mirando escaparates o tirando piedras en la playa. Calculando perfectamente el horario de clases para que en casa no sospechasen e inventando una excusa para el día siguiente, o el otro, o el otro, cuando regresase a clase. Nunca me pillaron, quizás tampoco falté tanto como hoy creo.
Sin embargo mi mejor recuerdo de estas clases no está en una escapada, sino en un atardecer aburrido, repasando el verbo to be, el to have o algún vocabulario especial para viajar o coger el metro. Me quedé absorto mirando por la ventana, desde la que se veía el mar y vi como el sol poco a poco iba ocultándose tras la línea azul del horizonte. Cuando estaba a punto de esconderse me regaló un rayo verde, instantáneo, fugaz, pero intenso.
Era un rayo de esperanza que a lo mejor aquel día no interpreté, pero tuve que volver a recoger el pasado domingo, y allí estaba esperándome.

Los exvotos

Si hay algo que haya cambiado en estos 23 años es la cima del monte Santa Tecla. Sigue guardando sus colores, sus olores y ese encanto místico que le dan las meigas que lo habitan. «Non creio nelas, pero haberlas haylas». Pero al margen de estas sensaciones el resto es completamente nuevo. Como decía en una entrada anterior se ha convertido en un lugar emintentemente turístico, lleno de visitantes que le hacen perder aquel encanto anterior de poder sentarse en las escaleras de la ermita a escuchar el viento, el mar, y los lamentos de las ánimas que pueblan todos los bosques de Galicia, y este no iba a ser menos. Dónde antes solo imperaba, majestuosa, la vieja ermita, hoy hay varias construcciones, que se alternan con un mercadillo insolente de recuerdos ruidosos, donde se venden brujas que responden al palmeo de sus vendedoras y trasladan el entorno a un desafinado patio andaluz.
Recuerdo una de las primeras veces, puede que la primera, que subí hasta arriba. Para mí hasta entonces el monte se reducía al camino hasta Camposancos las tardes de futbol. Fue en las vísperas de mi comunión. Subí con mis tios Benigno y Cecilia, y mis primas Ana y Silvia. Iba vestido con la camiseta de portero del celta y llevaba el balón que me habían regalado. Sólo la felicidad de hacer aquella visita con mis tíos favoritos era equiparable a la emoción de descubrir el encanto de aquella cima.
Entramos en la ermita. La recuerdo pequeña, angosta, oscura, húmeda, misteriosa. Fuimos viendo su escaso patrimonio y llegamos a un lugar que olía a incienso, a cera quemada y a musgo. Tras una vitrina descubrí algo que me espantó, y aún hoy me sobresalta cuando lo recuerdo. Ante la imagen de la virgen se repartían un montón de pequeñas extremidades, de exiguos cuerpos descuartizados, de macabras vísceras ceruleas, que entonces me parecieron reales y aún hoy me pregunto si no lo serían. Mis tíos me tranquilizaron, se trataba de exvotos, me dijeron, réplicas de aquellas partes del cuerpo que los devotos querían que la santa les sanase.
El domingo no quise entrar. Aún guardo el temor de volver a encontrarme con tan dantesco paraje. Quise dejar una imagen en cera de mi corazón, dañado y ajado, para que ayudase en su curación, pero al mirar atrás vi que no era necesario. Entre aquellos eucaliptos, entre aquellas piedras, aún se guarda en ofrenda una parte importante del verdadero.

La vieja casona

Seguía ahí, en pie, desafiando el tiempo. Aunque el pueblo no había cambiado mucho los pocos toques de modernidad con que habían ido cincelándolo los años me hizo pensar en que la vieja casona estaría derruída. Ya era vieja entonces, un gran misterio, para unos niños de apenas 10 años para los que cada incursión entre sus paredes se convertía en una aventura.
Teníamos que subir desde la perrera, aquel lugar infesto de animales poco salubres y garrapatas, que olía a rayos y que teníamos terminantemente prohibido por nuestros padres. De allí dábamos al muro, una frágil construcción de apenas 10 centímetros de ancho que suponía armarse de coraje para atravesarlo, con una caída de alrededor de 3 metros a cada lado, todo un abismo aún hoy en día y más para la altura de un preadolescente. De allí, y de un pequeño salto, se llegaba a la terraza, dónde una vieja lavadora nos enseñó maquiavélicos juegos con una familia de gatitos. Pero eso es otra historia de la que tampoco me siento orgulloso y, quizás, algún día contaré. Y en la terraza, una destartalada puerta de madera, que nos comunicaba con el mundo del misterio, del temor, de la osadía… que tardamos meses en traspasar.
Llegamos hasta la puerta en numerosas ocasiones, acercábamos a sus herrumbrosas maderas nuestros oídos intentando buscar vida en su interior, sin obtener respuesta, pero algo nos decía que no debíamos atravesarla. Durante casi una primavera llegamos a diario hasta ese límite entre nuestro bien y nuestro mal, entre nuestros deseos de aventura y nuestra conciencia, entre nuestra osadía y nuestros miedos. Alguna vez incluso llegamos a aporrear la puerta, corriendo desenfrenados por el estrecho muro de vuelta a la perrera sin esperar respuesta. Nunca se abrió, o al menos nunca escuchamos a nuestras espaldas el chirrido de sus bisagras.
Fue a principios del verano. Quizás el exceso de ocio, quizás los ánimos caldeados por la reciente lectura de las aventuras de Tom Sawyer, quizás la necesidad de romper de una vez con aquel halo de misterio, quizás el aburrimiento de ir cada día hasta la puerta sin lograr desvelar sus misterios… Empujé con fuerzas, todas las que puede tener un niño de 10 años. La puerta no se movió. Vi una cuerda, que a modo de pomo invitaba a tirar de ella, tiré despacio y la puerta cedió unos centímetros, otro poquito y ante nosotros, y en una nube de polvo se abrió la densa oscuridad del misterio que durante meses habíamos deseado desvelar.
Nuestros ojos, acostumbrados al sol del exterior, tardaron en habituarse a aquella repentina oscuridad, pero poco a poco fue dibujándose ante nosotros un desván, el cuarto descuidado de un pescador que con casi total seguridad hacía años no pisaba. Cogimos prestada una vieja caña, una pecera circular, que se rompió al bajar a la perrera, y algunos aperos de pesca que nunca supimos para que valían y devolvimos aquella misma tarde. Nunca regresamos a aquella vieja casona salvo para retornar los objetos incautados. Una vez roto su misterio perdió el interés.
Sin embargo, el domingo, volví a sentir la necesidad de abrir sus puertas, de tirar de su pomo de soga, de tomar prestada la caña, pero no lo hice, quizás tenga que pasar otra primavera para que me atreva.

La caverna de helechos

De pequeño, este descampado se convirtió en nuestro lugar de juegos. Pronto lo adaptamos, con imaginación y esfuerzo, en el lugar idílico para cualquier niño. Tan pronto era una pista de trail para las bicicletas, como un campo de futbol, de voleyball o de tenis. Así lo rodeábamos de cuerdas que delimitaban una pista de carreras, como le plantabamos 4 grandes postes que hacían sus veces de portería, o lo cruzábamos con una gran red que separaba los dos campos imaginarios.
Eramos la envidia del pueblo, porque siempre teniamos nuestro solar adaptado al juego de moda. Eso nos acarreaba no menos problemas, en una lucha continua por mantener intactos nuestros predios, alejados del peligro invasor de los niños de otros barrios. Contábamos con una ventaja, su particular situación geográfica, que nos permitía estar alerta y defenderlo desde el muro, aquella construcción de piedra que nos resguardaba de los ataques y nos protegía de las pedradas, que nosotros devolvíamos con tino, espantando las hordas visitantes.
Pero el mayor encanto de aquel lugar no estaba en el campo de juegos, si no en una zona boscosa de helechos que cubría la mitad del terreno. Era el sitio ideal para jugar al escondite, pero también para ocultar nuestros secretos, nuestros juegos prohibidos, o compartir sueños. Pronto fuimos horadando una zona de helechos hasta conseguir crear una cueva, quizás el inicio de esta caverna que hoy nos une entorno a mis reflexiones, en la que nos sentábamos a hablar y guardábamos nuestros misterios, e incluso nuestros juguetes, a salvo de cualquier intruso.
Ayer viajé hasta esa primera caverna con mi maleta llena de secretos que pesaban como losas en mi corazón y atormentaban mi cabeza. Ya no estaban los helechos, solo alguna zarza que impedía el paso. Pero mis espinas pinchaban más que las suyas y me abrí paso hasta el sitio dónde estuvo nuestra cueva. Allí di la vuelta a mi equipaje de penas y tristezas y las vacié sobre el suelo. Volví a ser un niño, jugué con ellas, las vi desde esa perspectiva infantil que las minimiza, desde el punto de vista de quien es capaz de llorar por una zapatilla, pero minimiza el dolor de una muerte. Las convertí en juguetes, y así, volví a guardarlas en mi hatillo. Hoy, donde ayer guardaba el diván de mi psicólogo he montado un toys’r’us.

A areia grande

La arena grande es una de las playas de la Guardia. Con el tiempo se ha convertido en un ejemplo de lo que cambian las perspectivas con la edad.

La primera vez que bajé a la areia grande tenía unos 9 años. Acababan de comprarme unas zapatillas de deporte, aquellas clásicas deportivas azules con rayas blancas, que todos hemos tenido a juego con el chandal del uniforme del colegio, aunque en mi colegio no se usaba uniforme, sólo en las prendas de gimnasia.

El mismo día que las estrenaba bajé a la playa. Ibamos a probar una caña, que habíamos tomado prestada en la vieja casona de detrás de la perrera, de la que ya hablaré algún día. Nada más llegar a la playa, tras una larga caminata, busqué un buen lugar para lanzar la caña, trepando por las piedras, que entonces me parecían inalcanzables, hasta un recodo que se adentraba en el mar. No había llegado casi al recodo cuando pisé mal, y mi pierna se introdujo en un enorme charco de petróleo, que alguna barcaza había descargado entre las rocas. La zapatilla derecha quedó inservible, con el consiguiente disgusto para mí y la comprensible bronca de mi madre.

Nunca he olvidado aquella zapatilla y la importancia que le dí a perder algo que acababan de comprarme y que rápidamente tuvieron que sustituir. Ayer fui a la areia grande, el camino me pareció mucho más corto, las piedras no eran infranqueables y cuando llegué a casa le referí la historia a mi madre. Ni siquiera se acordaba.

El monte Santa Tecla – O monte Santa Tegra

Podría recorrermelo palmo a palmo y con los ojos cerrados sin perderme, pese a que hace 23 años que no lo pisaba. Ha cambiado bastante, se ha convertido en un lugar turístico, infestado de visitantes, e incluso cobran por subir. Al menos que digas que vienes a reencontrarte con tu infancia, como yo hice y me invitó el guarda. Pero aún así sus árboles siguen siendo los mismos, sus viejos caminos secretos, y aquellas raíces en las que nos sentamos a descansar, a contarnos secretos infantiles.
En cuanto comencé a subir su olor a eucalipto me devolvió a una tarde de San Juan, víspera de la hoguera. A la desenfrenada búsqueda de ramas secas, de hojas y de aquellos pequeños nudos de madera que explotaban al tirarlos al fuego, y que cuidadosamente escondíamos en aquel pelele con el que quemábamos nuestros malos augurios, nuestras pesadillas, las pocas que se pueden tener de niño.
Recordé aquellas prisas, por hacer la hoguera más grande, el muñeco más gordo y ruidoso, aquellas carreras por el monte, sin orientación, pero sin pérdida, desde la misma falda hasta el facho, desde la carretera hasta Camposancos, entre maleza y helechos, que casi han desaparecido, buscando también los platos que no se habían roto en la última tirada y que cambiabamos en el bar por un refresco, o una ración de caracoles, que oportunamente también nosotros habíamos recogido.
Recordé los partidos de futbol, y aquel R-4 que hacía sus veces de autobús, con 14 niños dentro, un entrenador y las equipaciones. Recordé los ascensos en bicicleta, y como al llegar arriba respiraba hondo, llenándome los pulmones de ese olor a eucalipto que ayer me devolvió a la infancia.
Recordé las fiestas del monte, y aquellas meriendas en el camino, rodeadas de nocilla e inocencia. Recordé parte de aquel poema, en gallego, que me hizo ganar un premio de poesía, nada más llegar…
E a Garda pobo bonito,
pero mais bonito e ainda
o seu monte Santa Tegra,
donde viveron os celtas
hay máis de mil anos….
No lo recuerdo entero, está guardado en algún album de fotos que conserva mi madre, algún día lo buscaré y lo colgaré entero. Yo guardo los recuerdos en la memoria, la olfativa como en este caso, ella sin embargo la tiene indexada en álbumes. Yo necesito volver a los sitios para traer los recuerdos, ella pasea por ellos de vez en cuando sentada en su sillón. Yo no tengo sillón, prefiero recostar mi cabeza en la luna, la del lugar al que quise ir, o al que fui sin querer. Son dos formas de vivir el pasado, de construir el futuro.