O Enxebre

El primer sitio que visité el domingo a mi llegada a la Guardia fue el mesón «O Enxebre». Seguía practicamente como lo recordaba, sucio, desaliñado, con ese aspecto de vieja taberna que alguien se empeña en adornar sin éxito con unos manteles coloridos, que contrastan con el lúgubre aspecto del resto del local. Sus clientes creo que seguían siendo los mismos, si no fuese por algunas ausencias que rápidamente constaté, diría que el tiempo se había suspendido en aquel viejo bar en el que tan buenos ratos pasamos. El mismo olor a madera raída y a serrín espolvoreado por el suelo, a aguardiente añejo y a vino rancio, a marisco cociéndose y a orín vertiéndose en un servicio mal aseado.
Diría que aquellos clientes que el domingo hablaban en gallego de los últimos fichajes del Madrid, eran figurantes que habían sido contratados a propósito para recrear una estampa de antaño, para hacerme más fácil mi retorno a la infancia. Pero faltaban 2 niños, Roberto y Nando, y muchas historias que recordar con ellos en aquellas viejas mesas en las que, probablemente, no me fijé, aun estarían grabados nuestros nombres, con aquella pequeña navaja que un día «tomamos prestada» en una obra.
O Enxebre era, en aquellos tiempos en los que ver un niño en un bar no causaba alarma social, nuestro centro de operaciones. Propiedad de los padres de Roberto y Nando, allí pasábamos gran parte del día, tramando alguna fechoría, diseñando nuestro futuro o jugando a las primeras maquinitas electrónicas de la historia, que mi padre traía de Andorra o el padre de Roberto y Nando conseguía gracias a algún amigo marinero que había cruzado el atlántico.
Para mí «O Enxebre» tenía un doble sentido de felicidad. Por una parte estaban aquellas eternas tardes de ociosa amistad, degustando en su momento una ración de caracoles, que ya dije en una entrada anterior que oportunamente habíamos cogido nosotros mismos, y que cedíamos al restaurante a cambio de un diezmo de los gastrópodos capturados.
Por otra quedaban las suculentas meriendas que cada sábado degustabamos en familia, no por la copiosa vianda de sepias y vieiras que ingeriamos, sino porque era uno de los pocos actos rituales que hacíamos con mi padre, a quien por su trabajo en Portugal apenas teníamos tiempo de ver.
Por el «O Enxebre» no ha pasado el tiempo, ni quizás la mayoría de las personas, pero sí le faltan aquellos niños y aquellas cenas, que hoy se espacian pero que, de vez en cuando seguimos disfrutando, en un lugar distinto, pero con el mismo ánimo familiar, con el mismo sentido.

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