Es curioso

Aunque es perfecta.
No me enamoré de su boca sino de su sonrisa.
No me enamoré de su voz sino de su conversación.
No me enamoré de sus ojos sino de su mirada.
No me enamoré de sus manos sino de sus caricias.
No me enamoré de su cuerpo sino de su presencia.

Sin embargo hoy que no me sonríe, pero leo sus labios diciéndome adiós.
Hoy que apenas me habla pero oígo su voz.
Hoy que aparta la vista cuando busco sus ojos.
Hoy que no me acaricia aunque diga que me tiende una mano.
Hoy que me siento solo porque ella no está.
Hoy, es curioso, sigo enamorado.

Hasta en el futbol….

Rara vez veo un partido de fútbol completo, y más si se juega tan tarde. Aunque suene tópico y pedante, a ciertas horas prefiero encerrarme en un libro a ver a 22 tíos corriendo detrás de un balón. Esto no quiere decir que no me guste el fútbol, sobre todo cuando se juega con clase, y ayer fue uno de esos días en los que el espectáculo me enganchó. Jugaban el Barcelona y el Inter, y tan solo ver a todos los jugadores blaugrana saltar al terreno de juego con la camiseta de Puerta me invitó a quedarme, pese a que Florizel y Geraldine (gracias unaexcusa) me esperaban para jugar a las cartas. Luego se sucedieron los goles, las dedicatorias, más o menos sentidas, y la magia del fútbol.

En un lance del partido, el Barcelona ganaba ya 4-0 y el Inter esperaba contra las cuerdas su agónico final, Deco se desmarcó por la izquierda, en un medido pase de Messi que le dejaba en posición ventajosa frente a la atribulada zaga rival. El luso, que apenas tenía ángulo para mirar a portería, decidió redondear el espectáculo con una inverosimil rabona que acabó tímida en las manos del portero. (Nota aclaratoria: La rabona consiste en golpear el balón con el pie contrario al natural haciéndolo pasar por detrás del de apoyo)

Aunque falló su tiro Deco fue duramente increpado por un defensa rival. Le recriminaba que pese a la dura derrota que les estaban infligiendo intentase ridiculizarlos aún más con este tipo de jugadas. Nadie lo entendió. El espectáculo debe primar.

Ayer quedamos. Te mostraste exultante, tan bella como siempre. Alguien me dijo que no me convenía, que suficientemente vejado está mi corazón para seguir sufriendo teniéndote cerca y a la vez tan lejos. Sin embargo me encantó verte. El espectáculo debe primar.

Fascículos

Llega el mes de septiembre y con él las colecciones de fascículos. Los quioscos se llenan de coleccionables de todo tipo que raramente llegamos a concluir. Libros a 1 euro, maquetas de coches, dvd’s sobre historia, muñecas, y hasta dedales pintados a mano, se amontonan en las estanterías, cubriendo el hueco que durante el resto año corresponde a las revistas del corazón.

Me gusta recorrer las tiendas de prensa en esta fecha. Buscando algún libro económico ya que, el mejor, o al menos el más conocido de cada colección, suele ocupar la primera tirada a un precio irrisorio con la intención de engancharte al resto.

Así comencé la colección de Stephen King, que llegó hasta el número 7, la de literatura oriental, que se quedó en el 1, la de Vazquez Figueroa, que interrumpió el propio quisquero alrededor de la cuarta entrega, o las de los premios planeta y la biblioteca de Grecia y Roma que sí llegué a completar.

Este mes aún no he encontrado ninguna colección interesante, o al menos que me llame la atención, aunque estoy deseando hallar alguna que me enganche. La última, el secreto de las orquídeas, de producción propia, la empecé en abril y en junio dejó de publicarse. Hoy lloro por las esquinas buscando números nuevos, pero no encuentro más que poemas desesperados para esta caverna, que no sé si son los últimos ejemplares de aquella o el inicio de una nueva colección.

Si empiezo una nueva espero terminarla, y si retomo aquella mejor.

En otros cuerpos

Besos, caricias, abrazos que se escapan. ¿dónde van?
Huyen en busca de otros labios, otros cuerpos, otros brazos.
Se refugian en ellos escapando de su soledad.
Se guarecen en su calor paliando su frío.
Se ocultan en su esplendor temerosos de la oscuridad.

Besos, caricas, abrazos que se escapan, ¿acaso no se dan?
¿no reciben otros labios, otros cuerpos, otros brazos, que les auspician en su soledad?
¿Acaso no arropan su frío en el regazo que les recibe?
¿Acaso no ven la luz en las tinieblas que les asolan?

Beso, caricias, abrazos,… sólo comparten intimidad.

Huelo a humo

Llego a casa desolado porque alguien pintó de negro mi paisaje preferido. Huelo a humo. Un olor acre se me clava en la pituitaria hasta perforar mi corazón. Dos manchas oscuras desmaquillan mis ojeras, como un rimel corrido, pero de ceniza y llanto.

Valcorchero arde. Plasencia se decolora en una nube de humo. Se desfigura entre una niebla de incertidumbre y miedo. Solo unos abejorros de panza colorada sofocan las llamas. Recortan las rojas sierras que talan sin piedad el monte. Dejan a su paso un dantesco paraje negro. Yo lloro.

A la basura

Hoy he arrastrado el contenedor hasta mi ventana. La he abierto de par en par y he empezado a arrojar bolsas llenas de recuerdos.
En una verde metí todos mis sueños, los recogí de debajo de la cama dónde dormían en forma de pelusas. (bis)
En una azul recogí mis proyectos, los guardaba en el congelador a la espera de cocinarlos juntos.
En una blanca metí varios adjetivos que te tenía reservados y que nunca escucharás. Estaban escritos en minúsculos papeles que había ido recopilando a lo largo de los últimos meses, una servilleta de bar, el envoltorio de un caramelo, una entrada de cine, e incluso un trozo de papel higienico, sin usar, claro.
En una grande, de esas que llaman comunitarias, negra como el deseo, tiré besos no dados, caricias que guardaba y cientos de miradas que hoy dejan huérfanos a mis ojos.
Luego cogí un rotulador y escribí en el contenedor un letrero grande que decía «PASADO».Tiré una última bolsa, pequeñita y amarilla con mis ganas de seguir tirando cosas.
Empujé el contenedor de nuevo, para devolverlo a su sitio y un agente me llamó la atención. No era aún la hora de tirar la basura. Me multó y me hizo recoger las bolsas que ahora esperan en el zaguán. Me hizo borrar el letrero y pagar una multa cuantiosa, que tiré en la bolsa blanca después de escribir estas palabras.

Pelusas

Aparecen de repente y nadie sabe cómo llegaron allí. Se arremolinan bajo la cama, en forma de pelusas. Unas grandes, que incluso adquieren formas sugerentes y otras, más pequeñas, que apenas tuvieron tiempo para formarse.

Son nuestros sueños más rodados, que por su peso caen bajo la cama. Esos sueños recurrentes que cada noche regresan a la cama, para apoderarse de nuestros pensamientos nocturnos. Las grandes, bien formadas y redondeadas, son esos sueños reiterados, esas secuencias, que sin saber bien por qué se repiten noche a noche y a las que no damos explicación. Pueden ser pesadillas, que forman pelusas oscuras y rebeldes, a las que nunca llega el cepillo, y pueden ser blanquecinas y suaves, como las que forman los sueños de infancia.

Las más pequeñas suelen ser sueños lascivos y acostumbran a venir acompañadas de una polución nocturna, de una pequeña mancha en las sábanas. Suelen tener cuerpos de personalidades del celuloide o la canción y se suceden sin orden alguno. Otras solo tienen rostro, son también pequeñas, diminutas. Tanto unas como otras vuelan al abrir la ventana, o son las primeras en ser engullidas por la aspiradora.

Luego está la reina pelusa, una grande, suave, pero dificil de alcanzar, suele trenzarse a las patas traseras de la cama, justo debajo de la almohada. Debe dormir siempre bajo el embozo de las sábanas y apenas si cae al peso para aferrarse a la pata más cercana. Si intentamos alcanzarla la defiende la misma cama, los hierros del somier se clavan en nuestra espalda y un afilado muelle nos araña el omoplato. Apenas la rozamos con los dedos parece contraerse, casi desaparecer. Si movemos la cama se esconde bajo las mantas y aparece al día siguiente, de nuevo majestuosa, suave, abrazada a la pata, aferrada a nuestros sueños.

Esa es la única que tiene nombre.

Nunca tuvo nombre una pelusa
olvidaste el mío en tus secretos
elegí el tuyo para ella
lloré en su bautizo
imaginé que eras tú
amaneció de nuevo al dia siguiente.
(Actualización 23 de agosto)

Dibujándote

Un día me preguntaste que por qué te quería tanto, si apenas te conocía. De inmediato respondí, sin pensarlo, «porque eres tal y como te he dibujado durante toda mi vida».

Durante años mis dedos dibujaron bocetos, trazos desbaratados que pronto desdibujaba, que se salían del papel, o no sabía colorear. Dibujé sonrisas, ojos azules, negros y verdes. Dibujé algún seno inacabado, un busto perfecto que no sabía perfilar, e incluso trazos generosos que guardé durante días y terminé por arrojar con rabia a la papelera, por mentirosos, por quererme convencer de una perfección que no existía. Dibujé sexos de sabor amargo por el simple hecho de dibujar. Dibujé corazones que no era capaz de redondear. Dibujé brazos que no querían abrazar, labios que no besaban y pupilas que no sabían mirar. Dibujé manos sin caricias, espaldas sin mar. Dibujé tantas mujeres que pensé que era yo quien no sabía, y dejé de dibujar.

Pero un día volví a hacerlo. Comencé por tu sonrisa, que me acunaba al despertar. Con dos leves pinceladas dibujé una mirada que reflejaba sinceridad. Dibujé tu cabello para perderme en su aroma, para dejarme acariciar, por la brisa y su fragancia. Dibujé unos senos breves que me supieron cautivar y pinté miles de estrellas en una espalda que ya no puedo olvidar, que he recorrido mil veces con mi pincel, con mis dedos, dibujando libertad.

Dibujé todos mis sueños y hoy, ya no puedo soñar.

Robledillo de Gata

Normalmente los viajes se organizan buscando un determinado destino. Sin embargo el destino no tiene por qué ser exclusivamente un enclave geográfico, y es a veces él, el propio destino, el que elige lugar, compañía y motivos y te lleva a un momento, un instante de tu vida.
No se trata del lugar, pudo ser cualquiera y fue una coincidencia, una casualidad más, acabar en Robledillo de Gata. Se trata de las personas. Y es que a los sitios no los hace maravillosos exclusivamente su entorno, inigualable en este caso, sino lo que en ellos vivimos, y puedo asegurar que estos tres días en la sierra han sido mágicos gracias a las cuatro personas que me acompañan en la foto.
Si en alguna ocasión alguien me dice, se juntan 2 placentinos, un nicaragüense, un vasco y un segedano y se van a Robledillo… pienso que es un chiste y que al final ganarán los placentinos, pero no, en esta ocasión nos echamos unas risas, pero ganamos todos.

Creí que estaba solo en casa. Me había asegurado de cerrar bien la puerta cuando salió el último invitado y no quedaban abrigos en el perchero. Intenté recordar el orden en que habían salido y vi desfilar ante mi memoria a todos y cada uno de mis amigos, los que habían estado allí aquella noche, e incluso alguno que no había estado, pero recordaba perfectamente la última vez que vino a visitarme.

Sin embargo algo me decía que no estaba solo. Un ruido en la cocina confirmó mis dudas y hasta allí corrí a ver quién se había despistado. Pensé en Jose, buscando algo qué comer. Cuando abrí la puerta de la cocina ví que no era él. Era un recuerdo tuyo, mirando cómo se hacían unos langostinos en la plancha. Abrí la puerta de la terraza para que se fuera el olor y junto a él te evaporaste.

Un ruido en el comedor. Otro recuerdo tuyo dormía en el sofá, con ese leve ronquido que produces cuando tienes problemas de garganta, los días 26 de cada mes. Fui a acariciarte la espalda como te gusta y desapareció. Cuando volví la cabeza por el pasillo venía otro recuerdo, traías los ojos enrojecidos de llorar en el baño y tus pechos, desnudos, intentaban hipnotizarme. Antes de llegar al recibidor se había desvanecido.

Fui a tomar aire al balcón, y un recuerdo tuyo miraba embelesado los caballos. Fui a echarte el brazo por encima y en mi regazo te desintegraste.

Decidí acostarme. Un recuerdo tuyo me miraba a los ojos, me prometía que pasaría una noche a mi lado. Me abracé a él y se quedó conmigo. Era el último recuerdo.