La coleccionista de versos VIII

La comida, que había transcurrido en el más absoluto de los silencios, concluyó con una «biquinha» de café de puchero. Momento de relajación que Mar aprovechó para romper la quietud de la sala interrogando a Hector sobre su vida, mientras la casera, siempre callada, recogía los últimos enseres de la mesa.
A Mar le costaba sacar las palabras a un tímido Hector, que apenas contestaba con monosílabos o escuetas respuestas con datos concisos sobre su edad, su trabajo o su vida por Extremadura.
Convencida de que la causa de la timidez de Hector se debía a las continuas interrupciones de la casera, le invitó a continuar la charla en la calle con una «ginjinha», para adaptarse, dijo, a la vida lisboeta.

Bajaron hasta la Plaza del Rossio, subieron por la Rua de Sao José e hicieron cola durante unos minutos para poder degustar este licor de guindas, rito obligatorio para la digestión en la capital lusa. Por el camino Mar fue contando cómo había llegado a Lisboa a estudiar un postgrado de historia y se había enamorado de aquella ciudad de contrastes.

Tenía tan solo 23 años, pero hablaba de aquella ciudad como si formase parte de su historia, como si hubiese vivido allí la instauración de la república el 5 de octubre, o aquel mítico 25 de abril con una flor por fusil. Sus ojos se hacían más azules cuando hablaban del barrio alto, o del mercado de la plaza de Espanha, que decía, nada tenía que envidiar a la boquería,… a su estilo.

La coleccionista de versos VII

Dos golpes secos en la puerta le sacaron de su ensoñación. Paseaba con su mente por aquel país posible de Ruy Belo, en busca de un pájaro inocente, en un horizonte plagado de palomas.

– ¿tem fome? – le interpeló una voz desde el otro lado de la puerta.
No reconoció en ella la voz de la casera. Era una voz más dulce, quizás más joven, delicada como un susurro. Si no la hubiesen precedido aquellos golpes en la puerta hubiera pensado que salían del mismo Tajo, del ulular de una concha, de la suave brisa que a mediodía acaricia el mar de la paja.
Confundido abrió la puerta y ante él se abrieron, inmensos, dos grandes ojos azules, llenos de mar, repletos de un cielo sin horizonte. Tartamudeó. Intentó presentarse pero antes de decir palabra dos besos salieron a su camino.
– Hola, soy Mar, pero puedes llamarme Nana. – Dijo – Supongo que tú serás Hector. Te preguntaba si tienes hambre. Vamos a comer. Normalmente tendrás que hacerte tú la comida, pero como bienvenida te hemos preparado una ensopada. Es una especie de cocido. ¿Te gusta? Ay, perdona, pero es que llevaba tanto tiempo sin hablar castellano….

Abrumado por el torrente dialéctico de su interlocutora apenas si asintió, sin saber si decía que sí a que era Hector, a que tenía hambre o a que disculpaba su conversación, que para nada le había molestado. Todo lo contrario. Aquellas palabras precipitadas habían ido llenando cada uno de los vacíos con que se había encontrado en el viaje, en su llegada al país, o incluso, pudiera ser, en toda su vida.

Salió de la habitación siguiendo la estela de la joven, que con un breve pero decidido «ven» le había invitado a acompañarla.

Era menuda, pero bien proporcionada. Sin llegar a ser excesivamente pequeña. Sobre sus desnudos hombros caía una cabellera castaño, muy clara, podría decirse rubia, ordenadamente despeinada, que cubría parte de su dorso. La espalda, bien formada, producto quizás de alguna sesión de gimanasio, concluía en una cintura breve, aunque ligeramente ornamentada por dos pequeñísimos, casi insignificantes michelines que le dispensaban esa belleza de lo puramente natural. Llevaba una pequeña camiseta verde que dejaba entrever una espalda salpicada de lunares, en los que rápidamente encontró mil constelaciones. Los pantalones, beiges, algo anchos, impedían hacerse una idea clara del resto de su figura, pero pronto su imaginación empezó a dibujar el cuerpo perfecto con que había soñado toda su vida.

Tras esta lujuriosa radiografía subió avergonzado la vista, para encontrarse de nuevo con el azul oceánico de sus ojos, que le sonreían desde el fondo del comedor. A la derecha, poniéndose en pie desde un sillón de mimbre, la casera le invitó a tomar asiento y degustar aquellas viandas antes de que se quedaran frias. En silencio todavía, con un ligero «gracias» que se perdió en el camino, ocupó un taburete de madera y comenzó a comer, sin levantar apenas la vista de la mesa.
(Los nombres no son fruto de la casualidad, ni es pura coincidencia cualquier parecido con la realidad. No son sino un guiño cómplice a una lectora habitual de esta caverna y un homenaje a un gran escritor, que los usó en un libro por salir que ya recomendaré en su día. Espero que ni una ni otro se molesten por este plagio)

El cura

Lo conocí en aquella preciosa ermita en plena sierra de Gata que él mismo había construido, sino con sus propias manos, que puede que también, sí con su ilusión y su fe (es raro, sólo hablo de fe cuando hablo de personas como él). Todavía no sé qué hacía yo en aquella eucaristía un miércoles de pascua. Si creyera, al menos en el destino, pensaría que había sido este el que me había llevado hasta allí. Confiaré, por no cambiar ahora mis creencias, en que fue mi amistad con varios miembros de aquella asociación juvenil la que me arrastró hasta aquel lugar rodeado de magia.

En un principio me mostré reticente a participar de aquel rito eclesiástico, excusándome en mi respeto a unas creencias que no comparto. Pero la curiosidad por conocer a aquel personaje de quien todos hablaban maravillas, o la búsqueda de ese motor que llevaba hasta allí a varios de mis más preciados amigos del mundo asociativo me hizo adentrarme en aquella iglesia.

Sin intención de interrumpir la ya empezada eucaristía busqué asiento en un lateral de la capilla, cerca del altar, pero suficientemente apartado como para asegurar, eso creía, mi anonimato.

Sin embargo enseguida noté que dos ojos se clavaban en mi mirada. Sin perder la concentración, casi al borde de cierto misticismo, con que se dirigía a aquel nutrido grupo de jóvenes, que le seguían con fervor, me miró lárgamente a los ojos como si sus palabras en aquel momento tuvieran un sólo destinatario, yo, entre aquel centenar de almas que esperaban una palabra suya. Luego me dijeron que ciertos problemas en la vista le obligaban a mirar de esa manera, y que seguramente en aquel momento simplemente intentaba averiguar quién era aquel nuevo feligrés que se acercaba a sus predios. Sin embargo yo seguí pensando que me había querido hablar y que en aquel momento habiamos entrado en perfecta comunión. Algo extraño para un ateo confeso como yo, pero no era creer en Dios, era creer en las personas.

Tras aquella ceremonia, en la que ratifiqué mi amistad con quien luego sería un compañero de sueños e ilusiones, Jorge, y conocí a otro que nos acompañaría en ese camino, Jose, busqué la oportunidad de poder hablar con él, personalmente. No sabía por qué pero había muchas cosas que quería contarle y muchas otras que quería que me contara.

Encontré varias oportunidades. Las charlas se prodigaron a lo largo de la semana. Lo que iba a ser una visita puntual se convirtió, en gran parte por esas conversaciones, en una intensa semana llena de emociones, que aún hoy se escapan a mi habitual racionalismo.

Podría hablar de aquellas tertulias, algún día lo haré. Guardo en el recuerdo varios pasajes realmente interesantes que, quizás por egoismo, aún guardo para mí, y apenas he compartido con algunos amigos comunes. Pero hoy sólo quiero traer su recuerdo.

El otro día Jose me comentó que iba a verlo. Le envié un abrazo, con la duda de si se acordaría de aquel pobre infiel que un día se confesó ateo en mitad de una eucaristía, y al que él comparó nada menos que con Victor Hugo, que osadía. No solo me recordaba, sino que sus palabras me dieron a entender que a veces entraba a hurtadillas por esta caverna. Me sentí feliz. Sigo sin creer, pero sí en él, y en su fuerza. Me dijo, a través de Jose. «Rezar y escribir es lo mismo. Paz y fuerza». Estoy seguro de que sí, por eso hoy le escribo este pequeño y humilde rezo. Además, en justa correspondencía, he enlazado su blog que podéis ver en la columna de la derecha. Es el padre Pacífico.

Sahara II

El que no quiera vivir sino entre justos, viva en el desierto
Lucio Anneo Séneca

La magia de aquel entorno me había enmudecido. Los sentimientos se agolpaban sin que fuera capaz de expresarlos. Por la mañana me limitaba a aprender, a recoger, abrazar e intentar digerir todas aquellas experiencias que se nos servían con el más cálido de los afectos.

La mirada se me perdía en el espumoso té, que en su automático ritual unas manos expertas convertían en parte imprescindible del día, marcando con cada vaso la agónica cadencia de un tiempo sin horas, de un recorrido sin cuenta atrás.


Es curioso, pero aunque contemos el tiempo hacia delante, la sociedad en que vivimos, el mundo occidental, mide las historias individuales en pequeñas, o largas, cuentas atrás, pero siempre con una meta, la hora de ir a trabajar, la de salir, el plazo de una hipoteca, una fiesta, un cumpleaños,…

Sin embargo, la falta de aspiraciones con que se ha condenado a la sociedad Saharaui les impide hablar de más metas u obligaciones personales que las distintas oraciones diarias o esas pertinentes infusiones que marcan las pautas de sus vidas hasta la muerte, sin proyectos, sin aspiraciones, sin obligaciones…

Toda esa información recopilada a lo largo del día bullía por la noche en mi cabeza, buscando una vía de salida que mi palabra no garantizaba. Tan solo iluminada por una Selena exultante y un zumbante fluorescente enganchado a una mísera batería de automóvil, la penumbra de la haima impedía registrar en papel aquellos pensamientos que con el sabor salado de unas lágrimas, mitad de tristeza, mitad de una inexplicable felicidad, me he ido tragando hasta hoy.

No podía explicar la sensación, y así se lo hice saber a Oscar, que cada noche, con un susurro casi imperceptible, para no romper el maravilloso silencio de aquella haima donde dormíamos hasta 9 personas, me interrogaba esperando una respuesta que ahora, 3 meses después, empieza a ver la luz.

El olor del primer te de la mañana, al que acompañaban los ritmos de la música latina que los niños y niñas de las vacaciones en paz se han llevado hasta sus haimas, nos despertaban, en ese incierto momento en que el sol aún no calienta pero amenaza radiante, esperando en el orto que la luna despida la fría noche de las arenas.

Un desayuno occidental, de leche encartonada y galletas que habíamos llevado en nuestro equipaje, fielmente servido por los más pequeños de la haima, nos esperaba en aquella pequeña mesita, a la altura de las rodillas, que hacía las veces de mesa camilla, estantería, y divisor imaginario de los cuartos y la sala de estar en el espacio diáfano de la estancia.

Tras pellizcar en las humildes viandas, con el único fin de proporcionar al cuerpo el sustento necesario para mantenerse en pie todo el día, sin querer abusar de una confianza que nos ofrecía más de lo que sus posibilidades permitían, nos poníamos en marcha, cámara en mano, para hacer el trabajo que nos había llevado hasta allí.

Mientras tanto, en la haima abandonábamos el parsimonioso paso del tiempo, los sonidos de una conversación sosegada, y el ya familiar gorgojeo del líquido te recorriendo, vaso a vaso, sus vidas.

Cuando salíamos de la tienda, el sol ya había cruzado el ecuador de nuestras cabezas y recrudecía el paseo con un sofocante calor, impropio a nuestro parecer de un mes de diciembre que sin embargo ellos consideraban fresco y agradable. Aquella diferencia de temperatura, entre el día y la noche, era tan solo comparable a las enormes diferencias evidenciadas entre aquella población pobre pero feliz que nos acogía, y aquella rica pero víctima de su propia infelicidad que habíamos abandonado hacía escasas horas. Pero no serían los únicos antagonismos que nos encontraríamos.


El color ocre del horizonte se extendía también verticalmente en muros construidos con ladrillos de arena, que afanosamente elaboraban las familias en torno a sus haimas, para dividir sus propiedades y levantar pequeñas habitaciones que utilizaban como vestuarios, cocinas o improvisados y malolientes retretes que poca o ninguna higiene conocían. Habitaciones cuyas paredes recogían también la escasa intimidad conyugal pero que en raras ocasiones sustituían a la haima como elemento central de convivencia y reposo
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Esas mismas materias endebles, que formaban un adobe que en ocasiones se tintaba de color rojizo, habían sido utilizadas para la construcción de las escasas edificaciones oficiales, escuelas, dispensarios, y oficinas donde personal voluntario organizaba la anárquica sociedad de la Wilaya.

También el mercado dividía sus puestos con muros de arena, originando un zoco, sucio y desaliñado, donde el bullicio de la carnicería o el puesto de mercancías variadas del amigo Bulaji, contrastaba con el casi sepulcral silencio de la tienda de Adon, donde los más originales complementos de ropa o bisutería esperaban que algún visitante occidental los desempolvase y sacase de su ostracismo.

Un paseo por las correderas del zoco, que se había construido con expectativas de un mayor número de vendedores, o que se había ido diluyendo en el inapetente paso de los años, pues presentaba decenas de puestos vacíos, nos retrotraía a misteriosas historias de películas de ficción, con bellas jóvenes desaparecidas o mágicas puertas al mundo de las mil y una noches.

El puesto de Bulaji era un pequeño autoservicio, en el que se vendía desde la fruta que nuestro amigo negociaba en Argelia hasta el agua embotellada que se nos había hecho indispensable para garantizar nuestra subsistencia. Desde los caramelos que nada más comprar regalábamos a los niños y niñas que se arremolinaban a nuestro alrededor, hasta la gena que maquillaba las doradas pieles de las bellas jóvenes del lugar.

Allí aprendimos el uso de su moneda, que pese a no contar con una divisa propia reconocida, se había creado entorno al Dinar Argelino, con un valor 20 veces inferior, que nos volvió locos para calcular el coste al cambio de cualquier producto.
Allí obtuvimos también nuestras primeras clases de resignación, al comprobar como una de las mentes más lúcidas que hemos conocido en nuestra vida se malgastaba, eclipsando algunas de las horas de conversación más enriquecedoras de las que haya podido disfrutar nunca. Pero de eso, hablaré otro día

Sahara I

Pronto continuaré con el relato de la coleccionista de versos. Pero una conversación de esta misma tarde con mi amiga Elena me ha recordado el viaje que hice a los campos de refugiados de Tindouf en diciembre del 2003. A la vuelta intenté escribir un diario de a bordo que se quedó en tan solo 2 capítulos que hoy recreo aquí. Quizás, no lo sé, un día lo retome. Quizás cuando vuelva, porque seguro que volveré a aquellas tierras.
Sahara
Los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos las siguen.
René de Cahteaubriand

El tiempo que aún nos quedaba mordió la luna a nuestra llegada para anunciarnos que, tras su plenitud, deberíamos abandonar aquella inhóspita tierra que ahora nos acogía.

En la noche, nos había guiado a través de un inexistente sendero, que solo nuestro chofer conocía, hasta un lugar en medio de la nada, donde el más sepulcral silencio se rompía por el zumbido de un generador que daba luz a una construcción ocre, de arena seca, levantada arbitrariamente en cualquier lugar del desierto.

Las magníficas estrellas del desierto, de las que tantas veces habíamos oído hablar, se escondían en su timidez ante una irradiante luna, que nos recibía envolviendo de misterio el inicio de nuestra aventura.


Mientras José descansaba del largo viaje, Carmen y yo gozábamos, al abrigo de la noche, de unos bocadillos que aún nos recordaban nuestra procedencia occidental.

Oscar se había separado de la expedición en Tinduf, rumbo a Smara donde habría de encontrarle al día siguiente. José y Carmen se quedarían en el 27 para desarrollar su proyecto.

La noche transcurrió tranquila. La incomodidad de unos colchones en el suelo, que en los días sucesivos se hubiesen convertido en un auténtico lujo, se diluyó pronto en el cansancio del viaje, y el confuso sueño, que en una amalgama de deseo y realidad mezclaba las experiencias vividas con las esperadas, tan solo se vio perturbado por el goteo incesante de cooperantes que durante esa noche se fueron incorporando a la expedición.

La luz de la mañana pronto golpeó nuestras retinas, enseñándonos que, al igual que aquel primer deslumbramiento al mirar de frente a un sol completamente distinto al que nos había despedido en Badajoz, todas las sensaciones serían muy diferentes a como las vivimos cotidianamente. Sin embargo, aquellas primeras horas en el protocolo, colonizado por los cooperantes españoles, distaban mucho aún de lo que tendríamos que vivir en breve.

El suave paso del tiempo, en un reloj de arena que carece de cavidad superior y cede cada segundo a un inmenso desierto, volviéndolo insignificante, fue tomando una percepción distinta, de paciencia, carente de cualquier importancia y nos contagió de una calma absoluta en la que los minutos eran horas y las horas días. Pronto nos dimos cuenta que el más ridículo de nuestros compañeros de viaje era el reloj, en una tierra donde el tiempo no tiene sentido y las prisas no tienen tiempo.


En cualquier lugar de la mañana nos repartieron por nuestros destinos, un viaje que cruzaba el horizonte para volver al mismo paisaje minimalista, donde el divino artista tan solo había dejado trazos de miseria y anacronismo para romper la monotonía.

Mi llegada a la haima de El Gauz, donde el destino quiso que llegase solo, pues en el camino me crucé con Oscar que también había comenzado su jornada, se conjugó en una mezcla de temor, respeto y curiosidad.

La penumbra de la tienda, que contrastaba con el sol dañino que aporreaba en mis pupilas habituadas a la tenue luz del invierno, me permitió vislumbrar en su interior, aún velado por el contraste, un grupo de ancianos, que sentados en el suelo compartían el té entorno a una animada charla. Cerca, una mujer, cubierta con una enorme belfa azul y blanca, cambiaba de vasos la sempiterna infusión en un juego ritual, que aunque ya conocía de mi estancia en Ceuta, me pareció aún más intrigante y por momentos absorbió mi interés.

Pronto todas las atenciones se volvieron hacia mí y un nutrido grupo de niños y niñas aparecieron, no sé si de la oscuridad de la tienda o del deslumbrante brillo de la entrada, ofreciéndome cojines y mantas para que descansara en el suelo mientras era cordialmente interrogado por sus moradores.

No tardé en verme degustando uno de aquellos vasitos de té, que oportunamente había sido preparado por el patriarca de la casa, envuelto en un fuerte perfume, en el que la hija mayor me había bañado prácticamente, en señal de hospitalidad.

La conversación, limitada por las dificultades del lenguaje, se resumió en el ofrecimiento de su familia, su hogar y sus escasas pertenencias, que en la calidez de sus palabras y el brillo de sus ojos demostraba rebosar sinceridad.

Mi agradecimiento, todavía contaminado de la desconfianza y el egoísmo con que nuestra sociedad vicia nuestros sentimientos más puros, mostraba aún claros síntomas de incierta correspondencia y cumplida respuesta, que poco a poco, con el paso de los días, se fue tornando en eterno, contagiado de la franqueza que se me dispensó desde el primer momento.

Hoy me arrepiento de no haber sabido corresponder desde entonces con la misma confianza.

Si el tiempo había mostrado una dimensión diferente hasta ese momento fue entonces cuando dejó de existir. Tan solo el sol y la luna, capaces de competir en belleza y brillo en un mismo espacio y momento, marcaban el devenir de los días, como convidados a un espectáculo inigualable, en el que no quieren, con su presencia, marcar el principio o el fin de nada, pues nada empieza o termina allí donde el tiempo no lleva a ninguna parte.

La llegada de Oscar a la haima no alteró la tranquilidad de la misma. Enseguida constaté que era tratado como uno más de la familia, y que toda esta le había adoptado afablemente y pese a su tez más clara pertenecía de una forma intrínseca a aquella singular estirpe, hoy yo también me considero miembro de esa ralea.

El cariño de aquellas gentes rebosaba la tienda, hasta hacerse casi imperdonable nuestra poca disposición a responder en igualdad de condiciones. Las caricias, los abrazos, el continuo contacto para demostrar su afecto nos resultaba en ocasiones molesto, hasta que desinhibimos nuestros prejuicios occidentales y comprendimos su forma de demostrar su hospitalidad. Hoy, aún hay días en que hecho en falta un abrazo, que en nuestro contexto de individualismo y búsqueda de innecesarios espacios vitales estaría mal considerado.

La haima de El Gauz era un pequeño ejemplo de la organización de aquella sociedad, basada en el respeto. Respeto a los mayores, a los visitantes, al hermano o la hermana, a la madre o el padre, a los animales … Todo perfectamente estructurado para un correcto funcionamiento de una maquinaria simple, una sociedad sencilla, cuyos engranajes son las personas y sus ganas de convivir y no complicadas articulaciones legales que establecen diferencias sociales.

En la noche, una vívida corona laureaba la luna que había vencido en su lucha al sol, envolviendo en la semioscuridad la Wilaya y extendiendo por sus arenas el más sepulcral silencio. Un silencio desconocido por mí, que no rompía el motor de un coche perdido, el parpadeo de un semáforo y ni siquiera el amargo canto de un grillo solitario. Tan solo allí fui capaz de escuchar el silencio.

Esa afonía callada de la noche me contaba las historias de las mil y una noches, de una Sherezade despatriada, abandonada a su suerte y relegada por sus captores, que daban la espalda ante la injusticia y miraban hacia otro lugar, evitando ver sus verdes ojos y escuchar sus dulces cánticos. Una Sherezade que se escondía en cada una de aquellas bellas jóvenes, habitantes de un pueblo olvidado, que malvive en la zona más árida del desierto argelino sin que nadie actúe y sin que nadie ponga fin a su sufrimiento. En la que los intereses internacionales pueden más que la vida de 300.000 personas que ya no tienen esperanzas y que ven como la arena de los relojes hizo crecer su desierto esperando un referéndum u otra solución que les devuelva a su tierra.

La coleccionista de versos VI

Aquella habitación le devolvió a su más tiernos recuerdos de infancia, a la casa de sus abuelos maternos en aquel pueblo de la sierra de Gata. Una cama, con cabecero de forja, se erigía majestuosa en medio de la estancia, a una altura poco habitual para este tipo de mobiliario. Sus pies colgaban sin alcanzar al suelo cuando se sentó en el borde de aquel duro colchón, cubierto con una colcha, también de ganchillo amarillento.

A un lado de la habitación descansaba un viejo armario de castaño, por cuyas puertas chorreaban numerosas gotas secas de barniz, producto de numerosas inexpertas manos de pintura que habían ido cubriendolo durante años, quizás décadas.

A los pies de la cama, y a juego con aquel armario decimonónico, su cansada, pero miestriosamente hoy sonriente cara, se reflejaba en el espejo de un sinfonier en idénticas condiciones de conservación que su hermano mayor. Una raja, que cruzaba el espejo de arriba a abajo, permitía que en un juego, en el que se entretuvo durante varios segundos, pudiera ver duplicado aquel poco habitual rostro de felicidad.

Al otro lado, una ventana de marco de madera, que algún día estuvo pintada de blanco, abría aquella estancia a un horizonte ocre de tejados, que se diluía en el azul verdoso de un Tajo terminal, en comunión con el oceano, salpicado de coloridas pinceladas de ropas tendidas y un laberinto gris, trazado por las estrechas calles del barrio de Alfama.

Mirando a la izquierda, y no sin cierto esfuerzo, podía vislumbrarse una de las torres almenadas de la Sé lisboeta, cuyas campanas de arcadas de medio punto empezaban a sonar en ese momento llamando a misa de 12 a los fieles de Santa María.

La coleccionista de versos V

No le dio tiempo a responder. Antes de que pudiera pensar siquiera si debía contestar en castellano, en portugués, o simplemente decir su nombre, la puerta empezó a abrirse, con un leve chirrido de bisagras oxidadas y madera corrompida, por el tiempo y las termitas.

Por el breve espacio que una cadena otrora plateada permitía abrir la puerta, se asomó una faz destiempada, de cabellos desaliñados y mirada inquisidora. Con un fugaz vistazo, que recorrió su cuerpo de arriba a abajo, volvió a cerrar la puerta para abrirla de par en par, sin cruzar una palabra, sin dar tiempo a contestaciones o explicaciones. Con un tímido y automático «Bemvido» se encaminó hacia el interior, adentrándose en la penumbra de una vivienda con olor a humedad y ensopada, y sobrecargadas paredes decoradas con platos de cerámica de Estremoz, labores de ganchillo de Castelo de Vide, cuadros de un autor desconocido en una época decadente y viejas fotografías en sepia de lugares como Belem, Coimbra o Estoril.

La enjuta figura que le precedía vestía una raída bata marrón, que dibujaba un cuerpo extremadamente delgado. Presumía tiempos mejores y cierta bellleza anterior, hoy desdibujada por el paso prematuro de los años.

Tras varias puertas cerradas, algunas de ellas presumiblemente durante mucho tiempo y que se mostraban como un dibujo más en la pared, pasaron por una estancia de luz blanquecina dónde una olla de color cobre, ennegrecida en su base, despedía aquel olor a cocido casero que inundaba el ambiente. La cocina parecía también desprendida de aquellos cuadros en sepia que colgaban de la pared, con amarillentos azulejos y ajado mobiliario que bien pudiera exhibirse en un museo.

La figura marrón de delicadas curvas, que había ido ganando cierto atractivo, nostálgico y bohemio, a lo largo del corredor, se detuvo ante la siguiente puerta y, por primera vez en español, con ese acento que sólo los portugueses saben darle a nuestro idioma cuando se esfuerzan por ser entendidos, dijo: «Esta será tu habitación»

La coleccionista de versos IV

Llegó a aquella vetusta vivienda de desconchadas paredes en el tranvía 28. En su agónico circular pudo observar como casi arañaba las piedras de aquel viejo barrio, amalgama de culturas que habían ido dejando su impronta en la capital lusa.

La nueva Lisboa de la plaza de Restauradores, dónde le había dejado el ferrocarril, había ido envejeciendo a medida que aquel anacrónico vagón eléctrico iba ascendiendo las tortuosas y sinuosas cuestas del barrio de Alfama. Dejó a su derecha el Tajo en su desembocadura, la imponente catedral, y todas aquellas viviendas de colores ocres y azulejos, que se iban repitiendo ante su vista bajo la atenta mirada de los turistas en el castillo de San Jorge.

En una de aquellas reiteradas callejuelas descendió del tranvía. Según sus indicaciones aquella raída puerta marrón debía guardar en su interior los ecos del sonido desgarrador de un fado, o de cientos, quizás de Amalia Rodrigues, quizás de Dulce Pontes, impediendo que se escapasen, para mezclarse con aquel sonido de gaviotas y aquella mixtura de olores que envolvían con su magia aquella viva postal de antaño.

Al lado, una pequeña portezuela, que un día fue verde, cerraba el paso a su nueva vida. Golpeó con serenidad y tras unos segundos obtuvo un lejano «Quem es?» mientras unos pasos se acercaban hacia él.

La coleccionista de versos III

Se lo planteó como una aventura. Su primera gesta más allá de las letras, más allá de las escritas por insignes narradores y vividas en la intimidad de un sillón y una lámpara. Más que nunca se sentía con la fuerza, las ganas o la necesidad de escribir con hechos su propia historia, de rasgar sus vestiduras de héroe de papel y diseñarse un nuevo traje, de realidad, la que él mismo escribiría.

Su trabajo como traductor de páginas web le permitía cierta movilidad. Durante años había desempeñado aquel trabajo que le permitía ocultarse como un ermitaño en su casa sin necesidad de más relación que un frío correo electrónico y alguna que otra, cada vez más esporádica, charla con sus superiores. Sus exiguos beneficios apenas le permitían ir aumentando su bien nutrida biblioteca y reúnir escasos ahorros en previsión de alguna necesidad.

Llamó a su banco. Transfirió a la cuenta de su tarjeta sus míseros ahorros y, a través de Internet adquirió un billete de autobús a Lisboa, primera escala de su aventura antes de cruzar el Atlántico en busca de su paraíso particular. Su peculio no daba para más y allí podía asegurarse seguir con su trabajo, con la seguridad de haber dado el primer paso de su nueva vida, sin vuelta atrás.

También a través de la red alquiló una habitación, en la planta superior de una casa de fados, en el barrio de Alfama, dónde compartiría vivencias, cocina y baño, con una joven historiadora y la propietaria del inmueble, una cincuentona estudiante de Bellas Artes.

De otros tiempos… «Me rindo»

No creas que ya no te quiero, no.
No creas que ya no te amo, no.
Que ya no siento placer con el tacto de tu mano
y no me tiembla la voz cuando contigo hablo.
Lo que pasa es que me rindo,
que desprecio lo pasado,
que olvido las locuras a las que me has obligado.
Me rindo porque no puedo,
me rindo porque no aguanto….