La coleccionista de versos XXII (FIN)

Había llegado el día. Hector despidió a Nana en la fría terminal internacional del aeropuerto de Portela. Un abrazo, acompañado de un caluroso beso fraternal, en la mejilla, cerró las puertas de su corazón, de un portazo y bañado en lágrimas. Mar también lloraba. Confundida quizás. Con aquel adiós cerraba un capítulo más de su vida del que sólo quedaría una caja más llena de poesía, aparcada junto a otra. Esperando quizás que alguien, un príncipe azul que supiera hacer bailar las abejas, las que solo se despertaban en el sueño adolescente de querer descubrir de nuevo el amor, apareciera en su vida.

No quiso mirarle a los ojos. No quería perder en un día el firme convencimiento adquirido durante casi un año. No lo amaba. No sentía nada. Se decía, mientras sus manos se soltaban definitivamente e iban espaciándose lánguidamente, primero las palmas, luego los dedos acariciándose lentamente hasta que al final se separaron sus yemas. Para siempre.

Hector esperaba una palabra, un «quédate» que se ahogó en los labios de Nana. Cruzó la puerta de embarque y salió hacia Paraíso, un lugar en la conciencia, en el recuerdo, en la nada.
Nota del autor:
Si no os gusta el final lo siento, no siempre las historias de amor tienen final féliz. De hecho cada vez son menos los finales de película, aunque el guión sea bueno a veces falla el casting.
Eso sí, hay un final alternativo, pero lo tiene que reescribir la propia coleccionista de versos.

La coleccionista de versos XXI

No quería comprometerse. No identificaba en aquellas noches de pasión, en aquellos encuentros contados o en aquella sólida amistad ni un reflejo de lo que ella había pensado siempre que era el amor. No había abejas revoloteando en su estomago, ni mariposas que la hicieran elevarse por encima del nivel del mar. Tampoco quería dañarle, pero cada vez en más contadas ocasiones se entregaba irreflexivamente al ardor de unos besos que quemaban en su boca, al desenfreno del sexo con sentimiento de culpa, y a unos abrazos sinceros que buscaban redención.

Ella sabía lo qué el sentía, pero era incapaz de identificar sus propias emociones. No era amor, se convencia a sí misma. No tenía nada que ver con aquel nudo entre el estómago y el corazón que había sentido en otras ocasiones, con la necesidad imperiosa de ver a la persona amada, con la adicción a los besos, a las caricias, a los abrazos y las miradas del amor adolescente. Sabía que le vería cada día, y cuando no, no sentía la urgente necesidad de hacerlo. No era amor, se convencía, y así se lo hizo saber en múltiples ocasiones.

Mientras él esperaba. Confiado en que aquella situación cambiase. En que aquellos cada vez más esporádicos encuentros, que aquella sólida relación de amistad y confianza derivase en una mirada, naufragase en un beso eterno que sellase la eternidad, juntos.

Pequeños

Cuando eramos pequeños no nos preocupaba perder las cosas.

Sabiamos dónde encontrarlas.

Fuera lo que fuera, buscábamos en el sofá, entre sus cojines, y allí estaba, junto a un caramelo, un sugus amarillo, un cromo de Arkonada y varias monedas de distinto valor.

Hoy fui a buscarte entre los pliegues de mi sillón. Levanté los cojines, metí la mano en sus recovecos. Pero no te encontré.

Había un caramelo en el sabor de tus besos, los que nos dimos allí. Había un abrazo envuelto de amarillo, pegajoso como un viejo sugus. Había una foto de los dos, de las que coleccionamos con ilusión, y había dos miradas, una de dos céntimos del día que me dijiste que no me querías y otra de valor incalculable, de cuando se cruzó con la mía y no pudiste decir nada.

Pero tú no estabas. Hoy, cuando perdemos las cosas, ya no están en el sillón.

La coleccionista de versos XX

Las cartas y los encuentros se fueron sucediendo, las primeras día tras día, los segundos con menor cadencia. De forma sistemática y prácticamente a la misma hora, cada mañana un nuevo papel cruzaba bajo aquella puerta, para ser depositado minutos después, una vez leído, con sumo cuidado, en el fondo de la caja verde que dormía en aquel cofre junto a su hermana marrón.

Algunas tardes otro papel se arrastraba hasta los pies de Hector, que esperaba ansioso, sentado, en su cama, citándole para un nuevo encuentro en el Campo das Cebolas. Movidos por una irrefrenable pasión se entregaban al amor bajo aquellos arcos. Un amor secreto que sólo tenía cabida en aquel lugar, que solo tenía lugar para ellos dos, dibujado en el paisaje, en el lienzo imaginario de aquel entorno. Que no pertenecía a la historia, pues nunca sería contado. Que no pertenecía al tiempo, pues solo existía allí y en el mutismo que les envolvía cuando abandonaban aquel escenario gris, de ropas tendidas y flores, quizás orquídeas, recién regadas.

En la casa, o en los pocos lugares que visitaban juntos, se transformaba en amistad, en una complicidad sospechosa, en un guiño inoportuno o una caricia perdida de un dedo insolente que buscaba el calor de una piel tersa que rehuía el contacto.

Al día siguiente otra carta y cada noche, un llanto.

La coleccionista de versos XIX

Volvieron a casa como dos desconocidos. Uno a 2 metros del otro. Sin hablarse. Cuándo Hector intentaba acercarse Mar aceleraba sus pasos y miraba atrás, con una sonrisa y un nuevo «aquí no».
Un oscuro tinte grisaceo cubría las calles que antes tan bellas le habían parecido a Hector. Confuso buscaba una y otra vez la mano de Mar y solo obtenía otro «aquí no».
Entraron en casa. Nana en su habitación, Hector en la suya. Desconcertado empezó a escribir:
«Quiero escribir mil palabras que te susurraría al oído. Quiero componer las notas de tu canción y la mía. Quiero acercarme a tu oído y hablarte con besos, tocar tus labios y escucharte con los míos.

Quiero que sean tus ojos quienes escriban mi vida, que sea tu respiración el aire de la mía y encontrar en tu pelo el calor que me abriga.

Quiero que sean tus senos las cavidades perfectas, del reloj de arena que calcula el resto de nuestras vidas.

Quiero ver la luna en tu ombligo, amanecer en tu sexo y en el ocaso de tus piernas nunca despertar de este sueño.»

Plegó cuidadosamente el papel y, una vez más, lo introdujo bajo su puerta.

La coleccionista de versos XVIII

Hector saludó tímidamente. Aquella sonrisa tan pronto parecía invitarle a posar sus labios en su cuna como dibujaba el abismo que les separaba. Sus miradas se cruzaron. Esta vez los ojos de Mar se clavaron en los suyos. De repente descargaron todo el mar que contenían en el baldío de unos cuencos que necesitaban de su agua para florecer. Esta vez no intentaron traspasarle y clavarse en su espalda como una daga hiriente. Le miraba fijamente. Era el más bello arcoiris que jamás había visto. Era la mirada más tierna en la que nunca se había perdido. Era el universo más dulce en el que jamás había naufragado.

Sus labios se fueron acercando. Un suave olor a orquídeas le envolvió embriagándole, inhibiendo sus sentidos. Pero de repente la mano de Mar se cruzó en el camino. Con suavidad. Con la dulzura del viento al soplar sobre los dientes de león susurró, «aquí no». Bajó su mano. Cogió la de Hector y salieron a la calle, en silencio.

Bajaron por el Chao da Feira, bajo la atenta mirada de San Jorge, majestuoso. Corrieron por la rúa dos Loios, casi chocándose en las paredes que limitan su estrecha calzada. Volaron por la Saudade y o Barao, donde empieza a percibirse el olor al Tajo. Rodearon la Sé, de locas pinceladas artísticas, y bajo un arco del Campo das Cebolas Mar empujó a Hector y empezó a besarle lentamente, en pequeños mordiscos a los que Hector respondía con ansiedad, con la necesidad del sediento que encuentra una gota de rocío en una flor y no quiere deshojarla, con el ardor del preso que encuentra el amor tras años de reclusión, con la pasión del adolescente que acaricia sus primeros labios.

Mar le detuvo. Miró a sus ojos, de nuevo fíjamente, con un suave «tranquilo» fue enseñándole a besar, fue enseñándole a vivir. Sus labios recorrían los de Hector con la suavidad de un pétalo que cae sobre la árida arena del desierto. Su respiración pausada marcaba el ritmo de una partitura para dos, hasta acompasarse en una perfecta armonía de un solo tiempo. Sus dedos surcaban unas mejillas ardientes, casi enfebrecidas que querian estallar.

Hector se dejó llevar. Quería abrazarla hasta fundirse en un cuerpo. Quería besarla hasta que hubiese una sola boca. Quería compartir su mirada hasta un sólo iris. Quería respirar su aire hasta un solo pulmón. Quería perderse en sus cabellos hasta desaparecer. Pero se dejó llevar. Sus labios recibían caricias de sabor a cacao. Y era lo que había buscado toda su vida

La coleccionista de versos XVII

No era capaz de dormir. No habían pasado 2 horas cuando volvió a abrir los ojos y, en la oscuridad, buscó la caja verde que aún permanecía sobre la cama, en el cofre que no había querido cerrar.

Leyó y releyó el papel cien veces, casi se lo aprendió de memoria. Encontró en él mil parecidos a otros que descansaban en el fondo de la caja marrón, tan iguales y tan distintos. Era imposible tanta coincidencia. Un año después la historia parecía repetirse. ¿El destino daba una nueva oportunidad o se reía regocijándose en su recuerdo?. Más versos, más palabras, una nueva caja que llenar de sentimientos. No se lo había planteado así, pero el simple hecho de colocar aquella pequeña caja verde en el cofre presagiaba el deseo de cierta continuidad. ¿habría más cartas?¿habría más poesías?¿debía contestar?

No lo hizo. Abrió la puerta de su habitación. Se acercó a la de Hector. Apoyó su mano en el pomo y, al sentir el frío de aquel metal romo, de dorado barniz cascarillado, dio la vuelta. Regresó a su habitación. Cogió un papel y escribió «Me han gustado tus versos, ¿no crees que a la noche le ha faltado algo?» Simple. Concisa. Pero cobarde. Con un gesto de rabia arrugó el papel y lo arrojó a la papelera.

Volvió a salir de la habitación, de nuevo su mano sintió el gélido tacto del pomo cromado, de nuevo volvió a soltarlo con un escalofrío, de nuevo regresó a su habitación llorando, de nuevo cogió un papel y de nuevo escribió «mis labios se han despertado queriendo saldar la deuda que tienen con los tuyos», de nuevo volvió a tirarlo, pero nada era nuevo, todo ya había sucedido…

Amaneció. Hizo café, y con una sonrisa esperó en el comedor.

La coleccionista de versos XVI

Se despertó. Apenas había dormido 3 horas. Miró bajo su puerta esperando una posible respuesta, pero el suelo de frias plaquetas jaspeadas aparecía limpio, más si acaso que la noche anterior. Volvió a acostarse con la vista puesta en la pequeña línea de luz blanca que se colaba bajo la puerta. Así pasó varias horas, sin pestañear siquiera. Esperando una contestación. Confiado incluso en que sonara la puerta y ella entrase en su habitación desnuda, sin decir una palabra, para apacigar los besos que se morían en su boca. Pero no lo hizo.

No sabía qué hora era. Tampoco le importaba. El ruido de la calle le anunciaba que Lisboa empezaba a despertar, mientras, él se sumía en un profundo sueño, con los ojos abiertos, en el que ella abría una y otra vez la puerta y se evaporaba nada más cruzarla, una vez más, desvanecida, una vez más, apagada, una vez más extinguida…
Un leve olor a café cruzó la estancia. Ya estaría despierta. Se aseó, intentó corregir como pudo sus enrojecidos párpados para camuflar su llanto, y abrió la puerta. Al fondo, desde el comedor, como si nada hubiese pasado ella le invitaba a desayunar con una sonrisa.

La coleccionista de versos XV

Mar recogió el papel. Temblorosa, fue abriendo lentamente sus pliegues. No sabía qué podía encontrar dentro, pero tampoco qué era lo quería hallar en aquellas palabras de caligrafía nerviosa. Pensó en no leerlo siquiera. Guardarlo directamente en aquella caja que segundos antes había abierto, después de muchos meses, y que reposaba sobre la cama. Tampoco sabía por qué lo había hecho. Por qué, justo aquel día, tras tantos meses de olvido había vuelto a descerrajar aquel cofre cargado de recuerdos que de repente saltaron al aire como los males del ánfora de Pandora. No hizo falta mirar adentro. Uno a uno fueron desplegándose por la estancia cuantos recuerdos había decidido mantener ocultos. Caricias, besos, un paseo bajo la luna y un adiós. Momentos que se sucedieron en su mente de forma fugaz, como ante los ojos de un moribundo.

Comenzó a leer. Aquellos versos inocentes le parecieron lo más bello que jamás había leído. De repente de la caja marrón de cenefas claras comenzaron a brotar poesías que otrora resultaron hermosas. La cerró de golpe, ordenándola callar. No era su momento. Su momento había pasado y hoy quería deleitarse con aquellas nuevas palabras que desterraban su corazón, que insuflaban un nuevo aliento de vida a una existencia condenada a la soledad, al ostracismo autoimpuesto en penitencia por haber abusado del amor. Por haber querido sin medida. Por haber huído de si misma renunciando a todo por temor.

Cuando acabó de leer cerró la carta con delicadeza. Sacó del armario una caja similar a la anterior, pero de color verde. Introdujo en ella la nueva misiva y metió ambas en el cofre. Vestida aún, abrazó su almohada y lloró hasta caer dormida.

La coleccionista de versos XIV

Poco a poco fue oscureciendo. Cruzaron rápido la rúa Augusta en ese momento preciso en que sus gentes empiezan a transformarse, en que las cabezas de admiración que pasean álgidas observando un balcón neoclásico, o un escaparate de lujo se van transformando en miradas vacías que buscan una colilla a medias, una papelera en la que encontrar quien sabe qué resto de comida o, por qué no, un rincon donde caer muerto y desaparecer sin que nadie le eche en falta.

Llegaron a la Rua Augusto Sousa, justo para cruzarse con el 28 y dejarlo pasar para seguir andando, mientras un violinista dedicaba una desafinada sinfonía a los últimos turistas que bajaban del castillo de San Jorge, revisando sin prisas las postales de una pequeña tienda, riéndose de una tarjeta completamente negra en la que ponía «Lisboa a noite».

Subieron por la rua da Saudade y giraron en el limoeiro. Ahí aceleraron el paso. Aunque tranquila por la serenidad que dispensa la Alfama y el hecho de sentirse, por primera vez en mucho tiempo acompañada, la estrechez de sus calles seguía estremeciendo a Mar, que aligeró sus pasos hasta considerarse a salvo bajo el quicio de aquella puerta raída que guardaba el que era su hogar desde que llegó a Lisboa y que ahora compartiría con aquel extraño que, si saberlo, tantos recuerdos le había traído.

Apenas se dijeron un «boas noites», cada uno se encerró en su habitación, deseosos de contarse a si mismos lo que había pasado aquella tarde.

Mar lloró. Deseó ir hasta la Torre de Belem y dejar como siempre que aquellas lágrimas las arrastrara el mar, depósito de tantas penas, ensenada de tantos recuerdos derramados en forma de llanto. No sabia por qué lo hacía, pero aquella tarde había abierto viejas heridas que creía cicatrizadas. ¿empezaba a sentir o es que no había olvidado? Prefirió creer esto último y cerrar las puertas al optimismo. Era más fácil.
Hector se mostró desolado. Se sentó en aquella cama de la que ridículamente colgaban sus pies y se sintió maleable, frágil. Había ido buscando un escape, una estación para marchar a otro lugar, un punto de inflexión en su vida, y había encontrado dolor. No sabía por qué le dolía, si por momentos se sentía el hombre más feliz del mundo, pero tres nudos, uno en el estómago, otro en la garganta y otro en el corazón apretaban sus entrañas. ¿Se había enamorado? No lo sabía. No recordaba qué era eso. Un día prometió no volver a enamorarse y hasta aquel momento había cumplido con su compromiso personal. Pero allí, en aquella lúgubre habitación lisboeta dudó, se estaba traicionando, y empezó a escribir:


«…Tengo guardados en mis labios tantos versos que decirte como besos que entregarte. Quisiera hacerlo poco a poco, pero tanto unos como otros se desbordan cuando te ofrezco el primero. Con cada recuerdo tuyo me inspiras una poesía, con cada palabra, un beso se atropella en mis labios esperando encontrar los tuyos…

…Ayer le conté mis planes a la noche. Hoy iriamos a verla juntos. Contariamos sin prisas sus lunares, y sería la primera invitada a nuestro encuentro.

La mentí. Me preguntará por tí, y te dibujaré a mi lado. Despacio, recorriendo con tanta exactitud cada rincón de tu cuerpo que creo que podré engañarla. Pero solo hoy. Mañana, como yo, echará de menos tu sonrisa y el suave eco de tu voz…»

Tembloroso, pero decidido, salió de su habitación e introdujo el papel por debajo de su puerta. Luego, como un niño, salió corriendo y se encerró en su habitación llorando.