Sueño


A veces no duermo pensando en tí

y cuando lo hago sueño contigo

A veces me desvelo soñándote,

como otras tantas me atrapa Morfeo entre tus brazos.

A veces te imagino en mi cama,

como salto de ella al no encontrarte.

A veces estás en mis sueños,

como nunca al despertar.

Señales

A veces te tiras horas, días o incluso meses intentando dejar una señal. Amontonas piedrecitas en medio del camino para construir un corazón, por ejemplo, sabiendo que a quien amas ha de pasar por allí y verlo. Y entiendes que lo comprenderá. Sin embargo en tu afán y empeño colocas tantas piedras que al final sólo tú ves la montaña que has construido, pensando que cuantas más piedras pongas más se valorará el esfuerzo, y cuando ella llega sólo se encuentra una obstáculo en medio de su camino, deforme, que la vista no puede abarcar, por lo que decide flanquearlo e ignorarlo. Y tú sigues esperando en la cima.

A veces, soy yo quien no ve la montaña de piedras que tengo enfrente. Y simplemente me quedo absorto a mirarla. Sin molestarme en escalar.

Son señales que dejamos. Si venciesemos nuestros miedos pondríamos letreros luminosos «Te espero arriba»

Lo prometido es deuda

Sus trémulas manos acariciaban el papel con que trataba de envolver los regalos. Pese al temblor que las castigaba hacía varios años fue plegando con meticulosidad aquel envoltorio, dejando perfectamente cuadradas las esquinas y terso el papel que escondía aquella pequeña caja de plástico.
A cada doblez iba recordando, con cierta dificultad, cuantos paquetes iguales había guardado. Aquel primero ilusionado, hacía ya 50 años, con la incertidumbre de la respuesta, o aquel otro, 6 años después con un proyecto de vida.

Ahora su enfermedad apenas le permitía recordar aquellos momentos de forma pasajera. Unos y otros se mezclaban con la realidad, en una amalgama de sentimientos, que tan pronto recreaban esos instantes ilusionados como le atenazaban con los miedos del pasado. Las dudas sucedían a los besos de forma vertiginosa, y mientras unas noches se levantaba riendo en los brazos de su amada, otras lloraba desconsolado su ausencia, con el temor adolescente de perderla.

Un sueño reiterado le trasladaba hasta la estación de aquel tren en el que un día partió, dándola por perdida para siempre, y sudoroso se levantaba, gritando y llorando, en un andén solitario, en el que su voz se perdía con el ruido de motores.

Otras se levantaba corriendo, nervioso y se vestía para aquella primera cena, juntos y solos, entre tanta gente, con una orquídea en una mano y el corazón en el otro puño.

Había noches en los que se despertaba con el llanto de un bebé, y presto acudía a la habitación de al lado, hoy vacía, a atender los pucheros de aquella niña rubita que un día corrió por aquella casa, llenando de alegría y felicidad su vida.

Otras la consciencia se recreaba, y sentado en su cama ordenaba cronológicamente aquellos recuerdos que vivía una y otra vez, en un presente incierto, en un pasado difuso.

Aquel era uno de esos momentos. En los últimos 9 años, desde que se detectara su enfermedad, era uno de los escasos instantes seguros en los que su consciencia era plena. Las hojas de su calendario pasaban ordenadas regalo a regalo, desde hacía 50, envolviendo la ilusión de un amor longevo.

Cuando terminó de plegarlo lo dejó con mimo encima de la cama y se sentó a esperar.

Un calido beso en su frente recogió sus sueños, y el amor de 50 años de vida en común.

Dedicado a Noelia que quería un final feliz.

Cuento triste de Navidad

«Eran unas frías navidades. Nano había dejado de creer en los reyes. No porque hubiese descubierto que fuesen los padres, eso ya lo sabía desde pequeño, sino porque sus regalos se habían convertido hacía mucho tiempo en un intercambio de rigor sin ilusión ni esperanza.

Sólo disfrutaba de las fiestas viendo los ojos de otros niños, más pequeños que él, que seguían fascinados con la llegada de los magos, e incluso disfrutando, hasta agotarlo, del último regalo recibido, que seguía haciéndoles ilusión, pese al paso del tiempo.

Nano había dejado de escribir su carta hacía mucho tiempo. Nisiquiera ponía sus zapatos en la chimenea como era tradición en su familia. Bueno, al lado del árbol pues no tenían chimenea. En lugar de los suyos habían ido apareciendo nuevos zapatos junto al abeto, que se emparejaban de dos en dos, y que un día dejaron solo el de Nano hasta que optó por desaparecer, sin que nadie lo echara en falta.

En su memoria apenas recordaba su último regalo. Quizás un jersey verde, o una bufanda, prendas que pasaban de temporada y terminaban durmiendo en el armario de los recuerdos, o lo que era peor, convertidas en trapos para limpiar la cocina.

Nano llegó al escaparate de una tienda que no conocía. Le llamaron la atención sus luces y un agradable olor a dulce de leche que emanaba de su interior. Con el puño de su chaqueta limpió el vaho que cubría el gran ventanal, y dentro solo vio un artículo. El más bello que jamás hubiese podido imaginar en un escaparate. Sus colores, verde, amarillo y ligeramente rosaceo le hicieron recuperar su ilusión por la navidad. Cogió papel y boli y escribió su más bella carta de reyes, pero no dirigida a los magos de oriente, ni al gordinflón de la coca cola, sino al mismo regalo. No lo quería para sí, sino que era él quien quería ofrecerse.

Durante meses Nano confió en que le llegase su regalo. Cada mañana miraba el buzón esperanzado en encontrarlo y mientras, cada día, pasaba por aquel escaparate para disfrutarlo. Un día desapareció del escaparate y Nano lloró. De golpe se esfumaron sus fuerzas, su ilusión por despertar cada día y ver aquel regalo, que si bien nunca sería suyo se conformaba con poder ver tras las cristales día a día.

Cuando llegó a casa sobre su mesa descansaba un paquete. Atónito y nervioso, preso de la ansiedad rasgó el papel con brusquedad. Sus torpes dedos fueron rompiendo sin ninguna delicadeza su envoltorio, hasta que poco a poco fue apareciendo su regalo, el que llevaba tanto tiempo esperando, el que le había hecho recuperar la ilusión y la sonrisa. Justo cuando terminó de desenvolver el regalo sus manos quedaron paralizadas por los nervios, y entre ellas se escurrió dejándolo caer al suelo.

Allí, hecho añicos, Nano miró su corazón. Era su regalo y lo acababa de romper, presa de la ansiedad, la obsesión y la impaciencia. Nano se arrodilló junto a los restos. Intentó pegarlos, reunirlos, juntarlos todos en un montoncito y recomponer tanta belleza. Pero era imposible. Tras varios días juntando trocitos Nano volvió a salir a la calle, volvió a ver la cara ilusionada de los niños tras los escaparates, volvió a ver luces y volvió a sentir el olor de dulces de leche.

Pero, no podía olvidar y cada día seguía pasando por aquel escaparate, hoy cerrado, que un día guardó su corazón.

Un día, un barrendero vio un pequeño bulto sobre la cera. Al lado de un escaparate un niño había muerto de frío. Sólo le cubría un viejo abrigo verde y una raída bufanda. Entre sus manos un montón de trocitos verdes, amarillos y rosaceos intentaban componer una figura, la más bella que jamás hubiera nadie imaginado. «

Deseos

Las navidades son fechas propicias para la ilusión y formular deseos para el año que viene. Os dejo unos calcetines colgados para que pidáis los vuestros a través de los comentarios.

Ya hay calcetín de gato….

Es navidad

Este año los reyes no dejarán en mis zapatos el regalo que he pedido. He debido ser malo. Sin embargo el espiritu navideño debe reinar. Las calles ya están engalanadas, las luces avisan de la llegada de las fiestas y miles de personas pululan por la ciudad en esa vorágine que algunos critican por comercial, pero que a mi me suena a ilusión y convivencia.

Yo no voy a ser menos y ante la insistencia de Patricia he decorado mi caverna. Entrad y coged un polvorón. Los sugus están en un cajón a espera de que pasen estas fiestas.

Un espejo

Su mirada es un espejo mágico, que dibuja una sonrisa en la cara que refleja.
Su mirada es el pozo de aguas cristalinas donde pido mis deseos.
Su mirada son mis ojos, por los que veo el mundo, por los que lloro.