Cerrado por fracaso

Cuando un medio cierra, no fracasa el medio, es un fracaso de la sociedad.
Los medios de comunicación son ventanas que se abren al exterior para permitirnos ver la realidad de un mundo que, a veces, se empeña en interponer cortinas y persianas ante nuestros ojos.
Si se ven obligados a cerrar, se apaga la voz que narra nuestra vida, se ciega el ojo por el que nos muestra la realidad, o se cercena la mano que escribe nuestra historia.
A lo largo del tiempo hemos visto la desaparición de cientos, de miles de medios de comunicación, ya fuera por motivos políticos, económicos o personales. Tanto unos como otros son igual de tristes y suponen un mismo fracaso para la sociedad.
Quizás el más indignante sea el motivo político, propio en principio tan solo de regímenes dictatoriales, pero encubierto, a veces, de forma sibilina en esto que llamamos democracia. En tiempos totalitarios es una ejecución rápida, un disparo certero y a bocajarro, sin contemplaciones ni explicaciones. En tiempos pseudodemocráticos es una muerte lenta, por asfixia, una eutanasia pasiva, casi imperceptible. Se retiran los apoyos, se les da la espalda y se les va dejando morir lentamente, de forma agónica, hasta que desaparecen. Nadie habrá pulsado el gatillo ejecutor, no habrá maderas que cierren la ventana, pero un día, de repente, miras a través y sólo se ve vacío. Vacío y pena.
Los problemas económicos suponen dos fallos. Uno en la gestión comercial del medio, que posiblemente no haya sabido venderse, y otro en el propio sector industrial, que no ha sabido ver la oportunidad que representa un escaparate al mundo de estas características.
Vivimos en la sociedad de la información y la publicidad, pero aún nos queda mucho por aprender para mostrar nuestro producto, para vender nuestro negocio. Vemos la publicidad como un compromiso que cubrir, como una compensación personal con quien nos la ofrece, sin preocuparnos de baremar sus posibilidades. Se destina una partida determinada a publicidad y se reparte entre los adeudos personales, sin comprobar su efectividad real o si llega al público al que la queremos dirigir. Llegamos a casa y vemos nuestro programa preferido, patrocinado quizás por una casa de la competencia, mientras nuestra publicidad se pierde en una revista que descansa sobre una mesa llena de polvo.
El motivo personal es el más triste. Cuando un profesional con vocación se cansa de informar es porque todo ha fallado.
No sé por cuál de estos motivos, quizás por un poco de todos, pero mañana, en un baúl, se guardarán las ilusiones, los sueños y las sonrisas de varias de las personas que durante meses nos han acompañado en Canal 7.
Se apagarán las luces y tras la puerta que se cierra quedarán los ecos de la verdad, la información objetiva, y la pasión por la información que les ha movido durante este tiempo.
Se correrán sus cortinas, se bajará el telón y sólo quedará una pequeña mirilla con vistas a la esperanza, en una fría pared de ventanas tapiadas por las que antes nos asomábamos a ver el sol.
Irán desapareciendo las personas que se han convertido en indispensables en nuestras vidas, que cada día nos contaban lo que sucedía a nuestro alrededor, que se habían colado en nuestros hogares convirtiéndose en uno más de la familia.
Nos faltarán los informativos, esa voz tenue y esa mirada de sinceridad con la que Noelia nos dibujaba cada día la realidad más cercana.
Nos faltará la alegría y desparpajo de Lupe a bordo de su 7×7.
Nos faltará, quizás, esta mesa para dos en la que tantas veces nos hemos sentado junto a Juan Luis.
Nos faltará el trabajo encomiable de Laura al otro lado de las cámaras, el ojo siempre preciso de Sara, el apoyo incondicional de Javi, la labor sorda de Isa, la hormiguita de la cadena, y los ladrillos puestos a lo largo de este tiempo por cuantos han pasado por aquí.
Nos faltarán sus ilusiones. Sus ganas de despertarse cada día por ofrecernos su trabajo. Por abrirnos los ojos a una realidad que hoy se hace más triste que nunca.
Hoy la noticia es que a partir de ahora no habrá noticias. Y ese es el triste fracaso de una sociedad.

La foto

Una fotografía empieza a ser pasado en el mismo momento en que se dispara. Quizás antes de la fotografía digital tuviera dos momentos de presente, uno en el que se disparaba y otro en el que la recibíamos revelada. Pero este segundo no dejaba de ser un falso presente que simplemente nos llevaba al recuerdo del momento en que se echó. La sorpresa del volver a vivirlo, como cada vez que la miremos con nostalgia.
Luego la foto pasa a ser una forma de revivir aquel instante pasado. De repente nos encontramos en ella a 10 personas que puede que vuelvan a verse, que puede incluso que coincidan juntos en más circunstancias, pero nunca como aquel momento preciso.
Cambian las cosas, el tiempo pasa y la vida traza caminos que no sabemos dónde nos llevarán. Pero siempre quedará una fotografía para saber de dónde venimos, quiénes fuimos y por qué un día sonréimos juntos esperando ser retratados.
Puede que tú llevaras una camiseta marrón con tirantes, y estuvieras tan guapa como siempre, y yo una azul. Que detrás de tí sonriera un casi adolescente Aso, y Mabel pronunciara con grandes gestos la palabra patata, mientras agarraba la mano de Maria Angeles, esperando que nunca la suelte, aunque el destino la mandase aquel día a Cáceres y luego volviese y se repitiese la historia, que es así de caprichosa.
Puede que la mirada de Jose encierre la tristeza de saber lo que significaba esa foto y que Eduardo sonriese recordando, quien sabe, otras similares. Y puede que Pilar posase, tan divina como siempre, con el brazo de Mónica sobre sus hombros.
Puede que esa foto no pueda repetirse de nuevo. Que las circunstancias nos impidan volver a quedar todos juntos para un café y una foto. Pero en los caminos que el destino nos trace nunca, nunca, será la última. Ya seamos diez, cinco o dos, siempre habrá un momento para volver a vernos, recordar aquel día y contarnos que la vida hizo justicia y trazó el camino que merecíamos.
Ahora no llores. Quedan muchas fotos y el álbum de tu vida estará lleno de grandes recuerdos como ese.

Mi Diosa coronada

Por fin llegó la esperada versión cimenatográfica de «El amor en tiempos del cólera». La gran obra del maestro García Márquez se ve reflejada en la pantalla con las limitaciones que las dos horas de duracion le ofrecen al director para plasmar 53 años de una historia de amor y la densidad de una novela que rebosa sentimientos en cada una de sus líneas.

Sin florituras y con una estructura episódica, como a ráfagas, que le hace perder intensidad en ocasiones, la película se pasea por las escenas más destacadas de la novela de Gabo, dejando verdaderos retazos de arte en aquellas tomas, que, voz en off, recrean el texto literario de la obra.
Pese a las dificultades que entraña, el director es capaz de captar la esencia de la novela y transmitir el dolor y la pasión de más de 50 años de espera por un amor imposible y una fijación obsesiva.
Quizás la obra de arte de García Márquez merecía algo más, pero quien sea capaz que lo haga.

Felicidad

Normalmente somos tan egoistas que pensamos que la felicidad sólo puede venirnos de lo que nos toca realmente a nosotros. Pensamos que son nuestro amor, nuestros logros personales o nuestras satisfacciones los únicos capaces de hacernos realmente felices. Y no es cierto. Hoy soy feliz. Soy feliz porque mi otra mitad lo es.

Felicidades hermano.

Puzzle

¿Alguna vez habéis intentado hacer un puzzle? Hay piezas que parecen encajar en un lugar determinado y sin embargo, tras muchos intentos, compruebas que no es ese su sitio sino otro. Por su color, su troquelado y por orgullo, te empeñas en meter la pieza en un lugar equivocado.

Primero presionas ligeramente con el dedo y aunque ves que no encaja bien sigues haciendo el resto pensando que es un pequeño fallo de fábrica. Cuando el puzzle va rellenándose alrededor te das cuenta de que la pieza no concuerda con las demás. Aún así sigues intentándolo. Primero con suavidad al final a puños contra el tablero.

Te obsesionas con esa pieza. Tiene que ir ahí, no hay otro lugar. Es del mismo color, es de la misma textura, los bordes son muy parecidos… pero no entra. En tu empeño desordenas las otras piezas y dañas la que estás colocando. Se levanta el esmalte y aparece un cartón laminado, como decenas de pequeñas piezas que se niegan a entrar en el lugar que le has asignado.

Al final desistes. Sacas la pieza, intentas recomponerla y, en una mirada rápida encuentras su verdadero hueco. Está maltrecha y apenas encaja en su ubicación real. Tienes que pasarle el dedo por encima en varias ocasiones hasta que la pintura vuelve a su sitio y todas esas láminas vuelven a unirse. En ocasiones necesita varias pasadas de fijador y en otras es imposible recuperarla y cuando terminas el puzzle queda como una pequeña mancha.


Hasta hoy me he empeñado en meter en el puzzle de mi corazón una pieza en el lugar equivocado. Por color y troquelado parecía entrar en la zona dónde dibujo el amor. Tras presionarla y dañarla he visto que no era su lugar y lo he encontrado al lado, dónde dibujo la amistad verdadera. Espero que a base de caricias y fijador encaje perfectamente.

El perro del poblado

Cuando vivía en Mérida frecuentaba la casa de un amigo que vivía en el poblado del butano. Creo que es así como se le conocía. Allí había un perro de uno de los vecinos que cada mañana se acercaba a jugar conmigo. Nada más entrar mi coche por la cancela del poblado el perro comenzaba a ladrar jubilósamente y a mover el rabo con brío. Hasta llegué a temer que un día se le desencajara. Mientras estaba en la zona el perro no se movía de mi lado. Durante horas pasaba mi mano sobre su cabeza y él, ensimismado, me miraba como si entendiera lo que decía. Pásabamos largos ratos juntos, y mientras yo estuviese allí no había otra persona para aquel perro, ni para mí otro perro en todo el poblado.

Un día fui a jugar allí con unos amigos. Habíamos comprado unas pistolas de esas de bolas de plástico y la zona era idónea. Una casa en ruinas nos haría las veces de escenario para nuestros juegos. En cuanto llegué el perro se unió a mi bando, y pegado a mí me seguía por toda la casa. En un lance del juego, desatado, fuera de mí, arrastrado por la pasión y la adrenalina de la ficticia batalla, salté desde una ventana, me giré y disparé con un solemne «Toma cabrón!» buscando en mi objetivo al único rival que quedaba del bando contrario, mi amigo Jose María. Pero aquel perro se cruzó en la trayectoria de mi proyectil. Creo que no le dolió tanto el disparo de aquella insignificante bola de plástico como el grito apocalíptico y la mirada de odio que por segundos le dirigí.

Aunque rápidamente le acaricié e intenté disculparme como sólo se puede hacer con un perro, desde entonces dejó de mover su rabo cuando llegaba al poblado. Con él entre las piernas y una mirada triste se acercaba a mí, me olisqueaba y, a veces, se sentaba a mi lado, sumiso, pero con una oreja siempre levantada y un ojo mirando mis manos. No fuera a sacar de nuevo la pistola. No volvió a jugar conmigo como antes.

Fue algo inofensivo y reflejo. Pero perdí su confianza. Hoy me arrepiento, pero de nada vale, nunca recuperaré la sinceridad de aquellos saltos de júbilo.

La confianza tarda meses en ganarse pero se pierde en un sólo día.

La pasión de decir

La pasión de decir /1

Marcela estuvo en las nieves del norte. En Oslo, una
noche conoció a una mujer que canta y cuenta. Entre
canción y canción, esa mujer cuenta buenas historias, y
las cuenta vichando papelitos, como quien lee la suerte
de soslayo.

Esa mujer de Oslo, viste una falda inmensa, toda llena
de bolsillos. De los bolsillos va sacando papelitos,
uno por uno, y en cada papelito hay una buena historia
para contar, una historia de fundación y fundamento y
en cada historia hay gente que quiere volver a vivir por
arte de brujería. Y así ella va resucitando a los olvidados
y a los muertos: y de las profundidades de esa falda van
brotando los andares y los amares del bicho humano,
que viviendo, que diciendo va.

De Eduardo Galeano – El libro de los abrazos
Para tí, que tienes muchos papelitos que sacar aún de tu falda.

El viejo colegio ¿I?

Hoy, por cuestiones políticas, he tenido la oportunidad de volver a hablar con mi viejo profesor, Faustino Rozalén. Escuchar su voz al otro lado del teléfono me ha llevado a aquellos días de invierno, en el vetusto Inés de Suárez. No sé por qué, pero recuerdo más los fríos y grises días de invierno, viendo llover tras sus ventanas, que los de primavera u otoño. Esos días le tiñen de cariño, de nostalgia.
Era nuestro colegio de cáscara de nuez. Así lo definió un día el propio Faustino, Don Faustino por aquellos días e incluso hoy, y me quedé con su acepción. Un colegio arrugado y avejentado por fuera, pero con un sabroso fruto dentro. Entre sus paredes aprendí a vivir. Juan, Ángel, Alonso, el mismo Faustino… se convirtieron pronto en esos referentes que un niño con anisas de aprender necesita.
Nunca les he agradecido personalmente cuánto significaron para mi formación, quizás nunca tenga el valor de decirselo, aunque creo que lo han sabido ver en la ilusión que muestro cuando, por casualidad vuelvo a encontrarme con ellos.
A Juan lo veo a menudo, siempre ajetetreado con su gran afición, el flamenco, solemos hablar de mi familia, de sus hijas, y como no, de su pasión por el cante jondo. Con Alonso también coincido frecuentemente por motivos sociales o políticos principalmente. A Ángel lo veo menos. Tuve la oportunidad de charlar animosamente con él hace alrededor de 4 años, estaba de director en el colegio de Caminomorisco dónde celebramos la feria de asociaciones del Consejo de la Juventud. Nos pusimos al día de nuestras vidas y me alegré de saber que había sido abuelo. A Faustino es al que menos veo, pese a vivir en Plasencia y coincidir frecuentemente con alguno de sus hijos. Sé que está ahí. Cambió mi forma de ver la historia, de aprender de ella, de vivirla. Hoy he hablado con él y sólo su voz me ha recordado todos aquellos días. Iré trayendo alguno por esta caverna.

Special K con vainilla y frutas selectas

Son las 10 de la mañana y acabo de desayunar un bol de leche desnatada con cereales, los Kellogs Special K con vainilla y frutas selectas. Hasta ahí todo sería normal si mi desayuno en los últimos meses no hubiese sido inexorablemente un café a las 8,50 con un platito de migas o un medio bollo plancha en el español. Algo ha cambiado.

Además unas pequeñas molestias musculares en las piernas y ciertas residencias legañosas en mis ojos me recuerdan que ayer estuve en mi primera sesión de gimnasio y esta noche he dormido como un lirón durante al menos 9 horas. Algo ha cambiado.

Ahora me ducharé, esparciré por mi cara algunas cremas y me vestiré para ir al ayuntamiento, hoy, y si el tiempo lo permite, en moto. Algo ha cambiado.

Tengo que ver unas facturas, realizar unos cobros, hacer unas llamadas, convocar unas reuniones, quiero ver a las asociaciones de vecinos, e iniciar una serie de proyectos que dormían en mi mente a espera de una mayor actividad. Algo ha cambiado.

Luego me pasaré a saludar. Los cambios no pueden ser tan drásticos y hay que cultivar las amistades. Volveré a casa y tras comer, algo frugal y sano, ver la tele mientras charlo animosamente con mi madre, y dar alguna cabezada en el sofá, volveré al gimnasio. Hoy creo que me estrenaré en la cinta andadora. Ya he preparado el mp4 cojn música para tal acontecimiento. Algo ha cambiado.

Espero poder escribir esta entrada de nuevo el próximo mes.

Por si acaso unos datos que también tienen que ir cambiando. 75 – 97 – 103 -98 No es un teléfono, pero algo ha cambiado.