El guía del Hermitage

Estaba desnudo, en pie, frente a una pared. hablaba en alto, describía tu cuerpo, palmo a palmo, centímetro a centímetro, beso a suspiro, caricia a ausencia. Imaginaba que estabas, como antes, y podía olerte, respirarte, sentirte, tomar con tus labios la temperatura de mi cuerpo, que ardía. Me enredaba en tus ojos y me reflejaba en tu cabello, ¿ridículo? Es mi imaginación, son mis sueños, mis ilusiones, mis pensamientos, son propiedad privada, por mucho que le moleste a Stalin.

Puedo verte, tenerte, sentirte, poseerte. Pareceré loco, pero viviré en ti hasta que esta demencia me arrastre. Vemos lo que amamos. Afortunadamente mi soledad no riñó con mi imaginación.

Fuego purificador

No sabía realmente por qué había empezado por aquella factura. En un cenicero ardía una hoja, la número 13, de una amplia factura telefónica en la que obsesivamente se repetía una y otra vez el mismo número de teléfono. Una relación de 58 llamadas y 142 mensajes se iban consumiendo por las llamas, reduciéndose poco a poco en una fina capa primero azul, luego gris y finalmente negra, hasta desaparecer.

Miró el fondo del cenicero dónde acababa de arder aquella factura y pensó que se le quedaría pequeño. Fue a la cocina, cogió una ensaladera blanca de porcelana, dónde tantas veces había preparado su especialidad culinaria, y la llevó hasta el comedor, poniéndola en el centro de la mesa. Cogió el cenicero, aún caliente, lo que le produjo una leve quemazón en la yema de los dedos, y lo colocó dentro de la ensaladera.

Ya dentro quemó el resto de la factura, 22 páginas monopolizadas por la misma secuencia numérica. Abrió un cajón y sacó varios recuerdos que poco a poco fue introduciendo en la pira purificadora. Varias entradas de cine, alguna carta y tres o cuatro fotos impresas en folios que en su día había decidido rescatar del disco duro y darles vida sobre el papel. No solía hacerlo.

Ver arder las fotografías le dio una idea. Fue hasta el ordenador. Entró en la carpeta «mis documentos» y cortó cada archivo y cada fotografía para pegarlos en su pen-usb, el que tantas veces había portado documentos compartidos entre ambos.

Cuando no quedaban vestigios de ella en el ordenador, y hubo vaciado la papelera de reciclaje, cogió el dispositivo de almacenamiento electrónico y lo llevó a la pequeña hoguera, que tuvo que alimentar antes con varios libros para que se reavivara. Vio arder a García Márquez, a Carlos Ruiz Zafón y a Ken Follet antes de introducir el artefacto plástico entre las llamas. Contempló como se retorcía, se arrugaba y se convertía en una bola negra en la que solo se podía distinguir la pieza metálica que se conecta al ordenador.

Un humo gris ácido, penetrante y molesto, que empezaba a levantarle dolor de cabeza le recomendó continuar en la terraza. Cogió las manoplas del horno, levantó la ensaladera y la llevó hasta allí en una pequeña procesión que le recordó la ofrenda de las ancestrales vírgenes vestales. Se quitó las manoplas, pensó cuántas veces le habían ayudado a sacar del horno cenas para dos, y las arrojó a la hoguera.

Poco a poco fue acumulando objetos que ardían ya incluso fuera de la ensaladera. Varias películas en dvd, dos botellas de vino que a punto estuvieron de apagar el fuego, algunos cubiertos que apenas ardieron y algunas prendas pequeñas que lo hicieron con rapidez.

Sonó el timbre. Un agente de policía le señaló que los vecinos habían llamado alarmados por las llamas. Le dijo que había tenido un pequeño incidente con la lavadora, pero que ya estaba solucionado. El agente se marchó poco convencido y él decidió continuar fuera de casa.

Miró la terraza y aunque la ensaladera continuaba intacta, sólo parte de la pintura se había levantado en pequeñas ampollas, consideró que ya no le sería necesaria. La estrelló contra el suelo y metió los trozos en una bolsa de basura. Poco a poco fue llenando varios sacos higiénicos con distintos objetos, algunos vasos, unas sábanas, más libros, más películas de vídeo, e incluso el reproductor de DVD.

Fue bajando al coche las distintas bolsas que había ido llenando. Dio un primer viaje hasta un pequeño paraje en el campo donde habían pasado su primera noche juntos y las amontonó en el lugar exacto dónde aquel día había abrazado su cuerpo desnudo por primera vez.

Volvió a casa. Desmontó la cama y cargó en el coche el colchón y las distintas piezas que la componían. Arrastró hasta la calle el sillón, dos sillas y una mesa, que tuvo que despedazar para que cogieran en el vehículo.

Tuvo que dar 5 viajes hasta que en aquel montón reunió todos los objetos que aún le unían a sus recuerdos; algunos enseres de cocina, un frasco de crema, varias bolsas de chucherías, los relatos que le había dedicado e incluso las ventanas en las que tantas veces había apoyado su cabeza esperándola.

Al final decidió arrojar en la montonera el ordenador. Había limpiado cualquier resto de su disco duro pero seguían quedando en su teclado las huellas que le habían dedicado mil poesías y en su pantalla el reflejo de sus letras.

Arrancó incluso la taza del vater, el lavabo y las baldosas por las que había paseado descalza, y los amontonó todos en aquella montaña de vestigios de tiempos mejores. Estrelló su coche contra ella. Meticulosamente abrió un cortafuegos alrededor. Prendió fuego por distintos lugares y se sentó a observar el espectáculo desde una distancia prudencial.

Empezó a quitarse los zapatos y los arrojó contra la pira. Fue desnudándose prenda a prenda lanzándolas con rabia contra la hoguera. Siguió observando sin inmutarse cuando el coché produjo una gran explosión que no le alcanzó. A sus espaldas empezaban a sonar sirenas de bomberos y policías.

Se levantó con calma y se fue acercando a la hoguera, el calor se convirtió en insoportable, pero siguió aproximándose. Dio unos cuantos pasos más, avanzando lentamente hasta introducirse en aquel gran sacrificio de recuerdos con el que se fundió y desapareció.

Cuando llegaron los bomberos el fuego prácticamente se había extinguido. No pudieron identificarlo. Meses después, cuando alguien, no se sabe quién ni por qué, le echó en falta, pensaron que pudiera ser él.

Raro

Me siento raro.

Sé que no debo, no puedo. Que de nuevo sembrar esquejes de esperanza en mi baldío corazón, en la yerma ilusión de mi impotencia, es volver a lanzarlo al vacío, a ese atroz mortero que es la realidad para mis sentimientos.

Pero a veces agarra, surge un pequeño brote, unas ramitas, apenas perceptibles, que ven la luz y se secan, que ven el sol y se acobardan, que ven la luna y lloran, se marchitan, mueren.

No debo, es más de lo mismo, otra vez la misma historia. Seguiré encalleciendo mis emociones.

Déjame

Déjame arroparte esta noche, con mis besos.

Déjame acariciar tu sonrisa, con mis dedos.

Deja que la luna te cante, mientras te sueño.

Deja que mi sueño te tenga, mientras puedo.

Quisiera no olvidar esta noche,

No perderme este recuerdo

Mantener esta fragancia,

que se enreda entre mi pelo

Quisiera poderte soñar, tan cerca,

que al despertarme no fuera un sueño.

Quisiera dormir desnudo,

y sentir cerca tu aliento.

Arroparme de madrugada

y en las sábanas, tu cuerpo.

Despertar y que amanezca

con el sol sobre tu pecho,

acurrucarme en tu regazo

y que pase despacio el tiempo.

Cerca de tí

Quiero perder mi mirada en tu abismo esmeralda
y naufragar en los nenúfares de tu mar en calma.

Quiero libar de tus rosadas acacias y sentir
el calor de la seda que te abraza.

Quiero dibujar con un dedo nubes blancas
sobre el turquesa lienzo de tu piel de nacar.

Quiero ser la brisa que amanece en tu mañana
y respirar en tu cabello la más pura fragancia.

Quiero balancear mis besos en tu trapecio, sin red,
y viajar hasta venus en mi barco de papel.

Una mirada

Recuerdo tus ojos, manchados de mar e islas desiertas
Tu aspecto desaliñado tras el esfuerzo y una sonrisa, tierna, casi infantil.
Unas gotas de sudor que cruzan tu frente y brillan.
Pequeñas ínsulas de mar que se deslizan por un rostro salpicado en ocre,
de tierra extremeña.
Cansancio y resignación, entrega. Satisfacción.
Una fotografía, un instante que queda en mi memoria.
Le llamo vísperas.