Seguimos recordando

A veces, cuándo menos te lo esperas, encuentras un pedazo de tu pasado, porque alguien con mimo lo ha guardado durante años.

Este poema, o como lo queramos llamar, estaba guardado en mi memoria y, afortunadamente, en el disco duro de mi «hermanita» Ana, que hoy me lo ha devuelto.

Lo escribí hace 9 años, un 14 de febrero de 1999, cuando viajaba de Plasencia a Ceuta, al paso por el carnaval gaditano….

Falso día de San Valentín, de enamorados que nunca lo fueron y disfrazan su tristeza aprovechando el carnaval.

Falsos cupidos con flechas de goma se mezclan entre niñas blancanieves que juegan con brujas e indios de infantiles sonrisas y pinturas de guerra, en la fantasía de un Carnaval gaditano que saluda mi paso con globos de ilusiones, que se perderán en el cielo, ante la triste mirada llorosa del niño que lo tenía en sus manos creyendose más alto.

Flechas que erraron su tiro porque nunca te merecí. O que quizás, mínimo halo de esperanza, aún guarda Eros en su carcaza para mejor oportunidad.

Impregnada aún en mis ropas, puede quedar, ese recuerdo imborrable que guarda el subsconciente de los momentos más bellos. Atenaza mis sentimientos la fragancia que emanabas cuando te conocí. Frescura joven, virginal. En mi mente tu sonrisa, y esos ojos alegres y expresivos que nada dijeron de mí.

Hoy, al acariciar la deseperación de, solo, volver a mi jaula. En el día en que todos honran su culto al amor. Triunfa Venus y Marte llora engañado. Recuerdo tu tacto. Tus cálidas manos que invitaban, princesa Dafne, maldición de Peneo, a tenerte, quererte, desearte, para cerca de tu boca, caja de Pandora, yo holandés errante, los siete vientos decir que no.
Eolo me lleva a lomos de Poniente a mi inmerecida reclusión, e impide, injusta condena, contarte, regalarle a tus oídos lo que nunca supe decir.
Extasis etílico, deshinibe emociones mas olvida la cordura. Euforia desatada de atropelladas palabras que entrecortan y enmudecen la realidad. Callan esas letras que hoy no digo, por tenerte lejos. Pero puedo escribir.

Recuerdos


En la foto Pereza, el Canijo y yo
Son las 3 de la mañana de un día cualquiera. A esta hora debería estar dormido si no fuera porque alguien, que también debería estar dormida, se ha propuesto devolverme al pasado para buscar mi felicidad. No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor, pero si muchos de ellos, ahora recordados se convierten en inigualables.

Podía haber elegido cualquiera de las más de 100 fotos que hemos revisado esta noche, pero me quedo con esta porque hasta el enfoque demuestra lo que eran aquellos tiempos, sonrisas desdibujadas con una copa, muy grande, en la mano y mayores aún las muestras de alegría.

¡Gracias hermanita!

No me hables de Felipe V

Conocí a Chema Trujillo hace muchos años. Iba, creo, un curso o dos por debajo mío. No llevaba escafandra de papel de plata, ni una peineta roja para decorarla, pero algunos ya empezaban a mirarlo como un ser extraño. Despertaba en él la vena artística y en la crueldad de los niños ya comenzaban a marginarle un poco, como si fuera un «bicho raro».

Mi primera conversación con él, creo recordar, fue en el patio del Instituto Gabriel y Galán. Había sido seleccionado para ir a la ruta Qetzal, entonces conocida como Aventura 92 y le pedí viajar en su mochila. Sin reparo me la ofreció, pero todo se quedó ahí. No sé si luego viajo o no y yo me fui a vivir a Sevilla. No supe de él hasta volver a Plasencia, muchos años después. Había participado en varios anuncios de televisión, en alguna que otra obra de teatro y de vez en cuando se le veía por alguna serie televisiva haciendo papeles secundarios.

Para muchos era simplemente «el del burro». Para mí un actor placentino al que le costaría ser profeta en su tierra por las muchas envidias que la fama genera. Le llamaron como pregonero de las ferias y, como es habitual en la ciudad fue recibido con el calor de sus incondicionales y la indiferencia del resto. Apenas recuerdo el pregón, yo seguía fiel a mi tradición de radiarlo tras haber empezado con fuerza el cañeo de las fiestas, pero sé que en su perorata, la más larga que se recuerda en los pregones placentinos, alternó notas de humor con sentidas alusiones a sus recuerdos de feria. Hablé con él escasos minutos, pero no recuerdo más.

El otro día descubrí al verdadero Chema. Un grandisimo actor que como todos tuvo que irse de Plasencia para consagrarse, emigró, si no me equivoco, a Asturias, donde se formó hasta llegar a ser quien es hoy, un astronauta capaz de presentarse en la luna para cantarle una copla a su madre.

Realmente salí satisfecho y orgulloso de la obra del pasado viernes. Por varios aspectos. Primero por el lugar en que se celebró, la recién restaurada ermita de la Magdalena que le ha quedado impresionante a mis amigos Mónica Garcia y Roberto Rubiolo. Segundo por el público, que demostró una educación exquisita durante toda la obra. Y tercero y especialmente por Chema, que demostró que Plasencia es cuna de grandes artistas y que, con insistencia, uno puede llegar a triunfar en su ciudad por mucho que le pese al refranero popular.

Enhorabuena Chema, el otro día me hiciste reir y emocionarme al mismo tiempo. Os recomiendo fervientemente la obra.

En invierno

Fuiste primavera en mi otoño,
dulce polen para mi vieja savia.
Verdes brotes en mis ajados tallos,
flor que nace en mi madurez.

Probaste el fruto maduro,
casi pútrido, de este vetusto ciruelo
que libó de tu sabroso nectar
en un verano de esplendor.

Hoy se pone el sol a tus espaldas,
y con su último rayo me ciega,
verde como el de Neruda,
doloroso como un aguijón.

Ahora que llega la sombra,
ahora que el silencio me atiere,
ahora que el frío invierno me hiela,
que no encuentro tu calor.
Busco al menos un pétalo,
un estigma de tu flor,
la fragancia de tu encanto,
que mantenga viva mi voz.

La verdadera generación Nutella

Hace unos meses, con motivo de la visita a Plasencia de la pedorra de Espido Freire, escribía un artículo sobre la generación Nutella. Una generación inventada en la que quería englobar a aquellos luchadores y soñadores que con aspiraciones menos populistas se van abriendo un camino en la vida demostrando su valía, y que por ende no quieren ser englobados en ninguna generación.

Hoy, otro de mis hermanos, el quinto, sexto o séptimo, o el primero o segundo, que más da el orden, me ha demostrado que esa generación, que nació con Naranjito, se alimentó con las mal llamadas segundas marcas como Nutella, Yoplait o Dupis, y que tan criticada ha sido por sus hermanos mayores, que un día creímos que con nosotros se acabaría el mundo, ha tomado sin pensarlo el relevo que dejamos y se muestra capacitada para espolear este planeta y sacarle de su letargo pesimista del pensamiento anacrónico de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Poco a poco voy cambiando mi tono paternalista por un elogio, no exento de envidia, y un enardecido orgullo por todos esos hermanos menores a los que he visto crecer, en la mayoría de los casos demostrándome, aunque nunca dudé de sus capacidades, que incluso en mi optimismo mis expectativas se quedaban cortas.

Hoy me muestro, más que nunca, orgulloso de todos ellos al sumarse a esa generación el penúltimo de mis hermanos, otros vendrán detrás seguramente para sucederle.

Hoy es Mario a quien debo felicitar y estrechar, aún en la distancia, en los brazos de mi más sincera enhorabuena, por haber dado un paso más en la que seguro será una envidiable carrera empresarial.

Enhorabuena Mario, bienvenido a la generación Nutella.

El viejo farero

Conocía a la perfección su oficio. Desde hacía 50 años apenas se había limitado a habitar los 60 metros cuadrados, más bien redondos, del viejo faro. Tan sólo por la tarde, y hasta que el sol comenzaba a esconderse por el horizonte, bajaba de su atalaya para jugar su partida de mus, al inconfundible aroma de un café torrefacto. No bebía alcohol, salvo en contadas ocasiones, para mantener intacta su atención y asegurarse de que cada noche los barcos regresaran a salvo al vetusto puerto industrial.


Conocía de memoria cada uno de los barcos que entraban y salían de puerto y sus horarios. Perfectamente sincronizados realizaban diariamente el mismo recorrido siguiendo la luz que les guiaba hasta buen puerto.

El primero en llegar era el carguero de las 19,20. Un viejo dragador que no concebía cómo seguía a flote. Dirigía la luz 60 grados a sureste y el barco, en apenas 30 minutos alcanzaba su dique. Acto seguido la luz debía girar 30 grados norte para buscar la llegada de una antigua corveta actualizada que hacía las funciones de pesquero. 45 grados sur ya esperaba su entrada el buque cisterna que abastecía de combustible el puerto, y así, matemáticamente todos y cada uno de los 37 barcos que entre el atardecer y el amanecer circulaban por la zona.

Habia aprendido el oficio de su padre, al que previamente había aleccionado su abuelo, y así regresivamente desde varias generaciones que se perdían con la historia de aquel faro. Si algo lamentaba era que con él se acabaría la estirpe de fareros. No sólo porque su soledad le había condenado a no dejar descendencia sino porque a su jubilación el faro pasaría a ser controlado automáticamente por los agentes portuarios.

En los últimos 4 meses su salud se había resentido bastante, desde que un rayo cayó cerca del faro afectándole varios órganos vitales y que a punto estuvo de acabar con su vida. Desde entonces había abandonado su partida de mus y se limitaba a realizar su trabajo. Metódicamente y de forma casi automática iba dirigiendo la luz hacia los puntos determinados.

Apenas tenía contacto con el mundo exterior, excepto por la señales luminosas con las que se comunicaba con las naves. La dueña del bar dónde hasta hacía poco había ido cada tarde a jugar la partida se encargaba de mantener surtida su nevera. Cada mañana, mientras dormía, subía la comida diaria y retiraba los platos del día anterior.

Fue ella quien abrió la puerta del faro a la comandancia de marina aquella fatídica noche. Un barco que acababa de incorporarse a la navegación de aquel puerto había quedado encallado a falta de respuesta desde el faro. En el suelo descansaban varias notas avisando de la incorporación del nuevo carguero. Junto a ellas un informe médico ordenaba la baja inmediata del viejo farero por haber perdido completamente la visión hacía ya 4 meses.

El anciano seguía haciendo su trabajo con minuciosidad. Ni siquiera vio entrar a la camarera y los militares. Continuó con su labor. En su memoria visual, en aquel momento, entraba el ferry de las 3,40.

Desde mi escafandra, sin mi mariposa

Hoy he terminado de ver una película entera por primera vez en mucho tiempo. No me atrevía. Me faltaba alguien a mi lado para simplemente preguntar al acabar, «¿te ha gustado?».

He tenido que verla de varias veces, pero hoy, por fin, he conseguido verla entera.

Se trata de «La escafandra y la mariposa», una película francesa conmovedora, como casi todo el cine francés, que siempre, te sacude el corazón, y unas veces de forma directa y otras de manera más sesgada consigue que te identifiques y saques alguna lección.

Hoy he visto el mundo desde mi escafandra, desde ese ojo de Polifemo que le da la vida, y a la vez se la quita, y me he dado cuenta de que me falta mi mariposa. Que ya no vuela en mi estómago… o sí, vuela pero muda, con un leve batir de alas apenas perceptible.

Afortunadamente me queda mi escafandra para ver la vida desde mi particular visión, y no quiero reescribir el conde de Montecristo. No soy dado a historias de venganza, ni creo que haya nada que vengar. Os recomiendo la película, entenderéis mejor los comentarios.

Y como ya sí suelo poner vídeos os dejo este fragmento de la película.

Cuanto más escucho este fragmento más me identifico con lo que dice.

Me hubiera gustado verla contigo mientras juego con los dedos de tus pies enfundados en sus calcetines o dibujo garabatos en tu espalda

Noche de fados y flamenco

Noche de fados y flamenco,
de sensibilidad a flor de piel,
de luna de sandía y amplias sonrisas,
de ojos azules.

De miradas cautivadoras que no puedo olvidar,
de una voz temblorosa que rompe la oscuridad,
de un piano que cruza el silencio,
y una guitarra que se deja acariciar.

Del sentimiento hecho canción,
de reproches sin nombre
ni dirección.

De sentirte cerca, de compartir emoción.

No suelo poner vídeos III

Al final va a resultar que sí suelo poner vídeos, ya van 3 (o 4 según se vea)

No podía evitar poner este vídeo. El jueves me voy a ver al Cigala con, al menos, 2 personas maravillosas, Gema y Juanlu, (supongo que 3 porque de casta tiene que venirle al galgo) y quiero dejarles este pequeño aperitivo para que sepan lo que nos espera.

Se me olvidó que te olvidé….