Tengo en frente un lienzo en blanco,
un cuaderno vacío y mil historias que contar.

Tengo enfrente un espejo,
que de nuevo sonríe y unos ojos que mirar.

Tengo enfrente un abrazo,
cien caricias y besos que regalar.

Tengo enfrente un futuro,
muchos sueños y tiempo para soñar.

Tengo enfrente tu mirada, asustada,
un mundo por conquistar.

De par en par

No he esperado ni siquiera a que llames.
No ha sido necesario que enrojezcas, ni desolles, tus nudillos contra la fría piedra de esta losa.
No he esperado a que llegases, ni he ojeado por la mirilla si eras tú.
Sólo he necesitado escuchar tu suave caminar.
Sólo he tenido que oir tus pasos entre la hojarasca que el otoño ha amontonado en mi zaguán.
Sólo he percibido el aroma a fruta fresca, recién cortada, que emanas.
Sólo me ha hecho falta saber que estabas ahí.
Y he abierto.
No ya las puertas de esta cueva fría y lúgubre,
sino mis manos para sentirte,
sino mis ojos para perderme
en ti.

Cerrado por incomprensión

Sí, lo siento por cuantos pasáis por aquí de vez en cuando pero hoy cierra la caverna hasta nuevo aviso.

Lo hace por incomprensión, porque esas personas a las que de vez en cuando necesitas, en lugar de saber leer entre líneas se dedican a interpretar a su libre albedrío las palabras. En lugar de llamarte y preguntar ¿Qué tal?¿Cómo te encuentras? o ¿a qué ha venido esto? prefieren sacar sus propias conclusiones y recriminártelas. Porque son capaces de interpretar un homenaje al gran Cesare Pavese con un autoflagelo de desesperación y obsesión recurrente.

Porque oyen pero no escuchan, porque hablan pero no dicen, porque miran pero no ven, porque atienden pero no entienden, porque juzgan pero no preguntan, porque recriminan pero no comprenden, porque reprochan pero no sienten….

Por eso cierra la caverna hasta nueva orden.

No llaméis. No hay nadie dentro.

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

Cesare Pavese

A mi amigo Pedro

Al estar fuera de Plasencia no me había enterado de esta triste noticia. Ha sido esta tarde cuando mi hermano me ha dado la mala nueva y no he podido sino estremecerme.

Pedro era lo que simplemente podemos llamar una buena persona, de las mejores. Un hombre con carácter pero un grandísimo corazón. Lo conocí gracias a Radio Plasencia Centro y pronto se convirtió en un colaborador habitual y un gran amigo. Cuándo tuvo su primer susto por la salud, hace ya algunos años, le vi preocupado. Había adelgazado y empezó a cuidarse. Le veía ilusionado y con ganas de vivir y eso me alegró. Era un luchador en todos los sentidos. Un amante de su tierra y un defensor acérrimo de sus intereses, que siempre pasaban por los de su gente.

Hoy no tengo la oportunidad de estar en las Casas para darle un último adiós, pero sin duda me acercaré pronto a uno de esos castaños centenarios, de los que tan orgulloso se sentía, para dedicarle una despedida como merece.

Hasta siempre amigo Pedro.

Sin vergüenza

Hace unos años, 8 ya, nada menos, los amigos modelistas placentinos me invitaron a convertirme en su maestro de ceremonias, entregando los premios de su certamen anual. Desde entonces cada puente de octubre se caracteriza por este evento que me ha servido para concer personas excepcionales y me ha ayudado a demás a pasar ratos estupendos en su compañía.

En cada edición hemos buscado la sonrisa de los asistentes, de todas partes de España y en algunas ocasiones incluso de América del Sur, con distintas representaciones.

Hemos sido pistoleros, indios, militares, romanos o galos. He dado los premios en albornoz, vestido de hawaiana o con un traje de pinzas (literalmente hablando) y este año le ha tocado el turno al un, dos, tres. En la noche de ayer quisimos rememorar el clásico programa en un pequeño y humilde homenaje a la televisión que nos vio crecer. Y este fue el resultado:

Recuerdos

Durante meses busqué quien me ayudara a olvidar el pasado,
que equivocado estaba,
de ti quiero que me ayudes a recordar mi futuro …

(Juan Carlos)

Cuando no tenía claro a que puerto dirigirme,
cualquier viento que soplara,
nunca era a mi favor.

Cuando el mar se muestra en calma
todos somos capitanes,
pero cuando se agiganta
nadie se agarra al timón.

Pero cuando se agiganta
nadie se agarra al timón…

Mi fianza de tristeza,
la pagué hace tanto tiempo,
que ya no me quedan ganas
de luchar por la razón.

Brindo por la lucidez
que me regalan los años
y por tanto desengaño.

En el sitio más profundo
del peor de los caminos,
entre ninguna parte
y el olvido,
yo fui ese animal herido
que se cosió descosidos
y se remendó la piel.

Mis reservas de confianza
las guardo en alguna parte,
lástima que no recuerde
donde las pude dejar.

Tres anillos llevo anclados
alrededor de mi cuello,
que me cuelguen si es por ellos,
que por nadie lloro más.

Convertí lo que más quise
en un triste moridero,
y se estamparon los huesos
de este pobre pecador,
que falto de fe y ateo,
más merece ir al infierno
que tener piso en el cielo.

La experiencia da tristeza,
comprender apena el alma,
y por más que me escabullo
no me escapo de esta piel,
que me conserva la sangre
justo a su temperatura.

Pero no sirve de nada
ante tanta estupidez…

Todos somos capitanes…

Tres anillos llevo anclados
alrededor de mi cuello,
que me cuelguen si es por ellos,
que por nadie lloro más…

Todos somos capitanes…

(Carlos Goñi)

Tolerantes

Muchas veces presumimos de ser liberales, tolerantes y progresistas, de defender los derechos de las personas de otras razas, de los homosexuales, o, simple y llanamente, algo tan sencillo como la igualdad de la mujer, y tras esa falsa e hipócrita máscara se esconden mil prejuicios que nos obligan a mirar a un lado cuando dos hombres se besan, a llevarnos la mano a la cartera cuando nos cruzamos con un extranjero o a gritar por el retrovisor el típico «¡mujer tenía que ser!»
Siempre he pensado que tenía vencidos todos esos estereotipos. Disfruto como acompañante cuando algunas mujeres van al volante, y sufro cuando lo hacen algunos hombres, me encanta que las ciudades se llenen del mosaico de culturas que nos ha ofrecido la inmigración y siempre me he encontrado a gusto entre el colectivo gay-lésbico. Hasta aquí nada que se aleje de la máscara de hipocresía que oculta a muchos xenófobos, homófobos o misóginos.
Sin embargo el otro día, tras oficiar la boda de Rafa y Alberto, pude comprobar que me sentía feliz y orgulloso de haber tomado parte en un acontecimiento tan importante para ellos. Esto no me hace mejor ni peor persona que ninguno, pero me hace reflexionar sobre la insignificancia del género en las relaciones.
Lo importante no era unir a dos hombres en este caso, a un hombre y una mujer en otros, o a dos mujeres en alguno que espero que se de en un futuro, sino unir a personas que se quieren, y que lo demostraban con sus miradas, con sus manos fuertemente enlazadas a lo largo de toda la noche y en sus continuas sonrisas cómplices.
Me sentí realmente cómodo y rodeado de un gran amor que hace que la lucha por conseguir este tipo de derechos haya merecido la pena. Me sentí solidarizado con todas aquellas personas que han sufrido en sus carnes la injusticia de la homofobia, de la intolerancia, de la falta de respeto.

Me sentí bien conmigo mismo porque en mi corazón, en aquel momento, si se encerraba algún sentimiento negativo era tan solo el de la envidia.

Hoy me han hecho llegar una tarjeta de agradecimiento por la ceremonia. No la merezco. Mis palabras se quedaron cortas para describir la gran dosis de humanidad que ellos mismos me transmitieron. Soy yo quien debo estar agradecido.
Dejo como ejemplo de mis palabras anteriores un vídeo que explica perfectamente lo que quería decir:

El peregrino mundo sigue girando

Lo ha vuelto a conseguir. Lo hizo con la «Trilogía de Nueva York» y repitió con «Brooklyn follies». Pensé que con «viajes por el escriptorium» había perdido la magia, la capacidad para angustiarme, para abstraerme de la realidad, para introducirme en la sensibilidad de un fracasado o, quizás, de un demente. Pensé que no volvería a identificarme con uno de sus personajes, a vivir con desesperación la vida de otro, a compartir sus miedos, sus temores, sus noches de insomnio.

Pero lo ha hecho. De nuevo, ahora con «Un hombre en la oscuridad», Paul Auster ha conseguido sacar de dentro mis complejos, mis más recientes obsesiones, mis psicosis y afecciones paranoides.

De nuevo he respirado al ritmo de cada uno de sus personajes, August, Katya o Miriam, he querido inventar historias en mis desvelos para evadir mi realidad, ver películas para evitarla o escribir un libro para abandonarla sobre sus páginas.

Ha vuelto Auster y yo me quedo con una frase, «El peregrino mundo sigue girando»….