Tu mirada


Tibio el roce de tus lágrimas
que se escapan,
al contacto con la brisa,
impregnándome del sabor salado,
de un mar verde,
que me baña en tu mirada,
que me envuelve,
desnudo entre sus aguas,
para acariciar mi piel.

Firme el camino de tu pupila
que se adentra en mis entrañas,
como una enredadera,
abrazando el corazón.

Suave el leve pestañeo
que me presta un rayo verde,
fugaz como un reflejo,
en una tarde de abril.

Bello como el instante
en que, recién segada,
me recoge la brizna
de tus ojos,
y se apodera de mi.

Objetivo Kiwi

Los que sigáis este blog con cierta asiduidad habréis podido ver que entre mis enlaces se encuentra un blog de viajes que antes se llamaba Objetivo Lima y ahora ha pasado a denominarse Objetivo Kiwi.

Este interesantisimo blog, en el que podemos seguir las peripecias por medio mundo de los amigos Victor y Lidia, está nominado por Lonely Planet a mejor blog de viajes en Español. Si os detenéis a leerlo comprobaréis que no solo merece la nominación sino que también el premio, por lo que os pido que dediquéis un ratito de vuestro tiempo a votarlo.

Para votarlo solo tenéis que pinchar en el siguiente enlace y darle a en el lugar correspondiente:

Votar a Objetivo Kiwi

Pienso contar los votos y comprobar por vuestra IP si habéis cumplido mi encargo…

Con la frente apoyada en la ventana

Vuelve a trazar el sudor de mi frente vías muertas
en el cristal de mi ventana.

Vuelven sus surcos a dibujar telas en las que quedarme atrapado,
en el tiempo o en la espera.

Vuelvo a recostar mi cabeza sobre el vídrio
mientras mis suspiros marcan círculos de ilusión.

Vuelvo a esperar segundos que se hacen eternos
a minutos que se hacen instantes.

Vuelvo a apoyar mi cabeza en la ventana,
pero esta vez te espero a ti,
y sé que vendrás.

Las cosas que no hice

Quise parar el tiempo un centímetro. Ese que nos separa una vida. Congelarlo, dejarlo ingrávido, suspendido bajo tu mirada. Apagar el candor de mis labios con el frescor de los tuyos y vestir tu cuerpo con el jirón de piel que me arrancas en cada despedida, dejándome aterido, desnudo.

Intenté respirarte, y en la primera bocanada espiré mi última exalación, procurando que no llegara a mis pulmones el ánima letal de tus suspiros.

Quise besarte, abrazarte, sentirte, amarte…. pero me dio miedo y sólo me queda soñarte.

Perfecta

Fátima despertó. Se sentía fresca y rejuvenecida, llena de vigor.
Afreet-Yehanam, despojado ya de su forma humana, yacía a su lado apoyado en un codo.
-Eres hermosa – dijo él.
– Me falta una mano – replicó ella.
-Te faltan muchas cosas – Dijo el demonio -, y por eso eres hermosa.

Rabih Alameddine – El contador de historias

Me gustan tus dudas, tus silencios. Tu voz casi imperceptible y tus distancias. Me gusta el salobre de tus lágrimas cuando la brisa se baña en tus ojos y esas palabras que mueren en el rompeolas de tus labios antes de ser pronunciadas. Me gustan tus respuestas calladas, tus besos no dados y las caricias que todavía no han surcado mi piel.

Me gusta recordarte en sitios que aún no hemos visitado y esperar que tu mano se enlace a la mía, para pasear por senderos que no sé si visitaremos. Me gusta la arena en tus pies, de playas que no bañan tu cuerpo y la hierba que pisan tus botas, que también me gustan.

Me gusta perderme en tu mirada aunque sea para encontrarme solo y que te esfumes entre mis brazos porque ese abrazo solo fue un sueño.

Me gustas porque hasta tu ausencia me llena de ti.

Una mano

Hoy veo una mano.

Estoy deseando que esos cinco minúsculos dedos aprieten mi índice, con esa tersura rugosa y fría, pero tan suave y cálida, de los bebés. Sentir su fuerza. Ese deseo de conocer a través del tacto que muestran los recién nacidos y que la yema de mis dedos le diga, «aquí estoy, te estaba esperando» y él, o ella (aún no pierdo la esperanza), me devuelva esa sonrisa agradecida de los neonatos, respuesta onírica a placentera sensación.

Quiero dibujar su forma en mi regazo y que mi bíceps se convierta en almohada y mi palabra en canción, para ver como duerme entre mis brazos mientras yo vivo su sueño.

Quiero que llegue agosto y que como el árbol de Júpiter florezca mi ilusión.

Silencios


Han roto las olas del mar
en tus labios caracola y sólo escucho silencios.

Han renunciado a tañer su lira
los ángeles de tu voz, y sólo escucho silencios.

Ha expirado el ánima de tu suspiro
que ululaba en mi ventana, y sólo escucho silencios.

Ha amainado la montaraz brisa de tu susurro
que armonizaba mis sueños, y sólo escucho silencios.

Ha cesado tu canción y tu silencio me abruma.

Mis desayunos buffet

Normalmente apenas desayuno.

En casa no lo hago nunca, hace años decidí sacrificar el desayuno por esos 15 minutos más de cama y todavía mantengo esa costumbre, aunque el insomnio me impida su completo disfrute o el sol se cuele a hurtadillas por mi puerta, que no por la ventana como sería lo normal. Pero en lo extraordinario están los grandes placeres de esta vida.

Alguien me acostumbró, como creo que ya he contado en alguna entrada anterior, a retrasar el desayuno hasta llegar al centro. Un café con migas en el español, nada más llegar al ayuntamiento o a media mañana con mis secretarias. Pero puedo vivir sin desayunar. De hecho si no es por esa costumbre cadencial apenas lo haría.

Sin embargo cuando viajo y me alojo en un hotel no puedo evitar sumergirme de lleno en los desayunos buffet. Cuando llegas, lo primero que te llama la atención son los cientos de dulces que te sugieren ser engullidos. Cientos de productos de bollería y pastelería que se apresuran a salir a tu paso como si de un sueño de Homer Simpsom se tratara.

Luego, una vez vencida esa afrenta de sabores caramelizados vas rebuscando y encuentras los menús salados, mucho más tímidos y menos sugerentes, pero que son los que le dan gracia al desayuno, primero porque te lo confeccionas a tu gusto, y segundo porque alternan con la dulzura otros gustos igual de apetecibles que son los que le dan originalidad, los que le hacen especial.

Encuentras salados, picantes e incluso alguna frivolité o alguna extravagancia, como una copa de champán de “buenos días” que le impregnan de exotismo.

Así eres tú. Primero dejas a la vista tu dulzura, pero quien te quiera conocer puede encontrarse mil sabores excepcionales que te hacen maravillosa.

Agustín el cartones

Había muerto ya seis veces. Y es que como los gatos callejeros iba sorteando a la vida con su caminar errante, ganando a la par muestras de compasión y de repulsa. Sin embargo, si te molestabas en conocerlo, ese sentimiento inicial se transformaba en un profundo aprecio.

Agustín vagaba por las calles de Plasencia como si perteneciese a ellas. Cualquiera diría que llevaba allí desde su fundación. Su enjuta figura y su penetrante mirada bien podían datar del medievo, heredadas quizás de un peregrino que un día se guareció en las murallas de Ambrosía y desde entonces vagaba condenado a no poder escapar de sus puertas.

El mismo suelo que durante años acogió sus sueños, protegido tan solo por un tálamo de cartones que le dio su sobrenombre, se ha convertido en su lecho mortal, dónde nunca figurará un epitafio ni una placa con su nombre, pero si una huella imborrable en la memoria de cuantos un día se cruzaron con su sombrío atisbo y recibieron un educado “buenos días, ¿tiene un euro para un café?”

Su figura se había ido encorvando hasta convertirse prácticamente en un cáncamo, una silueta casi fetal que parecía querer regresar a su nacimiento buscando, tal vez, la redención de un desconocido pecado saldado con llagas hasta en su mirada.

Hoy ha llegado la séptima y definitiva. Agustín no volverá a convertirse en ese compañero ausente de las sombras de Plasencia.

Descanse en paz.