Una mano

Hoy veo una mano.

Estoy deseando que esos cinco minúsculos dedos aprieten mi índice, con esa tersura rugosa y fría, pero tan suave y cálida, de los bebés. Sentir su fuerza. Ese deseo de conocer a través del tacto que muestran los recién nacidos y que la yema de mis dedos le diga, «aquí estoy, te estaba esperando» y él, o ella (aún no pierdo la esperanza), me devuelva esa sonrisa agradecida de los neonatos, respuesta onírica a placentera sensación.

Quiero dibujar su forma en mi regazo y que mi bíceps se convierta en almohada y mi palabra en canción, para ver como duerme entre mis brazos mientras yo vivo su sueño.

Quiero que llegue agosto y que como el árbol de Júpiter florezca mi ilusión.

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