Juntando

Uno de los principales problemas de nuestra vida es intentar vivir los momentos buenos, los momentos excecpionales, de forma individual.

Viajamos, disfrutamos de un paisaje, de un momento, de un episodio de nuestra vida como si no fuera a repetirse y lo reiteramos en nuestra consciencia hasta el infinito, poniéndolo como ejemplo de un instante extraordinario que nunca volverá a suceder.

Esos momentos los encuadramos en un marco que contiene una fecha, tiempo, un enclave, lugar y unas personas, compañía, que en ese pasaje consideramos inigualables y que le aportan un grado de excepcionalidad difícilmente alcanzable.

Sin embargo llega un momento en que todos esos instantes de tu vida pasan secuencialmente por tus ojos en tan solo unas horas y eres capaz de identificarlos en cada rincón, en cada sonrisa o en cada mirada cómplice de un día determinado.

Hoy me ha sucedido. Paseando por las calles de Heidelberg me he encontrado con sueños perdidos en paseos por Gijón, en miradas de asombro aliviadas en una iglesia de Amsterdam, en promesas rotas bajo la puerta de Toledo, en suspiros expirados en los túneles de Valvidriera, en un lamento escupido en la falda del Gobela o en una lágrima que se escapa ría abajo en las aguas del Sil.

Esta ciudad, y la gente que me acompaña, son capaces de concentrar todos esos sentimientos pasados y demostrar que la vida no se vive una sola vez, sino que si luchamos podemos disfrutarla en lugares y personas con los que, posiblemente, nunca hubieramos contado.

Historias de la radio I

Hoy, en una charla distendida de varias horas con un nuevo amigo, Mario, que presiento que se convertirá en uno más de ese gran grupo de personas indispensables que cada día crece a mi alrededor, he recordado alguno de aquellos momentos mágicos que las ondas me han deparado.

En próximas entradas de esta caverna iré desgranando algunas de aquellas aventuras radiofónicas, que ahora forman parte de mi anecdotario personal, y que me gustaría compartir con todos vosotros ya sea por su caracter divertido, entrañable o, por qué no, triste, que también los hubo.

Una de las principales, quizás la más llamativa por su repercusión, fue la historia del romano vivo…

Un romano vivo en la plaza de Mérida

Transcurría el verano del 97. Las tardes radiofónicas de Mérida las habíamos ocupado al asalto un grupo de jóvenes con demasiado tiempo libre, mucha imaginación y más ganas de divertirse y divertir a la audiencia. La presencia de Rufo, Amador, Tomy y este que escribe, se había transformado en una constante en los transistores de radio de la ciudad, gracias a las manidas fórmulas de la radio dedicada, la música de actualidad y el caracter informal de sus presentadores, liderado por Carla Gruart que a sus 9 años se había convertido en la revelación de la radio nacional.

Aquel curso se incorporaron a la emisora un grupo de estudiantes del instituto Albarregas, que poco a poco fueron abriéndose un hueco en la información local gracias a un desenfadado semanal llamado «Top Noticias», que complementaba el programa musical «Top 50» presentado por Tomy y Corcu (También explicaré algún día de dónde me viene este sobrenombre).

En aquel programa destacaba un joven, Paco Vadillo, que a sus 16 años, aproximadamente, encontró en la radio su futura vocación. Hoy es director del programa «La mañana» de Cope Mérida.

Acababa de finalizar el curso y la radio se convirtió en lugar de reunión y recreo de aquel grupo entusiasta, que dedicaba sus tardes a reunir contenidos para la media hora de programación semanal de que disfrutaban los viernes.

Aquel mismo verano habían comenzado las obras de restauración de la plaza de Mérida. Tras varias semanas levantada surgió la idea. Decidimos inventar que en las excavaciones había aparecido el cuerpo de un romano, que gracias a unos gases contenidos en el subsuelo, se había mantenido intacto 2000 años y había despertado de su largo letargo tras dos milenios de siesta.

Supusimos que nadie se creería aquella historia. Sin embargo, y gracias a la colaboración de los compañeros del diario Hoy, la hicimos posible. Maquetamos la noticia en la que, tras una explicación científica sobre cómo se habían mantenido intactas las constantes vitales explicábamos que había surgido la polémica, entre el museo etnográfico de Roma, y el de arte romano de Mérida, sobre dónde debía permanecer el personaje en cuestión.

La noticia era completamente inverosimil y contaba con perlas del estilo de que el romano haría el saque de honor en el primer partido de liga del Mérida, o que de quedarse en la ciudad tendría derecho a una hora diaria de asueto para tomarse el bocadillo.

Pese a nuestra incredulidad inicial sobre la repercusión de la noticia Paco Vadillo y sus compañeros se fueron, grabadora en mano y una copia de la noticia a interrogar a los viandantes. La pregunta era sencilla «¿piensa usted que el romano debe quedarse en Mérida o por el contrario debemos enviarlo a Roma?

La respuesta fue abrumadora. Más de media hora de contestaciones con un rotundo «Si se ha encontrado aquí, que se quede»

No dábamos crédito a lo que teníamos allí grabado. Todos y cada uno de los interrogados se había creído la noticia y exigía que «Plazus», como denominamos al personaje, se quedase en la ciudad.

Tras observar la reacción de la gente decidimos dar una vuelta de tuerca más a la broma, y en vez de desvelar la farsa en el programa y poner las declaraciones para chanza de los oyentes, como estaba previsto, expusimos la información como real e incluso, durante varios días, mantuvimos charlas periódicas con el ficticio equipo médico encargado de su estudio en el hospital 12 de octubre.

La broma era ya insostenible y las barbaridades de aquellos informes cada vez más desternillantes. Sin embargo los teléfonos de la emisora no paraban de sonar con llamadas interesándose por el estado del romano en cuestión. Una de las llamadas más extravagantes, y la que ya nos hizo desvelar la realidad, vino del servicio de ambulancias «el madrileño», que mostraba su enfado por no haber sido avisados para realizar el transporte de Plazus desde Mérida hasta Madrid, como era preceptivo. Durante varios minutos les explicamos que el transporte lo había realizado un servicio militar especializado, pero al fin, tuvimos que descubrir la farsa para evitar que aquella bola siguiese creciendo.

La noticia causó tal impacto que incluso un equipo de Antena 3 la sirvió una de aquellas noches para el informativo de Carrascal. Posiblemente aquel día los emeritenses ofrecieron una pobre imagen de incultura al resto del país, pero eso sí, quedaba patente que defenderían a capa y espada sus propiedades, por muy romanas que fueran.

Cristina

Siempre ha ocupado un lugar discreto dentro de mi grupo de amigos. No secundario, sino discreto. Como es ella. Posiblemente nunca haya recurrido a ella cuando necesitaba un abrazo, un consejo o una voz, pero con una mirada tenía todo eso. Su serenidad, su gesto de confianza, inspira esa tranquilidad de saber que con ella cuentas con un hombro, un pañuelo o un oído sin necesidad de palabras, lágrimas o cabezas recostadas.

La he visto ilusionarse y decepcionarse, vivir momentos buenos y malos que hemos compartido. Muchas veces quizás más en una medida distancia que en la proximidad de otros amigos y amigas, pero siempre sabiendo que su codo estaba al lado del mío y su voz presta para sosegarme.

Un día, hace poco más de dos años, vi en sus ojos un brillo especial, y no era el reflejo de la verde dehesa de Monfragüe que nos acogía, sino el resumen de un cúmulo de sensaciones que clamaban por salir de su corazón. No pudo evitarlo y sus primeras palabras enamoradas desbordaron su voz, irrumpiendo con la ilusión de un sueño realizado.

Fue breve, no quiso desvelar mucho más por si pudiera romper el hechizo de aquella magia que le envolvía, pero suficiente. Su mirada reflejaba esperanza, calor, su voz temblorosa incertidumbre y viva complacencia, sus palabras fantasías por cumplir, deseos por realizar.

Aquel día me hizo un poco más feliz. Esa varita que poco a poco había ido tocando a la gran mayoría de mis amigos ahora lo hacía con ella, y le acicalaba con ese atuendo de ensueño que mañana cambiará por un vestido blanco.

Allí estaremos todos. Allí compartiremos un momento más dentro de todo ese acerbo de instantes maravillosos que hemos disfrutado. Uno muy especial. Seguramente para ella el mayor de todos. Para nosotros, sus amigos, una pieza más de ese puzzle con el que en días así completamos el paisaje de nuestra felicidad.

Si te fijas es Alex

Dicen que la foto ya va siendo más clara, que incluso han podido averiguar su sexo. Alejandro, Alex desde ya, nacerá en agosto. Si te fijas puedes ver sus bracitos recogidos entorno a su cabeza, sus piernas encogidas en posición fetal…


Si te fijas tiene la dulce sonrisa de Noelia, la mirada sincera y noble de Javi, la simpatía de los Herrero Bermejo, la alegría de los Fuentes de la Calle.

Si te fijas adora a su tía Patricia que le enseña cosas, a su tío Iván que le pone caras divertidas. Si te fijas le gusta jugar con su tío Raúl y se duerme siempre en brazos de su tía Raquel. Si te fijas ha aprendido dos chistes que le ha enseñado su tío Carlos y…. ¡vaya!, se ha aprendido dos más…

Si te fijas tiene el salero de su tía Gema y la amabilidad de su tío Nando. Si te fijas desprende el cariño de su tía Maite y le encanta ir a jugar al fútbol con su tío Maxi.

Si te fijas se ha sentado a escuchar a su abuelo Paco contar historias de obras, de coches, o de cuando era niño y tenía que trabajar. Si te fijas vive pegado a su abuela Mari, que le canta nanas para que se duerma, y le lee cuentos en los que siempre gana el príncipe Alejandro.

Si te fijas le encanta que su abuelo Martín le haga rabiar, si te fijas se ríe a carcajadas cuando su abuela Pili juega con él.

Si te fijas ya puedes ver todos esos detalles. Están en una borrosa foto en blanco y negro, pero sólo hay que ponerse las gafas del cariño que ya le tenemos para comprobar cómo será. Mirala detenidamente y le verás crecer, hoy lo ha hecho y mi corazón ha crecido con él.

Gracias Javi y Noelia por darme lo más hermoso que me ha pasado nunca.

Briviesca

Parte de mi infancia la pasé en Briviesca, un pequeño pueblo de Burgos del que creo que ya os he hablado en alguna entrada anterior.

Recuerdo su centro como una amplia plaza castellana, de bancos de piedra y una pérgola en el medio, en la que unos querubines de piedra orinaban agua fresca y sobre la que los domingos una orquesta interpretaba partituras de Falla.


Recuerdo su cine, en el que aprendí a vivir otras vidas, a evadirme durante dos horas aproximadamente en los vuelos de Tobi, aquel niño rubio al que le crecían alas, las garras de king kong, o la candidez de oliver twist.

Recuerdo su ayuntamiento, en el que un día ondeó a media asta la bandera española por la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente, que sería natural de la zona, y recuerdo sus fiestas, las de san Roque, en el mes de agosto, con unos cabezudos a los que temía y un toro de fuego que me causaba verdadero pánico.

No tenía más de 8 años cuando nos fuimos de allí, pero recuerdo perfectamente el camino al colegio, interminable, andando desde casa, soñando con como sería mi vida de mayor, creyendo que siempre estaría allí.


Con mis pequeñas piernas aquel camino se hacía eterno y llegaba a clase exhausto, más de pensar en el futuro que de cansancio físico, pues los niños no se cansan, solo se agotan para dormir mejor.

Repetí aquel camino infinito durante dos años cada día, excepto en vacaciones y los días que nevaba. Sólo alguna enfermedad aislada y el golpe de estado de 1981 lo interrumpieron.

Volví a briviesca hace 3 años, 25 años después aproximadamente. Quise rehacer aquel camino, pero no fue el mismo. Mis pasos habían crecido desmesuradamente y el trayecto se había reducido en la misma proporción. Apenas me dio tiempo a soñar como lo hacía entonces.

Mi antigua casa se había convertido en un lúgubre portal sin vida y mi viejo colegio se desconchaba en tristes jirones grises sobre un amarillo apagado.

Me decepcionó la visita. Sobre todo por la medida en que aquel camino se había casi extinguido.

Posiblemente dentro de 25 años el amor que ahora siento haya menguado en la misma medida que aquel día lo hizo el camino de mi vieja casa a mi ajado colegio, pero hoy sigo soñando, que este trayecto que sigo cada día, para acercarme a ella, es interminable y lo recorrere toda la vida.

Gracias a todos

Despido mi día con una taza de humeante y delicioso chocolate al lado de mi teclado, recién elaborado con el regalo de mis hermanos y amigos (el chocolate no el teclado).

Intento buscar una palabra que describa el día de hoy y sólo se me ocurre una.

Gracias.

He intentado escribir un texto emocionado que fuese capaz de contagiaros mi emoción. Pero no me sale. De mi boca, de mis dedos, solo sale agradecimiento, por este maravilloso día que me habéis dado entre todos y todas.

El día comenzaba con una llamada en la lejanía de alguien que prefería ser el primero en felicitarme por no olvidarse y ser el último. Continuaba con un mensaje meditado, para intentar ser original, y lo consiguió.

El día se despertaba con el mensaje de alguien que prefiere empezar el día con el sol, sin saber que es el sol quien la espera a ella para despertarse, y aún entre legañas descubría decenas de felicitaciones de amigos, reales o virtuales, pero amigos todos, en las distintas redes sociales, facebook, tuenti… que destinaban un minuto de sus vidas para transmitirme su felicitación. En total cientos de minutos que sumados hacen un día extraordinario.

Mensajes llamadas, cariño a raudales.

Luego un cumpleaños feliz desafinado pero sentido al que se sumó un coro improvisado, entre los que encontré grandes amigos. Un brindís con vino y una mirada me dejaron bajo la cálida lluvia de abril, que se mezclaba con mis lágrimas de emoción.

Un colchón necesario, el cariño de mis padres y la mano de un amigo que me llevó a una reunión, en la que construimos una feria de ilusión. De nuevo esa mirada en un ficticio combate en el que sobre la lona dejé dibujada la silueta de un hombre feliz. Más llamadas, más mensajes, mis hermanos, mi familia, una cena, nochebuena anticipada y su calor.

Una blanca matita que arropa mis ilusiones mientras rio. Mientras rie.

Una llamada sobre la campana de otra hermana, que pone un broche de esmeralda a mi mejor cumpleaños.

Gracias a todos y todas. De verdad os necesitaba y hoy he comprobado, una vez más, que estáis ahí.

Los años de nuestra vida

Hoy he tenido la oportunidad de hacer un repaso a algunos de los mejores momentos de mi vida. No ha sido motivado por ninguna experiencia extrasensorial, ni he visto túneles en los que mi vida pasaba como en diapositivas, ni nada parecido.

Mucho más sencillo. Ha sido a través de un juego de consola. Por fin ha llegado a mis manos el Singstar de Queen y el recorrido por sus canciones me ha permitido irme hasta mi adolescencia e ir recordando momentos de mi juventud y amigos, que a veces parece que quedan en el camino, pero siempre estarán ahí.

De la mano de las «Fat bottoned girls» he retrocedido hasta tercero de BUP, (sí, soy de los que hicieron BUP, este miércoles hago 36 años), y he recordado cómo llegó Queen a mi vida para convertirse en su banda sonora, junto a otros muchos grupos que se fueron incorporando después, pero en menor medida.

Aunque muchas de sus canciones ya pertenecían a mis tonos de barra, (antes los politonos se descargaban en una barra de bar cuando quedaban los últimos clientes), no profundicé en este grupo hasta aquel curso del 90.

Acababa de llegar a Sevilla y para mi todo era nuevo. Nueva ciudad, nuevo instituto, nueva forma de vida y, por supuesto, nuevos amigos. Afortunadamente para prácticamente todos los compañeros de aquel curso era una situación parecida. Era un centro de nueva creación en una barriada emergente del Este de Sevilla y los alumnos procedían de los más dispares lugares de la ciudad y apenas se conocían. Eso sirvió para que existiera una predisposición especial a entablar relaciones de amistad.

Los primeros tres meses, mientras remataban las obras de nuestro instituto, los pasamos, «de prestado», en el instituto San Pablo, junto al polideportivo del Caja San Fernando, dónde asistíamos a clases nocturnas para no coincidir con sus moradores habituales.

Recuerdo el primer día de clase y cómo procuré sentarme a una distancia moderada de los profesores para pasar inadvertido, ni en la primera fila, reservada habitualmente para los pelotas y destacados, ni en las últimas, dónde las clases suelen ser más divertidas pero menos «rentables».

Entré de los primeros, dejé mis cosas, y me senté a esperar. Delante mía se sentó otro joven de mi misma edad pero que me sacaba una cabeza de altura, con el consiguiente fastidio pues eclipsó por completo mi visión de la pizarra. Antes de que llegara la primera profesora se giró, se presentó, Manuel Reyes, me preguntó si molestaba y me invitó a compartir pupitre con él. Avancé unos metros y ahí nació una gran amistad que, pese a los años transcurridos y grandes lagunas de tiempo entre contactos, aún perdura.

Manuel, Manolo para los amigos, era un torrente verbal. En menos de dos clases sabía gran parte de su vida y, si me descuido, hasta de la mía que él me ayudaba a descubrir. Ese primer día ya me había invitado a su casa y a una fiesta que se celebraría ese viernes en una antigua discoteca que habían alquilado en no recuerdo qué lugar de Sevilla.

Me preguntó por mi grupo favorito y supongo que le diría que no tenía ninguno en especial, quizás Mecano, Duncan Dhu, o alguno por el estilo y pronosticó que a partir del día siguiente sería Queen. No le creí.

A la tarde siguiente se presentó con varias cintas de Queen. Grabados en cassette me dejó «Jazz»,»A night at the opera», «Sheer heart attack», «Live Killers» y «Live in Rio». Por supuesto no pude negarme a cogerlos aunque no estaba seguro de que los fuera a escuchar. Lo hice.

Empecé por «Jazz» y a punto estuve de abandonar la empresa cuando escuché a Freddy Mercury cantar «Mustapha», pero seguí, me animé con «Fat Bottoned Girls» y me enamoré con «Jelaousy», que contrariedad. Seguí escuchando cinta tras cinta y descubriendo el que sería, tal y como había predicho Manolo, mi grupo favorito.

Pronto cada momento de mi vida tenía una canción de Queen y cada canción un momento que asignarle y me vi como loco acudiendo a Sevilla rock a buscar los vinilos. que luego me robarían, hasta juntarlos todos y cada uno, esperando con ansiedad la publicación de «The Miracle» o «Innuendo» (que recuerdo lo compré en Villanueva de la Serena porque a Don Benito, donde vivía cuando salió, llegaba dos días más tarde).

Hoy cantando a grito pelado con el singstar las canciones de Queen he recordado a Manolo, a Jose Carlos, a Jose Antonio (el canijo), a Patricia, a Arantxa (que por cierto la vi el otro día)… y a todas esas personas que han ido formando parte de mi vida a través de las canciones de Queen, o a raíz de Manolo.

También he recordado muchos momentos con mis hermanos cantando «Bohemian Rhapsody,» con Angel Luis cantando «We will rock you», o con alguna multitud enfebrecida cantando «We are the champions». He recordado las olimpiadas del 92 y aquel maravilloso «Barcelona». A aquel otro Jose Carlos con el que me subí a la mesa de la facultad un 24 de noviembre de 1991 a cantar «Who wants to live forever» en tributo a Freddy Mercury, o aquella primera carta al director que me publicó «El periódico Extremadura» en protesta porque en Extremadura no habíamos visto el concierto homenaje a Freddy desde Wembley porque echaban un «Mérida-Real Madrid B».

Le he puesto nombre a canciones, y canciones a nombres. «You are my best friend» se podría llamar Mario, Roberto, Jose, Patricia, Mamen, Noelia, Raquel, Naiara, Ana, Carmen, Elena, Helena, Carlos, Cristina, Gema, Edu o muchos de los nombres antes mencionados. «Bohemian Rhapsody» se llamaría Iván o Raúl, «We will rock you» Angel Luis o Javi, «Jelousy» tendría mi propio nombre, «Brighton Rock» se llamaría Manolo, «Sheer Heart Attack» Jose Carlos, «My bijou» o «You are the love of my life» …. (que la aludida se sustituya por estos puntos suspensivos), y así todas y cada una de las canciones de este grupo legendario.

Pero no os voy a dejar ninguna de las canciones mencionadas si no una que os engloba a todos y todas…. Va por vosotros (y vosotras):

A veces siento
Que regreso a los viejos tiempos. Tiempo atrás,
cuando éramos niños, cuando éramos jóvenes.
Las cosas parecían tan perfectas…, ¿sabes?
Los días no tenían fin éramos “locos” éramos jóvenes
El sol siempre brillaba, vivíamos solo para divertirnos.
A veces parece que últimamente, no sé por qué,
el resto de mi vida haya sido sólamente un show

Esos fueron los días de nuestras vidas
Las cosas malas en la vida eran tan pocas…
Esos días ya se han ido, pero una cosa es cierta
Cuando miro atrás y me doy cuenta de que…, aún te amo

No puedes retroceder el reloj, ni puedes regresar la marea
¿No es eso una pena?
Me gustaría dar marcha atrás a esta montaña rusa
Cuando la vida era solo un juego

De nada sirve sentarte y pensar en lo que hiciste
Cuando puedes recostarte y disfrutarlo con tus hijos
A veces parece tarde. Simplemente no lo sé
Mejor siéntate y déjate llevar

Porque estos son los días de nuestras vidas
Han volado con rapidez.
Esos días ya se han ido, pero algunas cosas permanecen
Cuando echo la vista atrás y encuentro que nada cambió

Esos fueron los días de nuestras vidas, sí.
Las cosas malas en la vida realmente fueron muy pocas
Esos días ya se han ido, pero una cosa aun es verdad
Cuando miro y me doy cuenta de que…
aún te amo

Aún te amo.

Marisa (o como la quieras llamar)

Hay personas que encuentran su «Marisa» pronto. Otros tardan más. Otros ni siquiera la encuentran. Y otros, la encontramos pero para entonces somos nosotros quienes ya hemos cambiado. Maldita relación tiempo-espacio-personas….

Cortometraje de Nacho Vigalondo