5,56

5,56 de la mañana. Sudoroso me despierto sobresaltado. Por la ventana entra un leve olor a humedad, a tierra mojada, con esa soflama que acompaña a las noches de verano. Somnoliento miro el reloj en el móvil y en mi retina quedan fijos los dígitos. 5,56.

Voy al baño, deambulando y, al salir, dirijo mis pasos instintivamente al ordenador. Sé que me costará conciliar de nuevo el sueño así que decido flagelar mi insomnio revisando la prensa del día que asoma por la ventana.

El navegador está abierto por la página de hotmail, dónde he hecho limpieza antes de acostarme y sólo figura un correo que he dejado en la bandeja de entrada para no olvidar contestarlo al día siguiente. Le doy a F5 para que actualice y abro una nueva pestaña con las noticias del hoy. La isla está sucia y han aparecido ratas muertas que mañana estarán en mi cuenta de críticas en los comentarios.

Vuelvo al correo y con sorpresa encuentro uno tuyo que huele a sompopos y campos guatemaltecos. Aunque breve, esperaba ese correo desde el viernes. Miro la hora de recepción y se me queda grabada en la retina. 5,56. ¿casualidad?

Perro zompopo – Quiero que sepas

Michael Jackson

Nunca he sido especialmente fan de Michael Jackson. Pero su música siempre ha estado ahí, desde mi infancia. Hoy todo el mundo se lanzará a ensalzar sus múltiples defectos y sus innumerables virtudes. Yo, 15 minutos después de que se haya anunciado su muerte, sólo quiero dejarle mi pequeño homenaje.

Otro día se ha ido
Aún estoy solo
¿Cómo puede ser?
Tu no estás aquí conmigo
Nunca dijiste adiós
Que alguien me diga por qué
Te tuviste que ir
Y dejar mi mundo tan frío
Todos los días me siento y me pregunto
Cómo el amor se marchó
Algo susurra en mi oreja y dice
Que no estás solo
Porque yo estoy aquí contigo
Aunque estás lejos
Yo estoy aquí para quedarme
No estás sola
Yo estoy aquí contigo
Aunque estamos lejos
Tu estás siempre en mi corazón
No estás sola
Muy sola
¿Por qué?, oh
Ya la otra noche
Creí escucharte llorar
Pidiéndome que venga
Y te tenga en mis brazos
Puedo escuchar tus plegarias
Tus cargas que yo llevaré
Pero primero necesito tu mano
Pues por siempre puede empezar
Todos los días me siento y me pregunto
Cómo el amor se marchó
Entonces algo susurra en mi oreja y dice
Que no estás sola
Porque yo estoy aquí contigo
Aunque estás lejos
Yo estoy aquí para quedarme
Para que no estés sola
Estoy aquí contigo
Aunque estamos distanciados
Tu estás siempre en mi corazón
Y no estás sola
Susurra tres palabras y yo vendré corriendo
Y chica, tu sabes que estaré allí
Estaré allí
No estás sola
Yo estoy aquí contigo
Aunque estamos lejos
Yo estoy aquí para quedarme
No estás sola
Estoy aquí contigo
Aunque estamos distanciados
Tu estás siempre en mi corazón
No estás sola
Porque yo estoy aquí contigo
Aunque tu estás distanciada
Yo estoy aquí para quedarme
Para que no estés sola
Porque estoy aquí contigo
Aunque estamos distanciados
Tu estás siempre en mi corazón
Para que tu no estés sola

Dentro de 150 años

Dentro de 150 años,
no nos acordaremos
de tu primera arruga,
de nuestras decisiones equivocadas,
de la vida que nos jode,
de todos estos vendedores de armas,
de los tipos que votan las leyes
allí en el gobierno,
de este mundo que empuja,
de este mundo que grita,
del tiempo que avanza,
de la melancolía,
del calor de los besos
y esta lluvia que se resbala,
y del amor herido
y de todo lo que nos engaña,
así que ¡sonríe!

Dentro de 150 años,
no nos acordaremos
de la vejez que nos llega,
de sus signos de cruz,
del niño que se muere,
de los valles del tercer mundo,
del cazador cabrón
que mata la paloma,
de lo bella que eras
y de las orillas arrancadas.
De los años sin dormir,
100 miliones de hambrientos,
y de las puertas que se cierran
por haberte visto llorar.
De la corte solemne
que condena sin vacilar,
así que ¡sonríe!

Y dentro de 150 años,
ya ni pensaremos en ello,
en lo que amamos,
en lo que perdimos.
Anda, ¡brindemos con nuestras cervezas
por los rateros!.

Acabar todos dentro de la tierra:
!díos mío! !Qué desengaño!
Mira estos esqueletos
que nos miran mal,
y no pongas mala cara,
no les hagas la guerra,
no les quedará nada de nosotros,
no más que de ellos mismos.

Apostaría mi mano cortada
o puesta en el fuego,
así que !sonríe!

Y dentro de 150 años,
amor mío, tu y yo,
seremos despacito, bailando,
2 pájaros sobre la cruz,
en este baile desfasado,
y aún mi visión es amplia.

Quizas habremos vuelto a pasar
muy cerca,
un naúfrago,
pero no hay nada más que decir,
no quiero hacerte creer nada,
amor mío, amor mío,
te echaré de menos.

Pero no hay nada más que decir,
no quiero hacerte creer nada,
amor mío, amor mío,
Te echaré de menos.
pero ¿qué le hacemos?

Versos

Tengo versos que aún
huelen a otros cuerpos,
que mantienen otros nombres
y acarician otros senos.

Versos que gastaron mil te quieros,
que canté bajo la luna o escribí,
con tiza en una pared o
con carmín en la servilleta de algún bar.

Versos que portaban mis deseos,
que mostraban mi pasión
y desfogaban mi sexo en
campos yermos,
que ya olvidé.

Otros guardan desamor,
ira, rencor,
llantos que creí eternos,
rabia, dolor,
sentimientos que se fueron
desvaneciendo.

No son más que palabras que hoy
me traen hasta tus manos.
Que hoy me hacen ansiar tus labios.
Que hoy, me piden beber
tus ojos.

Son palabras que hablan de tí
y olvidan su pasado,
pero también su futuro,
si no es contigo.

El tiempo que queda

Banda sonora de la película «Dejad de quererme» (os la recomiendo)

¿Cuánto tiempo?
¿Cuánto tiempo todavía?
Años, días, horas,… ¿cuánto?
Cuando pienso en ello mi corazón late tan fuerte…
Mi país es la vida, cuánto tiempo,
cuánto.

Amo tanto el tiempo que me queda,
quiero reir, correr, llorar, hablar…
Y ver, y creer…
Beber y bailar,
Gritar, comer, nadar, brincar, desobedecer…
No he terminado, no he terminado
Volar, cantar, marchar, y volver a marchar,
sufrir, amar
Amo tanto el tiempo que queda…

No sé dónde he nacido, ni cuando
Sé que no tengo mucho tiempo
y que mi país es la vida
También sé que mi padre decía:
El tiempo es como tu pan,
guárdalo para mañana….

Todavía tengo pan
Todavía tengo tiempo, ¿pero cuánto?
Quiero jugar todavía,
quiero reir en montañas de risas
quiero llorar en torrentes de lágrimas,
quiero beber toneles enteros de vino,
de Burdeos y de Italia.
Y bailar, gritar, volar, nadar en todos los Oceanos.
No he acabado, no he acabado
Quiero cantar
Quiero hablar hasta que se acabe mi voz
Amo tanto el tiempo que queda….

Cuánto tiempo…
¿Cuánto tiempo queda todavía?
¿Años, días, horas, cuántos?
Quiero historias, viajes…
Tengo tanta gente por ver, tantas imágenes,
niños, mujeres, grandes hombres,
pequeños hombres, simpáticos, tristes,
inteligentes e imbéciles,
Es gracioso, los imbéciles, descansan,
como el follaje entre las rosas…

Cuánto tiempo,
¿Cuánto tiempo todavia?
Años, días, horas, ¿cuántos?
No me importa mi amor
Cuándo la orquesta se pare, yo bailaré todavía…
cuándo los aviones no vuelen, yo volvaré solo
cuando el tiempo se pare…
Yo te amaré todavía

No sé dónde, no sé como,
pero te amaré todavía…
¿de acuerdo?

Hermanos

Hay veces que las fuerzas te flaquean y que con tu raído cayado de endebles yemas, que se resquebraja a cada golpe, intentas avanzar por un camino incierto; ciego, desorientado, intentando localizar con su maltrecho extremo los obstáculos que te impiden el progreso. Con golpes inseguros descubres un bordillo, un escalón, una pared, unos pies que intentan zancadillearte o una señal con la que ibas a chocar, pero de la que nunca descubrirás su significado. Nunca sabrás si te advertía de un peligro o te invitaba a contemplar las vistas, que ironía.

Te ases con fuerza a tu bastón y avanzas firme en una oscuridad aterradora en la que cada ruido es una amenaza y cada hombro puede servir tanto para apoyarse como para chocar con el tuyo y desestabilizarte. Te empeñas en caminar sólo y rechazas las manos que a tu alrededor se ofrecen para acompañarte y guiarte en tu singular itinerario. Tropiezas mil veces y cuando las rodillas te sangran, doloridas, con las cicatrices abiertas de golpes anteriores y piensas que ya no podrás seguir caminando por fin levantas la mano y…

Una mano hermana te saca a bailar. Sientes su calor al lado y mientras suena «señales de humo» del «Desván del duende», recuperas la vista y observas que tras esa mano hay otra mano y otra que hacen una cadena interminable que la naturaleza ha ido tejiendo con hilos de consanguineidad, emoción o sentimiento, hasta componer una malla infranqueable que sabes que siempre te protegerá y te enseñará a encontrar ese camino que buscabas y que por tu ciega obsesión te empeñabas en seguir en círculos concéntricos, cada vez más cercanos a tu propio yo ególatra y egoísta sobre el que girabas neuróticamente.

Aprietas esa mano y bailas como loco al ritmo marcado por otro hermano que desde el escenario observa con emoción como es partícipe de ese sentimiento de fraternidad.

No estaban todos presentes, pero los sentíamos allí. En aquella cadena alborotada que bailaba eufórica encontré las personas a las que quiero y me dan su mano para seguir avanzando, pero también a las que sin estar lo hacen cada día y no siempre lo reconozco y aprecio. Estaba Patricia, sensata y docta, Iván, coherente y emotivo, Raúl, corazón y fuerza, Raquel, comprensión y cariño, … Pero también Javi, humildad y emoción, Noelia, vida y sentimiento.

A todos gracias porque ayer me volvisteis a mostrar el baile de la vida.

El vuelo de Ícaro

Yo mismo construí mis alas. Encerrado en mi viejo torreón miraba cada día el sol deseando tocarlo. Fui ungiendo en cera cada pluma, que previamente arrancaba a las palomas, cigüeñas y otras aves que osaban posarse entre mis jambas. Era un sacrificio necesario. En principio sufría con su muerte, pero poco a poco fui encontrando placer a aquel segundo de tortura. Retorcía su pescuezo con un movimiento seco, frío, y el leve sonido de su vida esfumándose me originaba un orgásmico deleite. Era necesario, tenía que tocar el sol. No me importaba destruir tanta belleza a cambio de poder tocar con mis dedos el mismo paraíso.

Medí milimétricamente cada ala. Calculé con aritmétrica precisión su envergadura, en proporción a mi cuerpo, para que pudiera sostenerlo y elevarse entre las nubes hasta llegar al sol.

Por fin llegó el día. Así las alas a mi espalda con la fuerte soga del campanario. Con dos pequeños cordones las até a mis manos para poder imitar el vuelo de los pájaros. Eché a correr y agité nerviosamente mis brazos. Comencé a caer. Mis movimientos arrítmicos y descompasados me impedían volar. Intenté tranquilizarme. Cerré los ojos y visioné el sueve movimiento de un ave del paraiso. Desplegué mis alas y remonté el vuelo.

Pasé por encima del torreón que acababa de abandonar. Con presunción y jactancia sobrevolé las plazas del pueblo, mostrando a todos mi bella envergadura alada. Miré fijamente al sol, aquel que desde niño había ansiado tocar, y dirigí mi vuelo hacia él.

Poco a poco sentí el calor de la cera derritiéndose por mi dorso. Iba ulcerando mi espalda con fuertes quemaduras que soporté convencido de que el objetivo compensaría con creces aquel dolor. Con los ojos clavados en el sol mi ceguera impidió que viera las plumas cayendo bajo mi sombra. Continué ascendiendo unos minutos y empecé a caer.

Mis ojos solo ven el suelo mientras caigo. Me quedan segundos de vida. Nunca debí ansiar el sol. Los hombres no sabemos volar.

La feria

Recuerdo mi infancia. Aquellos años en el Inés de Suárez en los que eramos los primeros en sentir las fiestas. Nuestro patio se reducía a la mitad pero nuestra curiosidad se multiplicaba, adentrándonos entre casetas, caravanas, camiones y animales de toda índole, para averiguar qué nuevas atracciones nos deparaba cada feria.

Boquiabiertos, entre gritos de sorpresa y alaridos de exclamación íbamos descubriendo una noria cada año más grande, un barco vikingo cada vez más imponente, o una nube, que cada feria alcanzaba más alto. Sorteábamos perros, anclajes y lonas para ser los primeros en ver de cerca la magia del ferial. Aquel vetusto recinto recogido en la Coronación, ordenado con milimétrica perfección para que unas atracciones no chocaran con otras.

Eramos los primeros en percibir el olor a almendras garrapiñadas, a algodón de azucar, a manzanas caramelizadas, a turrones, a gajos de coco regados con agua dulce y a churros. Los primeros en descubrir el muñeco de moda para las tómbolas; la muñeca chochona, el perrito piloto, el gusano… ¿cómo se llamaba el gusano? Los primeros en lloriquear en los coches chocones para conseguir una ficha gratis o en abrir los ojos como platos al ver las iguanas, los peces de colores o los loros de la caseta del siempretoca.

Sabíamos que nos jugábamos un castigo. Que si Juan, Alonso, Faustino o Ángel nos vieran allí nos ganaríamos la bronca del siglo y tendríamos que escribir del uno al mil en francés o un capítulo entero del conde de Montecristo… pero nos daba igual, siempre quedaría la ilusión de ser los primeros niños en ver la feria de Plasencia.

Hoy me pasa lo mismo. La feria no empieza hasta mañana, pero yo, no se lo digáis a nadie, he quedado con mis amigos para empezar a sentirla.

El desván del duende en la feria de Plasencia

Pues sí. Regresan a Plasencia después de casi dos años de ausencia. La última vez fue para presentar su primer disco y ahora vuelven con otro casi de la mano, a falta tan solo de unos días para que esté en el mercado. Como aperitivo nos quedan el que será su primer single… (los días son aburridos)

Espero que os lo sepáis para el sábado….

El concierto será el sábado a partir de las 11 de la noche en el pabellón del Berrocal. Quiero veros a todos allí.

¡Ojo al cambio de ubicación por posibilidad de lluvia, es en el Berrocal no en Torre Lucía!