Invisible – Parte 1

Se levantó como cada mañana en la completa oscuridad de una habitación en la que pertinentemente había cerrado herméticamente cada persiana la noche antes, para que no le molestara ni un resquicio de sol al amanecer. Como guíado por raíles recorrió los escasos 10 metros que le separaban del cuarto de baño. Automáticamente encendió la luz sin que sus fotones atravesasen la cortina de legañas que apelmazaban sus ojos y encaró el lavabo, abriendo el grifo del agua fría con el mismo movimiento sistemático y ciego que le había conducido hasta allí.

Enjuagó su cara y cuando los primeros rayos de luz blanca atravesaban sus párpados miró al frente, esperando ver la misma cara melancólica y ojerosa que cada mañana le daba los buenos días. El espejo reflejaba la azulada celosía de la pared, sobre la que descansaba una toalla, otrora blanca, que pendía milagrosamente de un aplique descuadrado.


En principio no se dio cuenta de que algo faltaba en aquel marco reflectante engalanado con chorretones de jabón, gel de afeitar y pasta de dientes, hasta que intentó comprobar su apurado, confiado en aguantar un día más sin usar la herrumbrosa hojilla a la que tan buen rendimiento estaba sacando.

Se acercó al espejo para cerciorarse y comprobó que efectivamente su rostro no estaba. Podía ver perfectamente los azulejos de su espalda pero era incapaz de encontrar su propio reflejo. Pensó que seguía soñando e hizo un esfuerzo intentando despertar de nuevo en su cama. Pero no. Allí seguía, mirando fijamente aquel cristal que mostraba un bodegón inerte de toallas sucias y gres.

La magia de la vida

Le oí llorar. Era un llanto lleno de vida, reivindicando su lugar en las nuestras. Fue el primer contacto con Alejandro. En la distancia, tan solo ese llanto enérgico que humedeció mis párpados inmediatamente. Mi sobrino acababa de nacer.

Luego pudimos verlo a través de la beteada persiana de neonatos. Ligeramente arrugadito, con los pies aún amoratados por la diferencia térmica. Se empeñaba en buscar sustento, seguramente a su exhausta madre que le esperaba en la habitación. Se movía con esa danza minúscula que sólo los bebés saben ejecutar. Con esa parsimonia que se convierte en un baile hipnótico para quien lo mira.

Abrió ligeramente los ojos, despertando una exclamación unísona entre la expectante familia que miraba tras el cristal. Todos le acunamos en nuestra sonrisa, dibujando para él el nido más placentero entre nuestros labios.

Se irguió, con una fuerza que a todos nos pareció sobrenatural, y pareció dedicarnos su primera mueca de afecto.

Luego pude tocarle. Un segundo, al cruzar el pasillo en busca de su madre. Es suave, tan tierno que las yemas de mis dedos aún guardan su delicadeza. El aterciopelado tacto de un moflete que instintivamente dibujé con mis manos.

Lo he tenido en mis brazos. También un segundo, pero lo suficiente para saber que en mi regazo estará para siempre el calor que necesite.

La vida es magia. Descubrirla de repente, hechizante.

Inventando

El otro día Jose, el quinto hermano en la amistad, la poesía, la música y, por supuesto, el corazón, escribía en su locura ordinaria un inventario de inventos necesarios que yo completaba con algunos de los que se me ocurrían sobre la marcha. No quiero plagiarle, pero si traerme hasta mi caverna los que dejé en su blog, para compartirlos también con vosotros. Aunque casi todos de mis asiduos lo sois antes de sus letras.

Hoy que, quizás sin razón, me siento triste, abatido y un tanto melancólico. Hoy que mis ojos añoran unos ojos a los que mirar de frente, que mis dedos olvidan en su desmemoria las vías que inventaron para dibujar su suerte, que mis labios se agrietan como arena de desierto, que mis noches acaban de noche y mis días empiezan sin sueño,… Hoy… tengo que inventar:

El despertador de noches en vela.
El pañuelo de lágrimas secas.
El erizador de pieles sin caricias.
El abrazador de hombros desnudos de afecto.
El iris de ojos ausentes.
El besador de labios resecos.

El aplaudidor de conciertos vacíos.
El observador de noches nubladas
El protector del sol de invierno
El abono de corazones en barbecho
El calzado para pies sin camino
El reposo del guerrero sin batalla.

El consuelo del amor no correspondido….