En mi descargo

He amado.
No sé si bien o mal,
sólo sé que he amado.
A mi estilo,
y lo he entregado todo.

He amado a mujeres, sobre todo,
pero también a hombres, a cosas, a ideas…
y muchos me han fallado, alguna vez.
¿O habré sido yo quién les ha fallado?

He amado sonidos, o sus ecos,
imágenes, o sus reflejos,
espacios, o sus ausencias.

He amado un amanecer,
pero no cualquiera.
No era el mismo sol que saldrá mañana,
nisiquiera el que hoy me ha despertado con tu voz.
No era la misma luz que iluminó tu cara,
nisiquiera era ya tu cara.
Por eso ya no amo el amanecer,
aunque seguro que volveré a amarlo.

He amado,
y me he sentido vivo.

Falling Slowly

I don’t know you
But I want you
All the more for that
Words fall through me
And always fool me
And I can’t react
And games that never amount
To more than they’re meant
Will play themselves out

Take this sinking boat and point it home
We’ve still got time
Raise your hopeful voice you have a choice
You’ll make it now

Falling slowly, eyes that know me
And I can’t go back
Moods that take me and erase me
And I’m painted black
You have suffered enough
And warred with yourself
It’s time that you won

Take this sinking boat and point it home
We’ve still got time
Raise your hopeful voice you had a choice
You’ve made it now
Falling slowly sing your melody
I’ll sing along

La playa

Le gustaba pasear por la playa, sentir cada mañana la suave caricia de la arena y el frescor del agua que caía suave, enterrándo sus pies ligeramente. Salía temprano, e iba observando como detrás de si dejaba un rastro de pisadas que se perdían en el horizonte. Siempre el mismo camino que trazaba un día tras otro, resignado a ver como lo borraban las olas, a tenerlo que a recorrer cada mañana. Sabía que no duraría más de unas horas, que la marea lo cubriría de nuevo, hasta el siguiente amanecer.

Aquella mañana el mar estaba embravecido. Furioso chocaba contra las piedras en un sonoro chasquido que rompía el habitual ulular de las olas. Las gaviotas volaban nerviosas. Clavó sus pies en la arena intentado dejar su huella, pero rápidamente el mar las cubría de piedras, algas y restos de conchas. Loco, desesperado, corrió de un lado a otro, intentado que sus huellas fuesen más rápidas que el violento mar, pero apenas había andado dos pasos cuando de nuevo sus pisadas se habían desvanecido. Luchó, sudó y fatigado cayó al suelo mezclando el salobre de su llanto con el sabor del mar.

La marea lo arrastró hacia el interior y desapareció.

Hoy no quedan sus huellas, ni han vuelto a dibujarse en la arena. Tampoco nadie quiso nunca seguir sus pasos.