Conxuro

El son de las muiñeiras me condujo por caminos de mi infancia. Lembranzas de puericia entre “pandereiras” y “tamboraidas” que me sumen en un sueño de niñez.

Perseguido siempre por “meigas nas que non creio”, pero que cada vez que se cruzan en mi camino, o yo en el suyo por tierras del Sil, tañen sus pieles curtidas en un bucólico cántico, que me traslada a esas calles de A Guarda en que conservo mi inocencia.

Suelo llevarles mis sueños, mis ilusiones y deseos, con la esperanza de que en un hechizo devengan realidad. Ayer llevé tu recuerdo. En un “caldeiro” de barro con olor a brasa de eucalipto, a mijo y miel conjuraron tu nombre.

Mezclaron ojos de gato negro, uñas de duende y la flor de un recóndito rincón de los bosques das fadas, junto a la sangre de un chivo joven. Lo movieron de derecha a izquierda con una cuchara de madera de haya que se cría en Fisterra.

La “meiga mais vella” me miró a los ojos y me preguntó. ¿Tanto la quieres para recurrir al averno solo por besarla?

Respondí afirmativamente.

“Vengo del propio infierno, que es mi vida sin ella.”