Momentos

Estaba a punto de soltar el aldabón sobre la puerta cuándo se paró un instante a reflexionar sobre aquel momento en que su vida había dado un giro inesperado para llegar al actual.

Y es que aunque resulte redundante, pensó, la vida es una secuencia de momentos que derivan en otros momentos, y así sucesivamente, estando cada detalle de nuestra vida, incluso antes, marcado por una decisión puntual en un momento, repetía, concreto.

Incluso el acto de nuestro nacimiento, en el que todavía no hemos influído con nuestras decisiones, viene dado por una serie de circunstancias anteriores que lo originan. Cómo se conocieron nuestros padres, cómo decidieron unir sus vidas, o mucho antes… cómo lo hicieron los suyos.

Recordó sus manos sucias rebuscando entre la basura algún producto caducado desechado por el supermercado del barrio en que dormía. Llevaba 2 meses en aquella barriada y nunca le había faltado una pieza de fruta, algún yogur o una loncha de fiambre perecederos que llevarse a la boca. Tenía que estar en el contenedor a las 21,15, la hora exacta en que cerraba el establecimiento, si no quería perderse los productos más ansiados por los rebuscadores de la zona. Un día incluso había podido sacar intacta una paletilla de jamón ligeramente picada con la que celebró su particular nochebuena en febrero.


Recordó cómo aquel día en que todo comenzó ¿o había empezado mucho antes? había tenido un pequeño incidente con otros vagabundos, que le llevó a perder su turno en el contenedor del supermercado, viéndose obligado a rebuscar entre la basura de una comunidad de vecinos cercana algún alimento con que saciar el hambre.

Fue allí dónde, entre restos de una cena de pizza fría convenientemente encerrados aún en su caja, encontró aquella fotografía que le trasladó a su infancia.

Un mundo en la mirada – Epílogo:

Epílogo:

Bask traduja la runa, se la leyó a los habitantes de la mirada de Anele y enseguida entendieron qué había sucedido:

Nunca tuve conciencia del tiempo
hasta que había pasado.
Nunca pensé en que fluía
como el Árrago valle abajo
y que las aguas que veía
nunca eran las mismas,
y que las piedras que arrastraba
nunca volverían.
Nunca tuve conciencia del tiempo
hasta que un día,
quise volver al pasado.

Hay veces que el uso o la costumbre obligan. Nos hacemos víctimas, rehenes, del tiempo y el pasado. Es entonces cuando tenemos que buscar en nuestros recuerdos, observar el presente, mirar al futuro y comprobar que el tiempo pasa inexorable para sentirnos vivos. Es su transcurso el que demuestra que progresamos y no debemos anclarnos a su historia si queremos que nuestra mirada brille cada día con ilusión.

Consideramos que los sueños son sólo sueños y los dejamos hipotecados al mundo de la noche, de la oscuridad, sin ser conscientes de que están ahí para que luchemos por ellos.

Tus ojos encierran un mundo de ilusión, ganas de vivir, sueños y proyectos que realizar. Su brillo denota y transmite felicidad, paz y fuerza, pero a la vez la melancolía de pensar erróneamente que tienen una deuda con su pasado.

Llega un momento en esta vida en que tenemos que pararnos a observar. Detener el mundo si es necesario y subirnos al monte de nuestros recuerdos a sopesar. Desde allí la perspectiva es distinta. Podemos observar varios horizontes. Atrás el de los recuerdos, en medio el de los lastres del presente y adelante el de los sueños de futuro.

La naturaleza es inteligente y nos puso los ojos al frente de la cara para que miráramos adelante, si quisiera que echáramos la vista atrás más a menudo nos los habría puesto en la nuca.

Un mundo en la mirada – Parte 7 – Renacer

Parte 7 – Renacer
(El día 30 a las 12 el epílogo)

Las nubes comenzaron a dispersarse. De la misma forma en que llegaron fueron perdiéndose en el horizonte, desvelando de nuevo los verdes valles de la mirada de Anele, que lucían más brillantes que nunca, en ese estado único de lucidez que queda tras la lluvia.

Mosk bajó parsimonioso de la sierra, con ese andar renqueante que ahora denotaba cierta satisfacción. Su viaje a la sierra del pasado había encontrado respuesta a aquellos pesares. En las pizarrosas paredes de la conciencia quedaba escrita aquella runa que daba sentido al tiempo, a la tristeza experimentada durante un momento incierto pero necesario para que aquellos pueblos creciesen, se transformasen, renacieran.

Glolgs, Tewoks y Alocs así lo entendieron al verlo aparecer en la lejanía. Sus bucólicas canciones celtas fueron adquiriendo alegría a medida que se acercaba. Ora una gaita, ora un violín, fueron sumando sonidos felices que anunciaban la inminente fiesta.

Los Alocs brillaban como nunca. Bailaban como locos abrazados a un Glolg que multiplicaba por cientos su fulgor. Sus aleteos no solo eran visibles a kilómetros de distancia, sino que también era posible escucharlos con un ritmo cadencioso de eufóricas palmas al compás de la música.

Los Tewoks se acostumbraron a la luz demostrando que también es posible soñar despierto, que simplemente tiene que haber algo o alguien que te abra los ojos. Durante siglos estuvieron convencidos de su fotofobia y horrorizados corrían a esconderse en cuanto la luz tocaba sus pupilas. De pronto entendieron que no. Les costó unos minutos adaptarse por la falta de costumbre pero enseguida empezaron a disfrutar del brillo y sus colores. No necesitaban oscuridad para metabolizar sus sentimientos, eran aquellas bellas piedras esmeralda de los ojos de Anele las que los producían.

Mosk llegó al centro de la pupila. Levantó con júbilo su viejo báculo, en el que tantos pensamientos había apoyado y apuntó a Bask, el más joven de la tribu y cuyo nombre significaba ilusión. Le entregó la runa, el báculo y un pequeño sudario con el que todos entendieron que cedía su poder nunca reconocido.

Bask tomó la runa y leyó en voz alta.

Así surgió una nueva vida más próspera. Fue el renacer. La travesía del pensamiento pasado a la ilusión.

Un mundo en la mirada – Parte 6 – La runa

Parte 6 – La runa

Mosk hundió su mirada en el suelo y comenzó a alejarse de la expectante multitud que se había congregado a su alrededor. Nadie preguntó nada, tan solo le dejaron marchar en silencio mientras se encaminaba a la pequeña sierra de recuerdos conocida como “Atnas Allalo”. En aquella mirada los accidentes orográficos no eran sino recuerdos grabados en ella desde la infancia.

Poco a poco desapareció en el horizonte mientras sus convecinos entonaban tristes canciones celtas que narraban melancólicas historias de tiempos pasados.
Mosk cruzó el umbroso robledal hasta el alto de la Atalaya, desde donde podía divisar el conjunto de recuerdos, positivos y negativos, que le habían llevado a aquel estado de añoranza.

Se sentó en un lecho pizarroso y con sus propias lágrimas comenzó a escribir en un lenguaje rúnico, que había aprendido en uno de sus viajes por el centro de Europa, hacía cientos de años.

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Un mundo en la mirada – Parte 5 – La tempestad

Parte 5 – La tempestad

Los Tewoks se mostraron nerviosos durante toda la jornada. Rezagados en su párpado inferior, esperando la noche para salir, presagiaron por su olfato las nubes que se acercaban por el horizonte. Un fuerte olor a tierra mojada invadió sus pituitarias, augurando un fuerte chubasco del que previnieron a sus vecinos. Los Glolgs más jóvenes rápidamente pulieron sus tablas y se prepararon para el aguacero. Sin embargo el Glolg más anciano, Mosk, los detuvo antes de que llegaran al inmenso lago conocido como “rabillo del ojo”. No era un chaparrón normal y Mosk había sentido un escalofrío que le sacó de su caverna para prevenir a los demás.

No era normal ver a Mosk a cielo abierto. Anciano y curtido en mil batallas, endurecido por las inclemencias de la vida, se había vuelto ciertamente huraño y apenas si salía para sucesos luctuosos o de rabia o desilusión incontenidas, por lo que su presencia sin motivo aparente conmovió a toda la comunidad.

Los Alocs convocaron su consejo de sabios, silenciaron su batir de alas y extinguieron sus destellos. Los Tewoks se escondieron, más aún, esperando noticias. Nadie se atrevía a preguntar a Mosk el por qué de su presencia en el mismo polo del iris. Hacía muchísimo tiempo que no se paseaba con su renqueante deambular por el epicentro de su universo particular.

Los Glolgs se concentraron entorno al viejo ermitaño esperando una palabra que no llegaba. Los ojos de Anele fueron perdiendo su color, su brillo, y en el centro tan solo una gran lágrima en forma de diamante, consecuencia de la reunión de Glolgs, se fue acumulando.

Llegaron las nubes. Viajaban errantes, negras como carbón, lentas pero firmes, oscureciendo todo a su paso. Fueron sumiendo el universo ocular en una profunda penumbra que lentamente se transformó en tinieblas. Los Tewoks fueron saliendo tímidos, atemorizados, y se acurrucaron en un rincón cerca de los Alocs. No sabían que había pasado pero su metabolismo especial sólo era capaz de generar sentimientos de pena, pesar, culpabilidad, tristeza, pesadumbre, aflicción,… dolor. Intentaban sofocar sus deyecciones pero no les era posible. Probaron a no comer pero daba igual, cientos, miles de sentimientos de consternación se multiplicaban inundando el ambiente y contagiando a todos y cada uno de sus habitantes.

En un escabroso silencio el sol se puso en el horizonte. Nadie se fue a dormir. Todos esperaban el consejo de Mosk y el anciano simplemente les miraba a los ojos uno por uno, buscando una explicación, una palabra de ánimo que se resistía a salir, y lloraba.

Un mundo en la mirada – Parte 4 – Los Tewoks

Parte 4 – Los Tewoks

Los Tewoks son subterráneos. Viven en la más completa oscuridad de la profundidad de la tierra. Se alimentan de materia orgánica que son capaces de descomponer elaborando sentimientos. Sí, habéis leído bien. En el mundo de los sueños la materia se puede transformar en sentimientos y eso es lo que llevan haciendo durante siglos los Tewoks.

Vivían en un huerto en las cercanías de Sorellic, una hermosa villa de la sierra de Atag, y se afincaron en la mirada de Anele prácticamente a la par que los Glolgs. De hecho aprovecharon la humedad de sus compañeros para asentarse bajo el párpado inferior, en el que viven desde hace más de dos décadas.

Como seres nocturnos son prácticamente ciegos y la luz les horroriza. Sólo salen en sueños, aunque son entes muy despistados y nerviosos y muchas veces confunden un parpadeo con el anochecer, y aparecen de pronto, ocultándose rápidamente en cuanto les ciega la luz.

Son individuos muy emotivos y con solo un terruño bien oreado pueden generar miles de sentimientos positivos, como la ternura, la amabilidad, el cariño, la comprensión, el altruismo y, el que es su fuerte, la amistad.

A veces los nervios les pueden, o los continuos desvelos entre parpadeos, y generan algún sentimiento confuso como la pereza o el olvido, pero rápidamente lo engullen convirtiéndolo en generosidad.

Los Tewoks también son viajeros, y aunque no puedan reconocer los lugares por sus paisajes lo hacen por su olor. Tienen un olfato extremadamente desarrollado y son capaces de distinguir más de un millón de aromas diferentes, e incluso predecir, mucho antes que cualquiera cuándo va a llover. Avisando a los Glolgs para que estén preparados con sus tablas de surf.

Extremagastronomía

Hago aquí una pausa en el cuento «Un mundo en la mirada» para recomendaros la lectura de la revista sobre gastronomía extremeña Extremagastronomía. El enlace de la revista digital es:

http://extremagastronomia.blogspot.com/

En la página 18 podéis leer un realato mío que os trasncribo aquí:

Vino de la tierra

El sordo sonido del cristal sobre la barra le sacó de sus ensoñaciones. «Tómese otro», dijo el camarero extendiéndole un nuevo vaso de vino de pitarra. Cogió el minúsculo recipiente, lejano y tosco antepasado de las finas copas de bohemia en las que solía beber sus caldos, y miró al trasluz su contenido. Color violáceo, pensó, entre púrpura y cereza. Abierto, muy abierto, aunque la escasa longitud del vaso y el hecho de que casi rebosara le impidiera una mayor apreciación. Lo acercó a la luz del fluorescente que parpadeaba a sus espaldas y determinó que era luminoso, sin duda un vino joven, posiblemente de aquel mismo año. Sin embargo su turbieza le infería poca confianza.

Aproximó tímidamente su olfato, con la intención de no parecer pedante delante de aquel público que se entretenía a mirar sin ver la televisión, o se perdía entre golpes sobre el tapete de una partida de cartas. Sorprendentemente era franco. Su aroma inicial no desprendía ningún pico sospechoso y rápidamente su pituitaria se vio inundada por aquel aroma tan característico de media intensidad. Intentó identificar sus aromas primarios y varias frutas del bosque se aproximaron a su imaginario olfativo. Estaba a punto de dictar mentalmente su diagnóstico cuando una palmada en la espalda le devolvió a la realidad de aquella taberna de pueblo. «No se esmere», señaló el desconocido que acababa de golpear con rotundidad su dorso, «huele a gata».

El joven enólogo recordó la vieja historia que había escuchado de pequeño en Plasencia. Contaba que en un bar de la calle Ancha había tres cubas de vino, presumiblemente todas de la misma cosecha. Sin embargo todos los clientes preferían tomar sus chatos de la tinaja central. Dicen que con el tiempo, cuando el bar cerró y fue desmantelado, en la cubeta del medio apareció el esqueleto raído de un viejo gato que era el que obsequiaba al caldo con aquel sabor tan peculiar y apreciado. No podía concebir que aquella leyenda urbana fuera realidad.

«Huele y sabe a Gata, a sierra de Gata», especificó sin caer en su abstracción el lugareño.

«¿Y a qué huele y sabe la sierra de Gata?» preguntó divertido el joven catador.

Huele a equilibrio, a frescor e historia, a tradición y progreso, a calidez, a amistad. Huele a hierba y tierra después de llover y al sol castigando una piel abrasada en el campo. Huele a Extremadura. A la matanza curándose en la cuadra y a la piedra de su historia milenaria. Huele a regatos, rios, campos y praderas. Huele a roble, a vid, a olivo y hasta a una cesta de setas bajo el brazo. Huele a los ojos de la mujer más linda y al fornido pulso de un zagal en el bar. Huele a casa, a hogar, a una historia en la lumbre y a una mirada vidriosa de nostalgia al volver al pueblo. Huele a noches de verbena, a romerías y a la charla de las solaneras sobre el empedrado de una calle cualquiera. Huele a sinceridad, a afecto, al abrazo de un amigo y al primer beso furtivo en el pinar. Huele al viento de la sierra, al amanecer en Santa Olalla o a leña de una chimenea en Robledillo al despertar.

«No se esfuerce», continuó, «todos esos aromas los podrá identificar cuando lleve aquí unos días. Es nuestro buqué particular».

Un mundo en la mirada – Parte 3 – Los Glolgs

Parte 3 – Los Glolgs

Los Glolgs son seres de agua. Se instalaron en los ojos de Anele un verano cuando se bañaba en el canal tras la ardua cosecha. Son una especie caprichosa y divertida, pero también sensible y tierna, que durante siglos deambuló por todo el mundo tras descubrir su facilidad para evaporarse y viajar a lomos de una nube. Son un linaje anárquico y no tienen un líder destacado, aunque tienen un respeto especial a los más viejos de la tribu, que solo salen de sus cavernas en momentos de especial emotividad.

Han aprendido a convivir con los Alocs en simbiosis, actuando como prisma para multiplicar los destellos de estos y conferir a la mirada de Anele un brillo inigualable.

Se les ve aparecer de forma arbitraria en el momento menos esperado. Una simple brisa, una carcajada, o una mirada fija son suficiente motivo para desplegar sus tablas de surf y cruzar sus párpados. Son la especie más arriesgada e incluso se atreven a jugar entre las mejillas, horadando su piel para darle una tersura y suavidad especial, pero siempre vuelven a sus cavernas, para refugiar a sus seres más queridos.

Los ancianos de la tribu sólo salen, como ya decíamos, en momentos de especial emotividad. Se caracterizan por su sinceridad. Por eso son respetados y venerados por todos los demás. Han compartido momentos realmente duros y a veces les cuesta salir, pero cuando lo hacen es porque realmente se sienten necesarios y aportan al resto la fuerza necesaria para sobrevivir. Son fuertes y tienen brillo propio. Son los únicos que no tienen que mezclarse con un Aloc para deslumbrar, y su fortaleza es tal que han dejado impresa su huella en su recorrido, como un esgrafiado que demuestra el carácter noble y veraz de la princesa.

Aunque transparentes, mezclados con los Alocs se convierten en una especie de acuarela que recuerda aquellos sitios por los que han navegado, los lagos de Sanabria, las praderas de Luján e incluso a alguno se le vio surfear un atardecer en el horizonte del Pacífico, bajo el rayo verde de Neruda.

Un mundo en la mirada – Parte 2 – Los Alocs

Parte 2 – Los Alocs

Los Alocs son una raza ígnea. Se asentaron en la mirada de Anele apenas abrió sus ojos una primavera en la sierra de Atag. Vagaban desde hacía siglos entre gotas de rocío y dientes de león, confundidos con luciérnagas. Su líder Haaäk, se sintió irremisiblemente atraído por aquel verde imposible, y dirigió a su pueblo hasta aquel hermoso círculo de paz y tranquilidad, dónde rápidamente conoció la prosperidad.

Fueron los primeros en llegar. Los primeros habitantes de un universo único, color esmeralda, en el que inmensos lagos de nenúfar les dieron aposento para construir su civilización. Una civilización caracterizada por la dulzura y amabilidad de sus habitantes. Un auténtico remanso de paz que se proyectaba al mundo exterior a través del brillo de sus alas, que al ser batidas destellaban, dándole a la mirada de Anele un halo de misterio y profundidad.

Los Alocs son una raza inmortal. Su origen se remonta al principio de los tiempos y se dice que Haaäk es un fulgor escapado de la misma chispa de la creación, cuando el dios Pask decidió crear el color. También hay quien asegura que ha recorrido el mundo mil veces, y que en sus alas guarda briznas de la selva negra, del río Amazonas, del valle del Omo e incluso de una pequeña flor que solo crece en el Himalaya.

Cuando un Aloc está a punto de extinguirse se fusiona con otro, reforzando su brillo. Por eso en el mundo ya solo queda la pequeña comunidad que vive en los ojos de Anele. Entre ellos se encuentran individuos procedentes de los más exóticos lugares: el iris de Sherezade, el mar de luna o el monte del Ulurú, por ejemplo.

Desde que habitan en la mirada de la bella princesa no se recuerda ninguna fusión e incluso se dice, que en una noche estrellada, junto a una estrella fugaz, cruzó la cúpula de su mirada un pequeño brillo, recién nacido, que sólo se ve de cuando en cuando y al que llamaron Bask, que en alociense significa ilusión.