Momentos 5

Sostenía aún el aldabón en la mano cuando recordó a Raquel.

Se fue a vivir a casa poco antes de que Miguel muriera, y luego se quedó como un miembro más de la familia. Su familia natural le dio la espalda cuando su embarazo empezó a ser evidente y la madre de Miguel no pudo evitar compadecerse de ella por el paralelismo con su propia vida.

Fue su primer amor. Pese a ser la futura madre del que sería su sobrino no pudo evitar enamorarse locamente, más aún cuándo a la muerte de Miguel se mostró como una chica frágil y vulnerable, necesitada de todo tipo de atenciones.

Durante los dos meses restantes de embarazo desde el óbito de Miguel la dispensó cada segundo de su tiempo. Pese a tener tan sólo 13 años, el reciente fallecimiento de su hermano le había proporcionado un repentino golpe de madurez, reflejado en una mirada triste y dura, que nunca le abandonaría, y decidió tomar en única herencia la responsabilidad de cuidar de Raquel y el recién nacido. Con ella descubrió el sexo sin apenas haber cumplido los 14, y de ella probó por primera vez el amargo sabor del desengaño pocos meses después, el día que la vio partir en una caravana con un loco vividor de 40 años que recorría el mundo en busca de aventuras. Nunca más volvió a saber de ella, aunque sistemáticamente la encontrara en cada mujer que amó a partir de entonces.

En casa quedó dolor, silencio, rabia y un bebé de pocos meses que reemplazó, en nombre y atenciones, a su difunto hermano.

Momentos 4

Los veranos eran secos y calurosos. Desde que abandonaron aquella localidad costera para desplazarse a una árida plaza de interior, buscando una mayor estabilidad en la siempre precaria situación familiar, habían cambiado la arena de playa por lúgubres horizontes borrosos de trigo al sol, apaciguados tan sólo por alguna furtiva escapada a la garganta de las águilas, amparados siempre en la complicidad mutua, y el discreto consentimiento secreto de una madre, que prefería ignorar conscientemente las arriesgadas hazañas de sus vástagos a condenarles al ostracismo de aquellos estíos infernales.

Su madre era una mujer menuda, enfundada casi de forma perenne en una raída bata de fieltro azul que el tiempo había ido marcando con inusitadas condecoraciones de jirones, salpicaduras de lejía, o descuidadas quemaduras de plancha, que parecían radiografiar la vetusta enjundia que cubrían.

Con el tiempo había aprendido a soportar los continuos menoscabos que la vida le había deparado. Preñada, no sin violencia, a los 17 años se había visto obligada a casarse por imperativo social con un rudo aspirante a nada al que, para mayor de los males, terminó amando.

Pronto entendió que la lucha por el dorado no era más que una permanente sucesión de infortunios que laceraban su piel, consumiendo hasta su último hálito, a la par que su vieja bata, único ajuar que le legó su madre antes de expulsarla, avergonzada, del hogar familiar.

Momentos 3

Miguel murió a los 17 años cuando él apenas contaba 13. En el funeral todos coincidieron en que había querido vivir demasiado deprisa. Una inoportuna mancha de aceite se había cruzado en su camino cuando pretendía hacer un salto inverosimil con su moto. Dejaba atrás una vida llena de sobresaltos para sus padres y una novia de 15 años embarazada de 7 meses.

Lo recordaba como un espíritu libre, a Miguel siempre le había gustado identificarse así. En su memoria se repetía una y otra vez aquella escena de verano en que, subidos a lo alto de un promontorio miraron abajo, a una pequeña poza en el río a unos 30 metros de altura, y Miguel le dijo, «La vida es un salto. Si lo calculas bien el miedo a tus propios errores se perderá en una sensación de vértigo y una descarga de adrenalina que hervirán al sentir el contacto con el agua, y cuando asciendas, el sol filtrándose a través del agua, te demostrará que eres capaz de cualquier cosa. Si no lo calculas, nunca sabrás que te equivocaste.»

José Saramago

Acabo de enterarme. Posiblemente sea el último admirador de José en hacerlo, pero hasta ahora que he llegado a casa y he revisado mis blogs habituales no me he chocado con la noticia. Ha sido leyendo la bitácora de Raiko cuándo he recibido la mala noticia. José Saramago ha muerto.

Un escalofrío ha corrido mi cuerpo. No podía dar crédito. Con la muerte de Saramago se desvanece otra de mis mayores ilusiones, y ya son muchas las que se pierden en el horizonte.

Siempre soñé con entrevistar a José. Nunca he sido mitómano. Por mi lado han pasado gracias a mi trabajo figuras de la música de la talla de Manolo García, Ismael Serrano, Carlos Goñi, Alejandro Sanz o Fito, del deporte como Raúl, Rivaldo, Figo o Mijatovich, también muchas de la literatura, la pintura, el teatro… sin que siquiera me hiciera una foto con la gran mayoría de ellos, ni registrase su entrevista para la posteridad. No eran más que parte de mi trabajo.

Pero con Saramago era distinto. Sentía por él una admiración especial desde que leí «La caverna», libro que dio título a este blog, y luego vinieron muchos, «Todos los nombres», «la balsa de piedra», «Ensayo sobre la ceguera», «Ensayo sobre la lucidez», «El hombre duplicado», … y un largo etc. entre novelas y poesía hasta llegar a «Caín», el libro con que se despidió.

Anhelaba entrevistar al nobel portugués. Creo que en mi cabeza está elaborado un guión completo de cómo sería esa entrevista de la que creo tener hasta las respuestas. Sabía de su enfermedad y era consciente de que había en marcha una cuenta atrás en contra de ese imposible encuentro que podía impedirlo, pero confiaba en que por una vez el destino se aliara conmigo. No ha podido ser. De nuevo archivaré en mi álbum de sueños irrealizables una ilusión perdida.

Hoy me siento triste. Mi biblioteca siempre tendrá un hueco esperando un nuevo libro que ya no llegará.

Momentos 2

Era una fotografía en blanco y negro muy desgastada. Sus bordes estaban deshilachados y sus esquinas redondeadas. La imagen, notablemente agrietada, mostraba dos niños de no más de 5 y 3 años, respectivamente, sentados sobre la arena de una playa. Cubrían sus cabecitas con dos sombreros redondeados con vuelo en flor que se adivianaban de vivos colores. Uno de ellos sostenía en su mano un rastrillo de plástico mientras el otro, posiblemente una chica por la forma más femenina del bañador, que la cubría tan sólo la parte inferior de su diminuto cuerpo, esperaba con un cubo la obra de su compañero para iniciar, previsiblemente, los cimientos de un pequeño castillo de arena.

Conmovido por aquella tierna escena infantil se trasladó mentalmente a sus primeros años de vida y aquellas tardes de estío sentado en la arena de una playa, considerando que el futuro era dentro de 5 minutos y que aquellas construcciones de arena y agua constituían su mayor propiedad. Compartía juegos con su hermano Miguel, quien le enseñó a nadar, a besar a las chicas y le dio a probar su primer cigarro y su primera cerveza.