Aimar

No sé cuántas veces he rechazado los cientos de correos que bombardean el buzón, intentando conmover nuestros sentimientos con el caso de un niño o niña afectados por una enfermedad de las denominadas raras, que precisa una rápida intervención. La gran mayoría de las veces he pensado que se trata de un intento de estafa y, sin pensarlo, lo he arrojado con saña en la papelera de reciclaje.

Ayer recibí una llamada de teléfono. Esta vez no era un desconocido que se ocultara tras un dudoso correo y un número de cuenta. Era una amiga visiblemente preocupada por la salud del hijo de unos amigos. Querían organizar un festival benéfico y me pedían ayuda.

Se llama Aimar y nació el 5 de octubre pasado. Padece una enfermedad llamada epilepsia farmaco-resistente. A sus menos de 10 meses de vida se ha acostumbrado a luchar cada día contra las continuas crisis que impiden que haga una vida normal. Ha viajado de hospital en hospital y de médico en médico buscando una solución a su enfermedad que parece llegar a través de una cara operación.

Los amigos y amigas rápidamente se han movilizado para conseguir fondos para costearla. El próximo sábado, día 28, celebrarán en Cilleros un festival en el que colaborarán los grupos folkloricos de la zona y, posteriormente, el 18 de septiembre, intentaremos reunir de nuevo a todo el mundo con un festival de rock y discomóvil que apadrinará el cantante extremeño Huecco. Por su agenda seguramente no podrá asistir, pero inmediatamente se ha puesto en contacto con nosotros para ofrecernos su colaboración.

Yo os invito a conocer la historia de Aimar a través de su blog y, si es posible, colaborar en la medida en que podáis.

Un abrazo.

http://aimardos-santos.blogspot.com/

Momentos 6

Miguel, Miguelín, fue un niño pequeño y enfermizo. La descuidada alimentación que había podido recibir durante sus primeros meses de vida dejaron en su piel un macilento rastro blanquecino, casi amarillento, unas malváceas ojeras permanentes, y una débil estructura ósea que apenas podía soportar su exigua enjundia.

La fractura que su inexperta madre le había ocasionado en el fémur derecho, cuando apenas contaba con 4 meses de vida, al intentar evitar que cayera de la cama dónde le cambiaba de pañal, le castigó de por vida con una leve cojera que le confería un aspecto aún más desaliñado y lamentable.

Su cabello era rubio pálido, casi blanco, y colgaba sobre sus hombros a modo de desordenada estopa, regalándole una imagen casi siniestra en conjunción con sus grandes ojos saltones, que pretendían escapar del amoratado pozo de sus párpados, y los no menos violáceos labios, que siquiera dibujaban un rayón en su rostro nacarado.

Con los años su faz se fue tintando con rastros de enfermedades mal curadas, como el sarampión o la varicela, y una prematura pubertad, plagada de granos purulentos que le condenaron, aún más si cabe, a un completo ostracismo.