Momentos 11

Se levantó temprano. Aquella pesadilla apenas le había dejado dormir. Intentó descifrarla, buscar una explicación, algo que su subconsciente quisiera decirle a través de aquel sueño infantil., pero se encontró con varias dudas que desviaban su comprensión. Reconoció el recuerdo de su madre en aquella bata azul, y se vio identificado con aquel niño perdido en la marea, pero, ¿qué significaban aquellas enredaderas?¿A quién gritaba su madre antes de que él se metiera en el agua? ¿Por qué nadie actuó para ayudarles?
Pese a que no eran ni siquiera las 7 de la mañana cuando se levantó, se encontró la casa inundada en un agradable aroma a café que de nuevo le devolvió a los recuerdos de su casa. Pensó que posiblemente se hubiese equivocado abandonándola y por primera vez sintió miedo y quizás, nostalgia. Pensó en su madre, que estaría a punto de levantarse, y cómo se sentiría al encontrar su cuarto vacío. Pensó en su sobrino ,y si en su eterno absentismo vital sería capaz de manifestar alguna muestra de añoranza. Pensó en su padre, y en si se habría percatado de que ya no estaba en casa.
Cuando abandonó el cuarto la dueña de la casa salió a su encuentro. Parecía más joven que la noche anterior. Le invitó a tomar café en la cocina antes de irse. Le entregó sus ropas, perfectamente lavadas y planchadas, con un agradable olor a lavanda, y le devolvió el dinero que le había cobrado la noche antes por su estancia. Aunque lo rechazó inicialmente, ella insistió en que se lo quedase. Dijo que le haría más falta que a ella, y que estaba segura de que un día se lo devolvería, cuando la vida le sonriese. Le hizo gracia la expresión. Acostumbrado a las muecas burlonas que habitualmente le dispensaba la vida creía difícil poder reconocer una sonrisa. Agradeció el caritativo gesto y se despidió prometiendo volver en cuanto pudiese corresponderlo.
La calle seguía oliendo a tierra mojada, aunque el olor se mezclaba con el inconfundible aroma a ciudad, a humeantes tubos de escape, hollinadas chimeneas y salobres transpiraciones humanas. De una cafetería cercana salía una deliciosa fragancia de pan recién horneado y dulces de almendra y nuez. Se quedó embelesado mirando tras el cristal la magnífica exposición de dorada bollería. Quiso entrar pero recordó que ya había desayunado, y que su posición económica no podía permitir lujos como un segundo almuerzo.
Se dirigió a las obras del metro dónde preguntó por el encargado, un hombre obeso, de aspecto desaliñado, que pese a la humedad del día y las bajas temperaturas vestía tan sólo una camiseta interior de tirantes y sudaba generosamente. Tras una tupida barba descuidada escupió, literalmente, pues cada fonema bilabial que pronunciaba iba acompañado de un salivazo, que no necesitaban a nadie, que quizás en una semana, cuando alguno de aquellos gandules que ahora trabajaban para él se volviera corriendo a la falda de su mamá demandando su paga de los domingos, podrían necesitarlo, si no se había muerto antes en alguna esquina apaleado por los civiles.
Asustado se despidió prometiendo volver el lunes siguiente. Como no tenía ninguna forma de contacto dio el nombre de la pensión en la que había pasado la noche para no parecer un indigente y señaló, que si salía algo antes, se lo hicieran saber por medio de alguno de los obreros que se alojaban allí. El encargado no pareció prestar mucha atención.
Desolado comenzó a caminar sin rumbo por la ciudad que poco a poco iba despertando, sobrecogido y aturdido por tanto movimiento.

Momentos 10

Aquella noche soñó con el pueblo marítimo en que había vivido de niño, siendo casi bebé. Con aquella playa grisacea salpicada de rocas que le inferían una imagen peligrosa y siniestra.

Prácticamente no recordaba aquella localidad costera, pero en su sueño sus vívidos detalles la convertían en una fresca invocación reciente.

Unos niños jugaban despreocupados en la arena, al igual que en aquella vieja fotografía que encontraría en la basura años después, mientras en la orilla se agolpaba nervioso un, cada vez más numeroso, grupo de adultos.

En el centro, una señora con bata azul, con la vista fija en el horizonte, llamaba con voces desesperadas a alguien, sin que pudiese distinguirse el nombre que gritaba. Las lágrimas de la mujer iban convirtiéndose en el suelo en un charco de barro, que empapaba el pantalón vaquero que sobresalía bajo su albornoz. De repente uno de los niños echaba a correr mar adentro sin que ninguno de los testigos moviese un músculo por evitarlo.

La mujer intentaba correr tras el pequeño, pero unas plantas enredaderas que nacían bajo la arena alrededor de sus piernas lo evitaban, haciéndole caer al suelo. Desesperada intentaba salir gateando, pero sus manos se agrietaban en cienmil heridas que ensangrentaban la playa y la hacían caer de nuevo, esta vez de bruces, contra el suelo, que ahora parecía de asfalto. Poco a poco la marea iba subiendo hasta cubrir el cuerpo inerte de la mujer, y los testigos que se habían arremolinado alrededor suya al oir las voces se iban marchando indiferentes, como si no viesen nada.

Al fondo, en el horizonte, el pequeño que había entrado en el agua se abrazaba a una traviesa de madera que flotaba en el mar y exhausto se dejaba llevar por la corriente.

Momentos 9

Bajó del tren en la estación de Chamartín, cuando el sonido de la locomotora al parar se confundía con el de un trueno que le daba la bienvenida, augurando un difícil futuro en la capital. Apretó en su bolsillo las cinco monedas que le acompañaban como única riqueza, y se encaminó hacia el exterior sin saber realmente dónde se dirigía.

Las primeras gotas del otoño empezaron a deslizarse por su rostro, en una sensación encontrada de frescor e incertidumbre; el choque entre el nacimiento de una nueva vida contra las dudas sobre su futuro, la ilusión del renacer contra la conciencia de puertas sin cerrar a sus espaldas, y cicatrices malcuradas en falso, sin anestesia ni cirujía.

Cada paso marcaba una huella nueva en una vida por empezar, mientras la lluvia, que empezaba a calar, diluía las que detrás dibujaban el camino de vuelta a casa.

Las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos del suelo, en un caleidoscopio gigantesco que aumentó su confusión inicial. Los colores, brillos, ruidos y olores de la urbe le apabullaron por momentos, provocando un estado de rigidez que impidió que reaccionara durante varios minutos eternos. Su cabello caía empapado sobre su cara, y la fútil vestimenta que le cubría se convirtió en un gélido sudario, que envolvía un cuerpo casi inerte en mitad de la nada. Una nada espacio-temporal en la que habitaba.

El paso de un coche excesivamente cerca del acerado le despertó de su abstracción, al vaciar sobre sus pantalones el contenido de un sucio charco de barro. Calado, sucio y desconcertado corrió buscando un hostal en el que refugiarse.

En las cercanías de la calle de los Cedros encontró una vieja pensión. Llamó a la puerta y una señora de avanzada edad le abrió malhumorada. Rápidamente se excusó, culpando al repentino mal tiempo de su estado anímico. Le miró de arriba a abajo compadeciéndose de su estado y le invitó a entrar.

Se trataba de una vieja casa renacentista decorada sin orden ni arbitrio, con porcelanas y paños de ganchillo colgando en sus paredes que parecían exhibirse en una exposición etnográfica. Sus paredes amarillentas denunciaban una evidente falta de higiene y limpieza, y el olor a tabaco impregnado en sus cortinas reflejaba el continuo paso de descuidados clientes por sus habitaciones.

La dueña de la casa le invitó a sentarse a la mesa camilla del comedor. La repentina llegada del frío y las lluvias había impedido que se encontrara preparada para ofrecerle el calor del viejo brasero de picón que descansaba vacío bajo sus tablas, pero las faldillas de paño podían dispensarle algún refugio a sus húmedos huesos, señaló la casera. Él agradeció la oferta pero adelantó su situación económica a la generosa mujer antes de aceptar cualquier favor. La señora agradeció su sinceridad y repitió su oferta.

El precio de la habitación era de 800 pesetas diarias, pero su caridad cristiana, señaló, no le permitía dejarlo marchar en esas condiciones aquella intempestuosa noche. Le pidió veinte duros, por los gastos de luz, agua y gas para que pudiera bañarse, y se ofreció a devolverle la ropa limpia y seca al día siguiente antes de partir. Según indicó, el parte había anunciado una mejoría del tiempo para los próximos días. Lamentó no poder ofrecerle una mayor hospitalidad, pero las obras del metro cercano se retomarían ese mismo lunes, y esperaba que los obreros de la construcción ocuparan todas las habitaciones a los precios oportunos, y no podía dejar escapar esa oportunidad. Le animó a acercarse a la oficina central de la concesionaria de las obras a buscar trabajo.

Agradecido ocupó su habitación. El contacto de su piel desnuda con las sábanas de franela le trasladó a una infancia que recordaba excesivamente distante, tanto que incluso parecía confundirse con la de alguno de los personajes de la literatura que recreaba en su memoria. Rápidamente el cansancio y el agotamiento vencieron a los mil sentimientos de duda que se agolpaban en su conciencia y se quedó dormido.

Momentos 8

Nunca obtuvo respuesta.

Sin nada que le atara ya a aquella vida de miseria y abandonos decidió buscar suerte en Madrid, y con quinientas pesetas en el bolsillo, dos pantalones, una camiseta y una muda en la mochila, dijo adiós a aquellos páramos casi desérticos, dejando atrás la celeste silueta ajada de su madre, la sesteante figura amorfa de su padre, que permanentemente sudaba en el sofá en un compás de desafinados ronquidos, y el delicado espectro de un sobrino que, poco a poco, se extinguía en un rincón, prácticamente mimetizado con la calcárea pared de su habitación.

Sobre la mesilla de noche abandonó, a medio leer, el último libro que había empezado y que, posiblemente fue el detonante para tomar aquella drástica decisión que ahora le apartaba de su hogar.

Nunca fue un buen estudiante. Su azarosa existencia le empujó a buscar alicientes para vivirla más allá de los teoremas y tablas que los profesores se empeñaban en enseñarle. Sin embargo la lectura le apasionó desde pequeño. Mientras el sol lucía vagaba por las calles persiguiendo su futuro, delante de algún policía o vecino recriminante con su actitud, pero al caer la noche Twain, Ende, Kippling, Andersen o Irving se convirtieron en sus tutores, cuando a cada luna se encerraba en su habitación a recrear mundos imaginarios en los que le gustaría vivir.

Siempre quiso ser Tom Sawyer, Bastian Dux o incluso Mowgli, pero la realidad le condenó a ser Huckleberry Finn, cuyas aventuras estaba leyendo cuando decidió cerrar su hato y buscar su sino en otros mundos, lejos de aquel segundo círculo del infierno de Dante en el que habitaba.

Momentos 7

El olvido había sido parte de su compañía toda su vida. Veía reflejados en Miguelín los desdeños que la propia existencia le dispensaba, y su debilidad no era más que la reacción común a un viento siempre en contra. Su segundo amor, Natalia, apareció con la fuerza de un ciclón y desapareció como una brisa etérea que apenas levanta el vuelo del diente de león.

No hubo adiós ni despedida. Sólo un silencio eterno, repentino e injustificado, que fue extendiéndose en el tiempo hasta convertirse en rutina. Hasta desaparecer en la cotidianeidad de la indiferencia, como si nunca hubiese existido. Nunca entendió auqel distanciamiento.

En un exánime esfuerzo escribió una carta que nunca obtuvo respuesta:

«No me gusta irme de los sitios sin despedirme. Sin echar al menos un vistazo atrás y recorrer con un mohín de cariño la órbita vertical de mi frente a modo de saludo. A veces ese gesto no va acompañado de palabras. A veces, sin saber por qué, se atragantan en mi garganta, expandiéndose discretamente entre mis bronquiolos, en un espasmo aerofágico que lastima el corazón.

Esas veces soy incapaz de describir si ese dolor estaba antes, o fue tan sólo un reflejo del aire de las palabras no pronunciadas escapándose en una diástole asíncrona.

A veces no recuerdo si fui yo quien dijo la última palabra, y aunque peque de querer obtener siempre ese beneficio, intento aguzar el oído en mi marcha para encontrar siquiera un suspiro, que me de aliento para volver a hablar.

A veces el silencio me duele en los oídos. Se clava en mi mente como el agujonazo de una clave de sol muda, en la que orondas grafías emborronan con círculos vacíos un pentagrama ciego.

Escucho un silencio latente e impertinente que resuena en mi conciencia, como la gota de un grifo mal cerrado por el que se escapan las lágrimas no derramadas de una despedida inexistente. A veces siento que a mis espaldas resuena el portazo que nunca se dio y me da miedo comprobar si esa cancela sigue abierta.

Creo que entre tú y yo no hubo adios. Sin embargo los días se estiran interminables sin comprender el origen de este silencio. Cobarde mi boca se sella, esperando que la puerta en la que tantas veces llamé permanezca abierta, y que el aldabón que dejé de acariciar mantenga su eco y en el interior de esta oscuridad perenne se enciendan tus ojos buscando una respuesta.

Me siento en el zaguán, apoyo en su jamba mi cabeza, y espero.»

Aimar

No sé cuántas veces he rechazado los cientos de correos que bombardean el buzón, intentando conmover nuestros sentimientos con el caso de un niño o niña afectados por una enfermedad de las denominadas raras, que precisa una rápida intervención. La gran mayoría de las veces he pensado que se trata de un intento de estafa y, sin pensarlo, lo he arrojado con saña en la papelera de reciclaje.

Ayer recibí una llamada de teléfono. Esta vez no era un desconocido que se ocultara tras un dudoso correo y un número de cuenta. Era una amiga visiblemente preocupada por la salud del hijo de unos amigos. Querían organizar un festival benéfico y me pedían ayuda.

Se llama Aimar y nació el 5 de octubre pasado. Padece una enfermedad llamada epilepsia farmaco-resistente. A sus menos de 10 meses de vida se ha acostumbrado a luchar cada día contra las continuas crisis que impiden que haga una vida normal. Ha viajado de hospital en hospital y de médico en médico buscando una solución a su enfermedad que parece llegar a través de una cara operación.

Los amigos y amigas rápidamente se han movilizado para conseguir fondos para costearla. El próximo sábado, día 28, celebrarán en Cilleros un festival en el que colaborarán los grupos folkloricos de la zona y, posteriormente, el 18 de septiembre, intentaremos reunir de nuevo a todo el mundo con un festival de rock y discomóvil que apadrinará el cantante extremeño Huecco. Por su agenda seguramente no podrá asistir, pero inmediatamente se ha puesto en contacto con nosotros para ofrecernos su colaboración.

Yo os invito a conocer la historia de Aimar a través de su blog y, si es posible, colaborar en la medida en que podáis.

Un abrazo.

http://aimardos-santos.blogspot.com/

Momentos 6

Miguel, Miguelín, fue un niño pequeño y enfermizo. La descuidada alimentación que había podido recibir durante sus primeros meses de vida dejaron en su piel un macilento rastro blanquecino, casi amarillento, unas malváceas ojeras permanentes, y una débil estructura ósea que apenas podía soportar su exigua enjundia.

La fractura que su inexperta madre le había ocasionado en el fémur derecho, cuando apenas contaba con 4 meses de vida, al intentar evitar que cayera de la cama dónde le cambiaba de pañal, le castigó de por vida con una leve cojera que le confería un aspecto aún más desaliñado y lamentable.

Su cabello era rubio pálido, casi blanco, y colgaba sobre sus hombros a modo de desordenada estopa, regalándole una imagen casi siniestra en conjunción con sus grandes ojos saltones, que pretendían escapar del amoratado pozo de sus párpados, y los no menos violáceos labios, que siquiera dibujaban un rayón en su rostro nacarado.

Con los años su faz se fue tintando con rastros de enfermedades mal curadas, como el sarampión o la varicela, y una prematura pubertad, plagada de granos purulentos que le condenaron, aún más si cabe, a un completo ostracismo.

Momentos 5

Sostenía aún el aldabón en la mano cuando recordó a Raquel.

Se fue a vivir a casa poco antes de que Miguel muriera, y luego se quedó como un miembro más de la familia. Su familia natural le dio la espalda cuando su embarazo empezó a ser evidente y la madre de Miguel no pudo evitar compadecerse de ella por el paralelismo con su propia vida.

Fue su primer amor. Pese a ser la futura madre del que sería su sobrino no pudo evitar enamorarse locamente, más aún cuándo a la muerte de Miguel se mostró como una chica frágil y vulnerable, necesitada de todo tipo de atenciones.

Durante los dos meses restantes de embarazo desde el óbito de Miguel la dispensó cada segundo de su tiempo. Pese a tener tan sólo 13 años, el reciente fallecimiento de su hermano le había proporcionado un repentino golpe de madurez, reflejado en una mirada triste y dura, que nunca le abandonaría, y decidió tomar en única herencia la responsabilidad de cuidar de Raquel y el recién nacido. Con ella descubrió el sexo sin apenas haber cumplido los 14, y de ella probó por primera vez el amargo sabor del desengaño pocos meses después, el día que la vio partir en una caravana con un loco vividor de 40 años que recorría el mundo en busca de aventuras. Nunca más volvió a saber de ella, aunque sistemáticamente la encontrara en cada mujer que amó a partir de entonces.

En casa quedó dolor, silencio, rabia y un bebé de pocos meses que reemplazó, en nombre y atenciones, a su difunto hermano.

Momentos 4

Los veranos eran secos y calurosos. Desde que abandonaron aquella localidad costera para desplazarse a una árida plaza de interior, buscando una mayor estabilidad en la siempre precaria situación familiar, habían cambiado la arena de playa por lúgubres horizontes borrosos de trigo al sol, apaciguados tan sólo por alguna furtiva escapada a la garganta de las águilas, amparados siempre en la complicidad mutua, y el discreto consentimiento secreto de una madre, que prefería ignorar conscientemente las arriesgadas hazañas de sus vástagos a condenarles al ostracismo de aquellos estíos infernales.

Su madre era una mujer menuda, enfundada casi de forma perenne en una raída bata de fieltro azul que el tiempo había ido marcando con inusitadas condecoraciones de jirones, salpicaduras de lejía, o descuidadas quemaduras de plancha, que parecían radiografiar la vetusta enjundia que cubrían.

Con el tiempo había aprendido a soportar los continuos menoscabos que la vida le había deparado. Preñada, no sin violencia, a los 17 años se había visto obligada a casarse por imperativo social con un rudo aspirante a nada al que, para mayor de los males, terminó amando.

Pronto entendió que la lucha por el dorado no era más que una permanente sucesión de infortunios que laceraban su piel, consumiendo hasta su último hálito, a la par que su vieja bata, único ajuar que le legó su madre antes de expulsarla, avergonzada, del hogar familiar.

Momentos 3

Miguel murió a los 17 años cuando él apenas contaba 13. En el funeral todos coincidieron en que había querido vivir demasiado deprisa. Una inoportuna mancha de aceite se había cruzado en su camino cuando pretendía hacer un salto inverosimil con su moto. Dejaba atrás una vida llena de sobresaltos para sus padres y una novia de 15 años embarazada de 7 meses.

Lo recordaba como un espíritu libre, a Miguel siempre le había gustado identificarse así. En su memoria se repetía una y otra vez aquella escena de verano en que, subidos a lo alto de un promontorio miraron abajo, a una pequeña poza en el río a unos 30 metros de altura, y Miguel le dijo, «La vida es un salto. Si lo calculas bien el miedo a tus propios errores se perderá en una sensación de vértigo y una descarga de adrenalina que hervirán al sentir el contacto con el agua, y cuando asciendas, el sol filtrándose a través del agua, te demostrará que eres capaz de cualquier cosa. Si no lo calculas, nunca sabrás que te equivocaste.»