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Momentos 18

Había llegado hasta el lugar ansiado y ahora no sabía qué hacer. Con su mano derecha apretaba vigorosamente la chaqueta,  como si con ese gesto pudiese escudriñar en su pensamiento la mejor opción. No sabía si esperar a la salida de las jóvenes estudiantes y dirigirse a su Mary Jane particular, o si era preferible dejar la chaqueta a quien abriera la puerta, argumentando haberla encontrado en la calle.
Optó por esta opción por considerarla la menos arriesgada, aunque previamente se acercó a un comercio próximo y pidió un lápiz y un papel, en el que escribió la dirección de la pensión en la que había pernoctado la primera noche, y lo deslizó en uno de los bolsillos. No tenía pensado de momento volver a aquella acogedora morada pero era su única referencia en la ciudad.
Sostuvo por unos segundos en su mano el aldabón de la puerta en un gesto que se repetiría años después. 
En aquel momento de reflexión sobre su pasado no pudo evitar comparar aquellas situaciones idénticas de miedos, temores e incertidumbres, unidos en un simbólico aldabón, que podía abrir puertas o responder con silencios o, lo que es peor, reproches.
Como haría en el futuro golpeó con inseguridad, primero un golpe tímido, casi inaudible, y luego uno seco, decidido.
Abrió la puerta una anciana de hábito gris y toca amarillenta que le examinó de arriba a abajo antes de preguntar con tono poco hospitalario por el motivo que le llevaba allí. Sin apenas poder pronunciar palabra sostuvo frente a la monja la prenda de la muchacha y en aquel momento se dio cuenta de su error. En el colegio habría cientos de chicas y nadie iba a ir preguntando una a una si aquella era su chaqueta y, en caso de encontrarla, seguramente le caería una fuerte reprimenda por haber extraviado una parte de su uniforme, así que, sin dar más explicaciones echó a correr calle abajo con la rebeca aún en sus manos.

Momentos 17

Salió corriendo a buscarla. Le pareció haber observado cómo se dirigía a la izquierda, y en un principio  siguió esa trayectoria sorteando gente entre la multitud. Cuando llevaba alrededor de 2 minutos sin poder encontrarla en el horizonte se paró a recuperar el resuello. 
En ese momento pensó; si el parque estaba en dirección contraria, y ella lo cruzaba de norte a sur cuando le encontró, era imposible que el colegio estuviese en aquel sentido. Así que giró sobre sus pasos y echó a correr en dirección al jardín donde se habían conocido. Una vez allí tomó de nuevo aliento. Se situó en el mismo punto en que se habían encontrado. Reconstruyó la situación. Y partió de nuevo siguiendo la trayectoría que ella llevaba en el momento de conocerse. 
Poco tiempo después paró. En el tiempo que había tardado en encontrar el camino correcto ella seguramente habría llegado ya al colegio, o habría tomado alguna de las más de diez calles que desembocaban en aquella avenida.
Decidido empezó a preguntar a los transeuntes por algún colegio de monjas cercano. Nadie supo decirle. La mayoría ignoró su presencia mirándole con indiferencia. Otros incluso lo tomaron por un depravado, y amenazaron con llamar a la policía. Intentó explicarse. Señaló que había encontrado aquella chaqueta verde y que quería devolverla a su legítima propietaria. No le creyeron.
Desolado se sentó en un portal a descansar. Las pocas fuerzas que había recuperado con el profuso desayuno se habían desvanecido en aquella infructuosa carrera. Pensó que era una locura.  Que estaba enfermo. Que la gente tenía razón y era un pervertido. Estaba corriendo detrás de una niña de no más de 15 años, y no sabía si era  por devolverle la chaqueta, o si lo que realmente pretendía era volver a verla. Volver a sentir el calor de su mano guiándole por la ciudad. Volver a sumergirse en aquellos ojos de un verde casi ceniza que tanta paz, tranquilidad y sosiego le habían contagiado. 
Asustado se dispuso a dejar la chaqueta en aquel portal y marcharse, cuando vio que sobre aquella enorme puerta de madera, ante la cual se había sentado, rezaba un enorme cartel: «Esclavas del sagrado corazón de Jesús».

Momentos 16

No sabía qué le había sorprendido más, si el hecho de que una joven, casi niña, conociera con tanto detalle la obra de Twain, o su rapidez a la hora de establecer aquel paralelismo. Él sólo había dicho Huck, podría ser cualquier Huck. De hecho le parecía casi imposible que nadie identificase automática e inmediatamente aquel apodo con el antihéroe de la literatura americana.
Se limitó a sonreir. Ella le  conminó a levantarse. «Ven, te invito a desayunar», le indicó. Agradecido declinó la invitación. No podía permitir que una adolescente malgastara sus ahorros en un indigente como él. Ella insistió y prácticamente lo llevó arrastras hasta una cafetería. Pidió ella misma para evitar que, por cortesía, se quedase con hambre. Dos rosquillas glaseadas, un delicioso bollo de nata y un chocolate casi hirviente, que él engullió casi sin respirar. Se disculpó por su voracidad, excusándose en las más de 15 horas sin probar bocado. Ella asintió comprensiva, miró su reloj y, azorada, pidió disculpas a su vez. Había faltado ya a la primera hora de clase, explicó, y las monjas pronto harían saltar la voz de alarma si no aparecía.
Con un cálido beso en la mejilla se despidió, y salió corriendo de la cafetería tras pagar el copioso desayuno. Al llegar a la puerta echó un rápido vistazo a la mesa, dónde él aún apuraba las últimas migas y, con un, «nos volveremos a ver», desapareció entre la muchedumbre que ya empezaba a poblar las calles. Las mismas hileras de hormigas que tanto le habían asustado el día anterior.
Acercó la taza al mostrador, recogió su pequeño hato, en el que guardaba las pocas prendas con que viajaba ,y fue entonces cuando se dio cuenta. Sobre sus hombros aún descansaba la suave chaqueta verde de la joven.

Momentos 15

La adolescente le miró sobrecogida. Posiblemente nunca había visto a un hombre llorar. No supo qué decir. Tan sólo puso una mano compasiva sobre su hombro y se agachó buscando sus ojos para tranquilizarlo con su mirada. Él apenas los levantó para descubrir, de nuevo, aquel inocente universo colmado de ternura, unos grandes ojos color olivo, salpicados de diminutas motas de matices pardos, como pequeñas constelaciones, que irradiaban tranquilidad. En un suspiro sorbió sus dudas, sus miedos, sus muestras de debilidad, y, con voz sibilante repitió varias veces la palabra “gracias”.
“No te preocupes”, dijo ella, “¿Qué te pasa?”, inquirió. 
Atropelladamente resumió, con voz aún temblorosa, las vivencias de los últimos días. El tren, la pensión, el gordo seboso que le había negado el trabajo prediciendo su muerte en alguna esquina, el bocadillo de mortadela, la noche en el parque, aquel frío hiriente que se había clavado en sus huesos,… No contó nada de su vida anterior. No explicó qué hacía en aquel tren, por qué se encontraba en Madrid con menos de quinientas pesetas, ella tampoco preguntó, gesto que él, en silencio, también agradeció.
Le preguntó su nombre. Dudó un momento, y cuándo se disponía a hacer una presentación mínimamente formal, decidió que su identidad  era parte de ese pasado que no quería desvelar y musitó, “llámame Huck”. Fue el primer nombre que se le ocurrió, por Huckleberry Finn, posiblemente uno de los responsables de que él estuviera ahora allí.
Ante su sorpresa ella pareció comprender la ironía y, con una sonrisa pícara, señaló “llámame Mary Jane”.

Momentos 14

En lugar de en calor, el frío se convirtió en un fuerte estremecimiento, que se hendió en su estómago. Convulsionado se apoyó en un árbol cercano y comenzó a vomitar una bilis amarilla y ácida que le recordó que no comía nada desde el exiguo bocadillo de embutidos de la mañana anterior. Sus ojos, vidriosos y enrojecidos, reventaban en lágrimas de dolor, que empezaban a mezclarse con las de rabia e impotencia. 
Recordó su primera borrachera, a los 12 años, y aquellas nauseas que parecían preconizar su muerte. «Si aguanté aquel día hoy no será menos», pensó. Medio asfixiado por su propio vómito intentó secarse el frío sudor que le recorría la frente. Al soltarse del árbol, un fuerte dolor intestinal le hizo retorcerse de nuevo, cayendo al suelo, dónde no podía parar de tiritar, en una especie de espasmo muscular que agitaba cada centímetro de su cuerpo.
Una joven, de no más de 15 años, se acercó temerosa. «¿Le pasa algo señor?», preguntó, «¿Se encuentra bien?». No pudo contestar, alzó la cabeza como pudo para descubrir la mirada más dulce que jamás había visto. Alzó su mano, rogativa de ayuda. La chica, asustada, dio un paso atrás, que pronto recompuso para ayudarle a incorporarse. Agradecido agachó su cabeza en una sumisa circunflexión. Ella, sin soltar su mano le condujo al banco más cercano y le invitó a sentarse. «¿Se encuentra bien?», repitió.
«Puedo asegurar que he tenido días mejores», ironizó con una especie de mueca que fingía una sonrisa que le pareció espantosa. «Tengo frío», balbució.
La joven miro tímida a su alrededor y se quitó la liviana chaqueta verde de punto que cubría sus desnudos brazos, cubiertos ahora tan sólo por una fina blusa blanca de manga corta. «No es gran cosa», señaló, «pero algo hará».
Intentó impedirlo, al ver como de pronto la tersa piel de la muchacha se erizaba punteando cada folículo piloso, pero el tacto de aquella suave prenda sobre su cuerpo, y el aroma a vainilla que despedía, amainaron rápidamente su trémolo temblor, aferrándose a ella como aquel niño naufrago del sueño a la madera. Con un tenue y casi imperceptible agradecimiento bajó la cabeza, y en una sobrecogedora posición casi fetal, comenzó a llorar desconsoladamente.

Momentos 13

El sol había apretado en las últimas horas de la tarde y el suelo parecía completamente seco. Por eso regresó al mismo parque dónde había comido y decidió pasar allí la noche. Un pequeño regato lo rodeaba, escondido tras un seto que le podía servir a su vez de cobijo. Se aseguró de que el cesped estaba perfectamente árido, colocó su mochila a modo de almohada, apoyada en un árbol cercano, y se acomodó tras la pantalla de aligustre, oculto completamente a la vista de cualquier curioso.
El colchón de grama le ofreció un cómodo jergón sobre el que reposar, y su olor a hierba  y la humedad del riachuelo cercano le condujeron a tiempos mejores, en los que sus pulmones disfrutaban de la naturaleza entre juegos infantiles cerca del río.
El sonido de los últimos visitantes del parque, algún niño rezagado, una pareja errante dibujando su amor en un banco, o algún noctámbulo paseando su perro, se fueron apagando a medida que el cielo se poblaba de estrellas. 
Observó el ocaso atónito, y lo comparó con aquellos anocheceres tirado en el cesped junto a su hermano, disfrutando a hurtadillas de sus primeros cigarros, mientras inventaban constelaciones con nombres propios. «Aquella», recordaba, «se parece al profesor de matemáticas, alta y desgarbada», «aquella dibuja una oronda panza como la de don Rafael, el cura de la parroquia»… Así pasaban eternas noches, imaginando un cielo plagado de  luminosos dibujos animados, con personajes de la vida real.
Miguel le dijo un día que los rusos habían llegado hasta las estrellas. Que en los periódicos y la televisión no había salido nada porque Franco estaba aliado con los americanos y lo había prohibido, para darle mayor importancia a la conquista de la luna, pero que en cada estrella había un misil apuntando a España para acabar con el franquismo. Él tenía miedo. Pensaba que si aquellos misiles se disparaban no sólo acabarían con la dictadura, sino con todos los habitantes de la tierra. ¿Cómo iban a apuntar tan bien tantos misiles? Pero nunca se lo dijo a su hermano.
Aquel cielo era distinto, las estrellas se veían mucho más apagadas y había que hacer un gran esfuerzo para distinguirlas, sin embargo, apurando mucho la vista consiguió encontrar la M que tras la muerte de su hermano Miguel había trazado en el cénit.
Observándola se quedó dormido, para despertarse pocas horas después cuando el rocío de la mañana comenzó a hacer estragos y se le clavó en el cuerpo como un gélido aguijonazo. Aterido de frio se acurrucó junto al árbol en posición fetal, esperando entrar en calor, pero su cuerpo tiritaba de forma preocupante sin poder apenas guardar el equilibrio. Como pudo se levantó semiencogido y echó a correr, esperando entrar así en calor.

Momentos 12

Durante horas dibujó un itinerario sin sentido por las calles de la ciudad, un errático recorrido en el que se sintió empequeñecer a medida que se iba confundiendo con una multitud encolerizada por las prisas. Poco a poco su autoestima fue menguando a jirones, entre los codazos y empellones de los ríos incontrolados de personas que circulaban, en armónico desorden, como miembros de una imaginaria hilera de hormigas.
Todos menos él tenían un rumbo, una razón para formar parte de aquella marabunta. Era la única pieza descolocada, se sentía, pensó, como debía sentirse aquel botón que un día sustituyó a una ficha perdida del parchís. Volvió a pensar en casa y en las partidas de los domingos de lluvia por la tarde. Le pareció ver como su integridad se desprendía de su cuerpo y se deslizaba por la rejilla de una alcantarilla. Pensó que se estaba volviendo loco y decidió buscar algo para comer.
Entro en una pequeña tienda a la que un raído letrero otorgaba el carácter de «ultramarinos», y compró un bollo de pan y  doscientos gramos de mortadela con aceitunas. Una manera de comer dos platos, bromeó para si mismo.
Salió del comercio y se dirigió al parque más cercano, en el que se sentó en un frio banco a degustar su primer menú menesteroso.
Unos niños jugaban al fondo saltando sobre los charcos que el suelo no había drenado de las lluvias de la noche anterior. Se acordó de su hermano Miguel, y cómo disfrutaban saltando sobre los charcos los días de lluvia, y de su madre, y de sus broncas y azotes en el trasero, cuando llegaban a casa completamente empapados y con barro hasta en las cejas. Enfadado consigo mismo buscó un charco, y saltó sobre él hasta quedarlo vacío. Pronto se arrepintió, cuando el frío del agua en sus pantalones empezó a ser casi doloroso y recordó que no habría nadie para secárselo.
Afortunadamente, como predijo la dueña de la pensión, las temperaturas habían subido ligeramente y el cielo se mostraba claro, bajo una nube gris de contaminación que le robaba su azul.
Deberían ser aproximadamente las cuatro de la tarde y pensó que, aunque aún quedaran muchas horas hasta el ocaso, debía ir buscando algún lugar donde dormir.

Momentos 11

Se levantó temprano. Aquella pesadilla apenas le había dejado dormir. Intentó descifrarla, buscar una explicación, algo que su subconsciente quisiera decirle a través de aquel sueño infantil., pero se encontró con varias dudas que desviaban su comprensión. Reconoció el recuerdo de su madre en aquella bata azul, y se vio identificado con aquel niño perdido en la marea, pero, ¿qué significaban aquellas enredaderas?¿A quién gritaba su madre antes de que él se metiera en el agua? ¿Por qué nadie actuó para ayudarles?
Pese a que no eran ni siquiera las 7 de la mañana cuando se levantó, se encontró la casa inundada en un agradable aroma a café que de nuevo le devolvió a los recuerdos de su casa. Pensó que posiblemente se hubiese equivocado abandonándola y por primera vez sintió miedo y quizás, nostalgia. Pensó en su madre, que estaría a punto de levantarse, y cómo se sentiría al encontrar su cuarto vacío. Pensó en su sobrino ,y si en su eterno absentismo vital sería capaz de manifestar alguna muestra de añoranza. Pensó en su padre, y en si se habría percatado de que ya no estaba en casa.
Cuando abandonó el cuarto la dueña de la casa salió a su encuentro. Parecía más joven que la noche anterior. Le invitó a tomar café en la cocina antes de irse. Le entregó sus ropas, perfectamente lavadas y planchadas, con un agradable olor a lavanda, y le devolvió el dinero que le había cobrado la noche antes por su estancia. Aunque lo rechazó inicialmente, ella insistió en que se lo quedase. Dijo que le haría más falta que a ella, y que estaba segura de que un día se lo devolvería, cuando la vida le sonriese. Le hizo gracia la expresión. Acostumbrado a las muecas burlonas que habitualmente le dispensaba la vida creía difícil poder reconocer una sonrisa. Agradeció el caritativo gesto y se despidió prometiendo volver en cuanto pudiese corresponderlo.
La calle seguía oliendo a tierra mojada, aunque el olor se mezclaba con el inconfundible aroma a ciudad, a humeantes tubos de escape, hollinadas chimeneas y salobres transpiraciones humanas. De una cafetería cercana salía una deliciosa fragancia de pan recién horneado y dulces de almendra y nuez. Se quedó embelesado mirando tras el cristal la magnífica exposición de dorada bollería. Quiso entrar pero recordó que ya había desayunado, y que su posición económica no podía permitir lujos como un segundo almuerzo.
Se dirigió a las obras del metro dónde preguntó por el encargado, un hombre obeso, de aspecto desaliñado, que pese a la humedad del día y las bajas temperaturas vestía tan sólo una camiseta interior de tirantes y sudaba generosamente. Tras una tupida barba descuidada escupió, literalmente, pues cada fonema bilabial que pronunciaba iba acompañado de un salivazo, que no necesitaban a nadie, que quizás en una semana, cuando alguno de aquellos gandules que ahora trabajaban para él se volviera corriendo a la falda de su mamá demandando su paga de los domingos, podrían necesitarlo, si no se había muerto antes en alguna esquina apaleado por los civiles.
Asustado se despidió prometiendo volver el lunes siguiente. Como no tenía ninguna forma de contacto dio el nombre de la pensión en la que había pasado la noche para no parecer un indigente y señaló, que si salía algo antes, se lo hicieran saber por medio de alguno de los obreros que se alojaban allí. El encargado no pareció prestar mucha atención.
Desolado comenzó a caminar sin rumbo por la ciudad que poco a poco iba despertando, sobrecogido y aturdido por tanto movimiento.

Momentos 10

Aquella noche soñó con el pueblo marítimo en que había vivido de niño, siendo casi bebé. Con aquella playa grisacea salpicada de rocas que le inferían una imagen peligrosa y siniestra.

Prácticamente no recordaba aquella localidad costera, pero en su sueño sus vívidos detalles la convertían en una fresca invocación reciente.

Unos niños jugaban despreocupados en la arena, al igual que en aquella vieja fotografía que encontraría en la basura años después, mientras en la orilla se agolpaba nervioso un, cada vez más numeroso, grupo de adultos.

En el centro, una señora con bata azul, con la vista fija en el horizonte, llamaba con voces desesperadas a alguien, sin que pudiese distinguirse el nombre que gritaba. Las lágrimas de la mujer iban convirtiéndose en el suelo en un charco de barro, que empapaba el pantalón vaquero que sobresalía bajo su albornoz. De repente uno de los niños echaba a correr mar adentro sin que ninguno de los testigos moviese un músculo por evitarlo.

La mujer intentaba correr tras el pequeño, pero unas plantas enredaderas que nacían bajo la arena alrededor de sus piernas lo evitaban, haciéndole caer al suelo. Desesperada intentaba salir gateando, pero sus manos se agrietaban en cienmil heridas que ensangrentaban la playa y la hacían caer de nuevo, esta vez de bruces, contra el suelo, que ahora parecía de asfalto. Poco a poco la marea iba subiendo hasta cubrir el cuerpo inerte de la mujer, y los testigos que se habían arremolinado alrededor suya al oir las voces se iban marchando indiferentes, como si no viesen nada.

Al fondo, en el horizonte, el pequeño que había entrado en el agua se abrazaba a una traviesa de madera que flotaba en el mar y exhausto se dejaba llevar por la corriente.

Momentos 9

Bajó del tren en la estación de Chamartín, cuando el sonido de la locomotora al parar se confundía con el de un trueno que le daba la bienvenida, augurando un difícil futuro en la capital. Apretó en su bolsillo las cinco monedas que le acompañaban como única riqueza, y se encaminó hacia el exterior sin saber realmente dónde se dirigía.

Las primeras gotas del otoño empezaron a deslizarse por su rostro, en una sensación encontrada de frescor e incertidumbre; el choque entre el nacimiento de una nueva vida contra las dudas sobre su futuro, la ilusión del renacer contra la conciencia de puertas sin cerrar a sus espaldas, y cicatrices malcuradas en falso, sin anestesia ni cirujía.

Cada paso marcaba una huella nueva en una vida por empezar, mientras la lluvia, que empezaba a calar, diluía las que detrás dibujaban el camino de vuelta a casa.

Las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos del suelo, en un caleidoscopio gigantesco que aumentó su confusión inicial. Los colores, brillos, ruidos y olores de la urbe le apabullaron por momentos, provocando un estado de rigidez que impidió que reaccionara durante varios minutos eternos. Su cabello caía empapado sobre su cara, y la fútil vestimenta que le cubría se convirtió en un gélido sudario, que envolvía un cuerpo casi inerte en mitad de la nada. Una nada espacio-temporal en la que habitaba.

El paso de un coche excesivamente cerca del acerado le despertó de su abstracción, al vaciar sobre sus pantalones el contenido de un sucio charco de barro. Calado, sucio y desconcertado corrió buscando un hostal en el que refugiarse.

En las cercanías de la calle de los Cedros encontró una vieja pensión. Llamó a la puerta y una señora de avanzada edad le abrió malhumorada. Rápidamente se excusó, culpando al repentino mal tiempo de su estado anímico. Le miró de arriba a abajo compadeciéndose de su estado y le invitó a entrar.

Se trataba de una vieja casa renacentista decorada sin orden ni arbitrio, con porcelanas y paños de ganchillo colgando en sus paredes que parecían exhibirse en una exposición etnográfica. Sus paredes amarillentas denunciaban una evidente falta de higiene y limpieza, y el olor a tabaco impregnado en sus cortinas reflejaba el continuo paso de descuidados clientes por sus habitaciones.

La dueña de la casa le invitó a sentarse a la mesa camilla del comedor. La repentina llegada del frío y las lluvias había impedido que se encontrara preparada para ofrecerle el calor del viejo brasero de picón que descansaba vacío bajo sus tablas, pero las faldillas de paño podían dispensarle algún refugio a sus húmedos huesos, señaló la casera. Él agradeció la oferta pero adelantó su situación económica a la generosa mujer antes de aceptar cualquier favor. La señora agradeció su sinceridad y repitió su oferta.

El precio de la habitación era de 800 pesetas diarias, pero su caridad cristiana, señaló, no le permitía dejarlo marchar en esas condiciones aquella intempestuosa noche. Le pidió veinte duros, por los gastos de luz, agua y gas para que pudiera bañarse, y se ofreció a devolverle la ropa limpia y seca al día siguiente antes de partir. Según indicó, el parte había anunciado una mejoría del tiempo para los próximos días. Lamentó no poder ofrecerle una mayor hospitalidad, pero las obras del metro cercano se retomarían ese mismo lunes, y esperaba que los obreros de la construcción ocuparan todas las habitaciones a los precios oportunos, y no podía dejar escapar esa oportunidad. Le animó a acercarse a la oficina central de la concesionaria de las obras a buscar trabajo.

Agradecido ocupó su habitación. El contacto de su piel desnuda con las sábanas de franela le trasladó a una infancia que recordaba excesivamente distante, tanto que incluso parecía confundirse con la de alguno de los personajes de la literatura que recreaba en su memoria. Rápidamente el cansancio y el agotamiento vencieron a los mil sentimientos de duda que se agolpaban en su conciencia y se quedó dormido.