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Momentos 8

Nunca obtuvo respuesta.

Sin nada que le atara ya a aquella vida de miseria y abandonos decidió buscar suerte en Madrid, y con quinientas pesetas en el bolsillo, dos pantalones, una camiseta y una muda en la mochila, dijo adiós a aquellos páramos casi desérticos, dejando atrás la celeste silueta ajada de su madre, la sesteante figura amorfa de su padre, que permanentemente sudaba en el sofá en un compás de desafinados ronquidos, y el delicado espectro de un sobrino que, poco a poco, se extinguía en un rincón, prácticamente mimetizado con la calcárea pared de su habitación.

Sobre la mesilla de noche abandonó, a medio leer, el último libro que había empezado y que, posiblemente fue el detonante para tomar aquella drástica decisión que ahora le apartaba de su hogar.

Nunca fue un buen estudiante. Su azarosa existencia le empujó a buscar alicientes para vivirla más allá de los teoremas y tablas que los profesores se empeñaban en enseñarle. Sin embargo la lectura le apasionó desde pequeño. Mientras el sol lucía vagaba por las calles persiguiendo su futuro, delante de algún policía o vecino recriminante con su actitud, pero al caer la noche Twain, Ende, Kippling, Andersen o Irving se convirtieron en sus tutores, cuando a cada luna se encerraba en su habitación a recrear mundos imaginarios en los que le gustaría vivir.

Siempre quiso ser Tom Sawyer, Bastian Dux o incluso Mowgli, pero la realidad le condenó a ser Huckleberry Finn, cuyas aventuras estaba leyendo cuando decidió cerrar su hato y buscar su sino en otros mundos, lejos de aquel segundo círculo del infierno de Dante en el que habitaba.

Momentos 7

El olvido había sido parte de su compañía toda su vida. Veía reflejados en Miguelín los desdeños que la propia existencia le dispensaba, y su debilidad no era más que la reacción común a un viento siempre en contra. Su segundo amor, Natalia, apareció con la fuerza de un ciclón y desapareció como una brisa etérea que apenas levanta el vuelo del diente de león.

No hubo adiós ni despedida. Sólo un silencio eterno, repentino e injustificado, que fue extendiéndose en el tiempo hasta convertirse en rutina. Hasta desaparecer en la cotidianeidad de la indiferencia, como si nunca hubiese existido. Nunca entendió auqel distanciamiento.

En un exánime esfuerzo escribió una carta que nunca obtuvo respuesta:

«No me gusta irme de los sitios sin despedirme. Sin echar al menos un vistazo atrás y recorrer con un mohín de cariño la órbita vertical de mi frente a modo de saludo. A veces ese gesto no va acompañado de palabras. A veces, sin saber por qué, se atragantan en mi garganta, expandiéndose discretamente entre mis bronquiolos, en un espasmo aerofágico que lastima el corazón.

Esas veces soy incapaz de describir si ese dolor estaba antes, o fue tan sólo un reflejo del aire de las palabras no pronunciadas escapándose en una diástole asíncrona.

A veces no recuerdo si fui yo quien dijo la última palabra, y aunque peque de querer obtener siempre ese beneficio, intento aguzar el oído en mi marcha para encontrar siquiera un suspiro, que me de aliento para volver a hablar.

A veces el silencio me duele en los oídos. Se clava en mi mente como el agujonazo de una clave de sol muda, en la que orondas grafías emborronan con círculos vacíos un pentagrama ciego.

Escucho un silencio latente e impertinente que resuena en mi conciencia, como la gota de un grifo mal cerrado por el que se escapan las lágrimas no derramadas de una despedida inexistente. A veces siento que a mis espaldas resuena el portazo que nunca se dio y me da miedo comprobar si esa cancela sigue abierta.

Creo que entre tú y yo no hubo adios. Sin embargo los días se estiran interminables sin comprender el origen de este silencio. Cobarde mi boca se sella, esperando que la puerta en la que tantas veces llamé permanezca abierta, y que el aldabón que dejé de acariciar mantenga su eco y en el interior de esta oscuridad perenne se enciendan tus ojos buscando una respuesta.

Me siento en el zaguán, apoyo en su jamba mi cabeza, y espero.»

Momentos 6

Miguel, Miguelín, fue un niño pequeño y enfermizo. La descuidada alimentación que había podido recibir durante sus primeros meses de vida dejaron en su piel un macilento rastro blanquecino, casi amarillento, unas malváceas ojeras permanentes, y una débil estructura ósea que apenas podía soportar su exigua enjundia.

La fractura que su inexperta madre le había ocasionado en el fémur derecho, cuando apenas contaba con 4 meses de vida, al intentar evitar que cayera de la cama dónde le cambiaba de pañal, le castigó de por vida con una leve cojera que le confería un aspecto aún más desaliñado y lamentable.

Su cabello era rubio pálido, casi blanco, y colgaba sobre sus hombros a modo de desordenada estopa, regalándole una imagen casi siniestra en conjunción con sus grandes ojos saltones, que pretendían escapar del amoratado pozo de sus párpados, y los no menos violáceos labios, que siquiera dibujaban un rayón en su rostro nacarado.

Con los años su faz se fue tintando con rastros de enfermedades mal curadas, como el sarampión o la varicela, y una prematura pubertad, plagada de granos purulentos que le condenaron, aún más si cabe, a un completo ostracismo.

Momentos 5

Sostenía aún el aldabón en la mano cuando recordó a Raquel.

Se fue a vivir a casa poco antes de que Miguel muriera, y luego se quedó como un miembro más de la familia. Su familia natural le dio la espalda cuando su embarazo empezó a ser evidente y la madre de Miguel no pudo evitar compadecerse de ella por el paralelismo con su propia vida.

Fue su primer amor. Pese a ser la futura madre del que sería su sobrino no pudo evitar enamorarse locamente, más aún cuándo a la muerte de Miguel se mostró como una chica frágil y vulnerable, necesitada de todo tipo de atenciones.

Durante los dos meses restantes de embarazo desde el óbito de Miguel la dispensó cada segundo de su tiempo. Pese a tener tan sólo 13 años, el reciente fallecimiento de su hermano le había proporcionado un repentino golpe de madurez, reflejado en una mirada triste y dura, que nunca le abandonaría, y decidió tomar en única herencia la responsabilidad de cuidar de Raquel y el recién nacido. Con ella descubrió el sexo sin apenas haber cumplido los 14, y de ella probó por primera vez el amargo sabor del desengaño pocos meses después, el día que la vio partir en una caravana con un loco vividor de 40 años que recorría el mundo en busca de aventuras. Nunca más volvió a saber de ella, aunque sistemáticamente la encontrara en cada mujer que amó a partir de entonces.

En casa quedó dolor, silencio, rabia y un bebé de pocos meses que reemplazó, en nombre y atenciones, a su difunto hermano.

Momentos 4

Los veranos eran secos y calurosos. Desde que abandonaron aquella localidad costera para desplazarse a una árida plaza de interior, buscando una mayor estabilidad en la siempre precaria situación familiar, habían cambiado la arena de playa por lúgubres horizontes borrosos de trigo al sol, apaciguados tan sólo por alguna furtiva escapada a la garganta de las águilas, amparados siempre en la complicidad mutua, y el discreto consentimiento secreto de una madre, que prefería ignorar conscientemente las arriesgadas hazañas de sus vástagos a condenarles al ostracismo de aquellos estíos infernales.

Su madre era una mujer menuda, enfundada casi de forma perenne en una raída bata de fieltro azul que el tiempo había ido marcando con inusitadas condecoraciones de jirones, salpicaduras de lejía, o descuidadas quemaduras de plancha, que parecían radiografiar la vetusta enjundia que cubrían.

Con el tiempo había aprendido a soportar los continuos menoscabos que la vida le había deparado. Preñada, no sin violencia, a los 17 años se había visto obligada a casarse por imperativo social con un rudo aspirante a nada al que, para mayor de los males, terminó amando.

Pronto entendió que la lucha por el dorado no era más que una permanente sucesión de infortunios que laceraban su piel, consumiendo hasta su último hálito, a la par que su vieja bata, único ajuar que le legó su madre antes de expulsarla, avergonzada, del hogar familiar.

Momentos 3

Miguel murió a los 17 años cuando él apenas contaba 13. En el funeral todos coincidieron en que había querido vivir demasiado deprisa. Una inoportuna mancha de aceite se había cruzado en su camino cuando pretendía hacer un salto inverosimil con su moto. Dejaba atrás una vida llena de sobresaltos para sus padres y una novia de 15 años embarazada de 7 meses.

Lo recordaba como un espíritu libre, a Miguel siempre le había gustado identificarse así. En su memoria se repetía una y otra vez aquella escena de verano en que, subidos a lo alto de un promontorio miraron abajo, a una pequeña poza en el río a unos 30 metros de altura, y Miguel le dijo, «La vida es un salto. Si lo calculas bien el miedo a tus propios errores se perderá en una sensación de vértigo y una descarga de adrenalina que hervirán al sentir el contacto con el agua, y cuando asciendas, el sol filtrándose a través del agua, te demostrará que eres capaz de cualquier cosa. Si no lo calculas, nunca sabrás que te equivocaste.»

Momentos 2

Era una fotografía en blanco y negro muy desgastada. Sus bordes estaban deshilachados y sus esquinas redondeadas. La imagen, notablemente agrietada, mostraba dos niños de no más de 5 y 3 años, respectivamente, sentados sobre la arena de una playa. Cubrían sus cabecitas con dos sombreros redondeados con vuelo en flor que se adivianaban de vivos colores. Uno de ellos sostenía en su mano un rastrillo de plástico mientras el otro, posiblemente una chica por la forma más femenina del bañador, que la cubría tan sólo la parte inferior de su diminuto cuerpo, esperaba con un cubo la obra de su compañero para iniciar, previsiblemente, los cimientos de un pequeño castillo de arena.

Conmovido por aquella tierna escena infantil se trasladó mentalmente a sus primeros años de vida y aquellas tardes de estío sentado en la arena de una playa, considerando que el futuro era dentro de 5 minutos y que aquellas construcciones de arena y agua constituían su mayor propiedad. Compartía juegos con su hermano Miguel, quien le enseñó a nadar, a besar a las chicas y le dio a probar su primer cigarro y su primera cerveza.

Momentos

Estaba a punto de soltar el aldabón sobre la puerta cuándo se paró un instante a reflexionar sobre aquel momento en que su vida había dado un giro inesperado para llegar al actual.

Y es que aunque resulte redundante, pensó, la vida es una secuencia de momentos que derivan en otros momentos, y así sucesivamente, estando cada detalle de nuestra vida, incluso antes, marcado por una decisión puntual en un momento, repetía, concreto.

Incluso el acto de nuestro nacimiento, en el que todavía no hemos influído con nuestras decisiones, viene dado por una serie de circunstancias anteriores que lo originan. Cómo se conocieron nuestros padres, cómo decidieron unir sus vidas, o mucho antes… cómo lo hicieron los suyos.

Recordó sus manos sucias rebuscando entre la basura algún producto caducado desechado por el supermercado del barrio en que dormía. Llevaba 2 meses en aquella barriada y nunca le había faltado una pieza de fruta, algún yogur o una loncha de fiambre perecederos que llevarse a la boca. Tenía que estar en el contenedor a las 21,15, la hora exacta en que cerraba el establecimiento, si no quería perderse los productos más ansiados por los rebuscadores de la zona. Un día incluso había podido sacar intacta una paletilla de jamón ligeramente picada con la que celebró su particular nochebuena en febrero.


Recordó cómo aquel día en que todo comenzó ¿o había empezado mucho antes? había tenido un pequeño incidente con otros vagabundos, que le llevó a perder su turno en el contenedor del supermercado, viéndose obligado a rebuscar entre la basura de una comunidad de vecinos cercana algún alimento con que saciar el hambre.

Fue allí dónde, entre restos de una cena de pizza fría convenientemente encerrados aún en su caja, encontró aquella fotografía que le trasladó a su infancia.