La coleccionista de versos III

Se lo planteó como una aventura. Su primera gesta más allá de las letras, más allá de las escritas por insignes narradores y vividas en la intimidad de un sillón y una lámpara. Más que nunca se sentía con la fuerza, las ganas o la necesidad de escribir con hechos su propia historia, de rasgar sus vestiduras de héroe de papel y diseñarse un nuevo traje, de realidad, la que él mismo escribiría.

Su trabajo como traductor de páginas web le permitía cierta movilidad. Durante años había desempeñado aquel trabajo que le permitía ocultarse como un ermitaño en su casa sin necesidad de más relación que un frío correo electrónico y alguna que otra, cada vez más esporádica, charla con sus superiores. Sus exiguos beneficios apenas le permitían ir aumentando su bien nutrida biblioteca y reúnir escasos ahorros en previsión de alguna necesidad.

Llamó a su banco. Transfirió a la cuenta de su tarjeta sus míseros ahorros y, a través de Internet adquirió un billete de autobús a Lisboa, primera escala de su aventura antes de cruzar el Atlántico en busca de su paraíso particular. Su peculio no daba para más y allí podía asegurarse seguir con su trabajo, con la seguridad de haber dado el primer paso de su nueva vida, sin vuelta atrás.

También a través de la red alquiló una habitación, en la planta superior de una casa de fados, en el barrio de Alfama, dónde compartiría vivencias, cocina y baño, con una joven historiadora y la propietaria del inmueble, una cincuentona estudiante de Bellas Artes.

4 pensamientos en “La coleccionista de versos III”

  1. Juan Car, una sugerencia. Dices: Sus exiguos beneficios apenas le permitían ir aumentando su bien nutrida biblioteca y reúnir pingües ahorros en previsión de alguna necesidad.

    Creo que se te ha ido la pinza, como a mí casi siempre. Si obtiene exiguos beneficios no puede tener pingües ahorros. Esos ahorros debían ser escasos, reducidos, limitados… Digo yo.

    Uno que se equivoca muchas veces.

    Fdo: La letra Jota de la Academia.

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