La coleccionista de versos V

No le dio tiempo a responder. Antes de que pudiera pensar siquiera si debía contestar en castellano, en portugués, o simplemente decir su nombre, la puerta empezó a abrirse, con un leve chirrido de bisagras oxidadas y madera corrompida, por el tiempo y las termitas.

Por el breve espacio que una cadena otrora plateada permitía abrir la puerta, se asomó una faz destiempada, de cabellos desaliñados y mirada inquisidora. Con un fugaz vistazo, que recorrió su cuerpo de arriba a abajo, volvió a cerrar la puerta para abrirla de par en par, sin cruzar una palabra, sin dar tiempo a contestaciones o explicaciones. Con un tímido y automático «Bemvido» se encaminó hacia el interior, adentrándose en la penumbra de una vivienda con olor a humedad y ensopada, y sobrecargadas paredes decoradas con platos de cerámica de Estremoz, labores de ganchillo de Castelo de Vide, cuadros de un autor desconocido en una época decadente y viejas fotografías en sepia de lugares como Belem, Coimbra o Estoril.

La enjuta figura que le precedía vestía una raída bata marrón, que dibujaba un cuerpo extremadamente delgado. Presumía tiempos mejores y cierta bellleza anterior, hoy desdibujada por el paso prematuro de los años.

Tras varias puertas cerradas, algunas de ellas presumiblemente durante mucho tiempo y que se mostraban como un dibujo más en la pared, pasaron por una estancia de luz blanquecina dónde una olla de color cobre, ennegrecida en su base, despedía aquel olor a cocido casero que inundaba el ambiente. La cocina parecía también desprendida de aquellos cuadros en sepia que colgaban de la pared, con amarillentos azulejos y ajado mobiliario que bien pudiera exhibirse en un museo.

La figura marrón de delicadas curvas, que había ido ganando cierto atractivo, nostálgico y bohemio, a lo largo del corredor, se detuvo ante la siguiente puerta y, por primera vez en español, con ese acento que sólo los portugueses saben darle a nuestro idioma cuando se esfuerzan por ser entendidos, dijo: «Esta será tu habitación»

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