La coleccionista de versos VI

Aquella habitación le devolvió a su más tiernos recuerdos de infancia, a la casa de sus abuelos maternos en aquel pueblo de la sierra de Gata. Una cama, con cabecero de forja, se erigía majestuosa en medio de la estancia, a una altura poco habitual para este tipo de mobiliario. Sus pies colgaban sin alcanzar al suelo cuando se sentó en el borde de aquel duro colchón, cubierto con una colcha, también de ganchillo amarillento.

A un lado de la habitación descansaba un viejo armario de castaño, por cuyas puertas chorreaban numerosas gotas secas de barniz, producto de numerosas inexpertas manos de pintura que habían ido cubriendolo durante años, quizás décadas.

A los pies de la cama, y a juego con aquel armario decimonónico, su cansada, pero miestriosamente hoy sonriente cara, se reflejaba en el espejo de un sinfonier en idénticas condiciones de conservación que su hermano mayor. Una raja, que cruzaba el espejo de arriba a abajo, permitía que en un juego, en el que se entretuvo durante varios segundos, pudiera ver duplicado aquel poco habitual rostro de felicidad.

Al otro lado, una ventana de marco de madera, que algún día estuvo pintada de blanco, abría aquella estancia a un horizonte ocre de tejados, que se diluía en el azul verdoso de un Tajo terminal, en comunión con el oceano, salpicado de coloridas pinceladas de ropas tendidas y un laberinto gris, trazado por las estrechas calles del barrio de Alfama.

Mirando a la izquierda, y no sin cierto esfuerzo, podía vislumbrarse una de las torres almenadas de la Sé lisboeta, cuyas campanas de arcadas de medio punto empezaban a sonar en ese momento llamando a misa de 12 a los fieles de Santa María.

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