La coleccionista de versos VII

Dos golpes secos en la puerta le sacaron de su ensoñación. Paseaba con su mente por aquel país posible de Ruy Belo, en busca de un pájaro inocente, en un horizonte plagado de palomas.

– ¿tem fome? – le interpeló una voz desde el otro lado de la puerta.
No reconoció en ella la voz de la casera. Era una voz más dulce, quizás más joven, delicada como un susurro. Si no la hubiesen precedido aquellos golpes en la puerta hubiera pensado que salían del mismo Tajo, del ulular de una concha, de la suave brisa que a mediodía acaricia el mar de la paja.
Confundido abrió la puerta y ante él se abrieron, inmensos, dos grandes ojos azules, llenos de mar, repletos de un cielo sin horizonte. Tartamudeó. Intentó presentarse pero antes de decir palabra dos besos salieron a su camino.
– Hola, soy Mar, pero puedes llamarme Nana. – Dijo – Supongo que tú serás Hector. Te preguntaba si tienes hambre. Vamos a comer. Normalmente tendrás que hacerte tú la comida, pero como bienvenida te hemos preparado una ensopada. Es una especie de cocido. ¿Te gusta? Ay, perdona, pero es que llevaba tanto tiempo sin hablar castellano….

Abrumado por el torrente dialéctico de su interlocutora apenas si asintió, sin saber si decía que sí a que era Hector, a que tenía hambre o a que disculpaba su conversación, que para nada le había molestado. Todo lo contrario. Aquellas palabras precipitadas habían ido llenando cada uno de los vacíos con que se había encontrado en el viaje, en su llegada al país, o incluso, pudiera ser, en toda su vida.

Salió de la habitación siguiendo la estela de la joven, que con un breve pero decidido «ven» le había invitado a acompañarla.

Era menuda, pero bien proporcionada. Sin llegar a ser excesivamente pequeña. Sobre sus desnudos hombros caía una cabellera castaño, muy clara, podría decirse rubia, ordenadamente despeinada, que cubría parte de su dorso. La espalda, bien formada, producto quizás de alguna sesión de gimanasio, concluía en una cintura breve, aunque ligeramente ornamentada por dos pequeñísimos, casi insignificantes michelines que le dispensaban esa belleza de lo puramente natural. Llevaba una pequeña camiseta verde que dejaba entrever una espalda salpicada de lunares, en los que rápidamente encontró mil constelaciones. Los pantalones, beiges, algo anchos, impedían hacerse una idea clara del resto de su figura, pero pronto su imaginación empezó a dibujar el cuerpo perfecto con que había soñado toda su vida.

Tras esta lujuriosa radiografía subió avergonzado la vista, para encontrarse de nuevo con el azul oceánico de sus ojos, que le sonreían desde el fondo del comedor. A la derecha, poniéndose en pie desde un sillón de mimbre, la casera le invitó a tomar asiento y degustar aquellas viandas antes de que se quedaran frias. En silencio todavía, con un ligero «gracias» que se perdió en el camino, ocupó un taburete de madera y comenzó a comer, sin levantar apenas la vista de la mesa.
(Los nombres no son fruto de la casualidad, ni es pura coincidencia cualquier parecido con la realidad. No son sino un guiño cómplice a una lectora habitual de esta caverna y un homenaje a un gran escritor, que los usó en un libro por salir que ya recomendaré en su día. Espero que ni una ni otro se molesten por este plagio)

2 pensamientos en “La coleccionista de versos VII”

  1. ¡Qué bonito, Juan Carlos!

    Siempre que entro en tu blog (aunque estos días no he tenido acceso a internet), desde la primera vez, encuentro palabras dulces y evocadoras, y una gran generosidad.
    Pero, la verdad, hay que tener cuidado con la literatura porque corremos dos riesgos:
    que los personajes que inventamos, para bien o para mal, no se correspondan con la realidad,
    o mucho peor, que sean tal y como los imaginamos y entonces, entonces… nuestros personajes se apoderan de nosotros y si alguna vez se pierden no sólo hemos perdido una vida, sino un poco de nuestros sueños.
    Pero, no se que tendrá ( la literatura, quiero decir) que aunque pueda estropearnos la vida, al menos a mí, me sigue haciendo renunciar durante algunos momentos a casi todo.
    («A veces ola y otra vez silencio»)

    Gema

  2. Te puedo asegurar que mis personajes son muy reales, y no solo se han apoderado de mí sino que soy yo mismo y esa parte que hoy se escinde pero que sentía muy propia, muy pegada a mí.

    Que se ha perdido… te puedo asegurarque sí, dentro de los límites que pueda dar la propia palabra perder… que palabra triste… piensalo, se fue y perdí, nadie sabe cuánto perdí, quizás sólo yo lo sepa por mucho que me intenten explicar lo contrario… ¿nunca te has fijado de cuan tontos son los consejos de los que nos quieren? son amables, cariñosos, y llenos de amor… pero solo pueden venir de alguien que no lo sufre. «más pierde ella (o el)», «encontrarás una mejor…», «quien te merezca no te hará llorar…» tonterías… yo hoy lloro por alguien a quien merezco y me merece, pero no me quiere,, que no pierde nada porque lo tiene todo y… sobre todo, estoy convencido de que nunca, nunca, encontraré nadie mejor. Me volveré a enamorar mil veces, ya me ha pasado… pero nunca volverá a ser ella. Es fácil pensar que es motivo del momento… aseguro que no… el día que a alguien le diga, con el mismo amor, te quiero como a nadie… puedo asegurar que estaré mintiendo, no puedo querer más y dudo que pueda hacerlos igual.

    Por cierto, y válgame la osadía, no es mi estilo. ¿podemos continuar por correo? el mío es corx28@hotmail.com ¿te importa mandarme uno identificándote y te cuento más cosas?

    Gracias y disculpa

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